Por Óscar Bustos B.
Periodista Canal Capital

José Eduardo Lizarazo Vargas, un joven bogotano de 18 años, fue bachiller en la promoción 2008 del Colegio Popular Bolivariano, en el barrio El Lucero en Ciudad Bolívar, al sur de Bogotá. Era además un reconocido grafitero y futbolista en las canchas de microfútbol de su barrio. Como el joven estaba desempleado, su padre lo recomendó como supervisor en el arreglo de tres puentes en la localidad de Sumapaz, una obra que adelantaba la empresa de ingenieros Patria S.A. y que iba a entregar al IDU. Ocho días después de estar laborando, José Eduardo desapareció como por arte de magia. Fue el 28 de mayo de 2009, cuando se trasladaba entre las veredas Concepción y Nueva Granada, en área cercana al Batallón de Alta Montaña.

José Antonio Lizarazo, el padre del joven, se apresuró a instaurar la denuncia ante las autoridades y en el término de los siguientes ocho días viajó tres veces a Sumapaz, a preguntar por su hijo entre los campesinos y a pegar avisos con su foto en las tiendas y los postes de la localidad. Algunos testigos le dijeron que el día que el joven desapareció, lo vieron hablando con miembros del Ejército. Además, los datos que le dio la Personera local lo descorazonaron: Sumapaz, antiguo corredor de la guerrilla, tiene 3 mil habitantes y 10 mil soldados, es decir, más de tres militares por cada habitante. Según la personera delegada para los derechos humanos, Claudia Mónica Naranjo, la comunidad denunció que en el último año 200 jóvenes sumapaceños han sido víctimas de lesiones personales indiscriminadas por parte de los militares. La Fuerza Pública ha impuesto allí el toque de queda: nadie puede salir de su casa después de las seis de la tarde.

17 días después de la desaparición de José Eduardo, los campesinos de la vereda Concepción descubrieron un macabro paquete: una pierna humana, cubierta por un trozo de blue jean, que los perros habían sacado a la carretera veredal. Pronto se hizo presente el CTI que encontró otros restos humanos esparcidos en un área de 150 metros cuadrados. La cabeza estaba separada del cuerpo, pero no encontraron manos ni pies del occiso. Un mes después el Instituto de Medicina Legal, mediante cotejo odontoscópico, determinó la identidad de los restos óseos: corresponden a José Eduardo Lizarazo Vargas. Determinó también la causa de la muerte: trauma craneano. El informe agrega que varias piezas dentales le fueron extraídas violentamente.

La alcaldesa local de Sumapaz, la abogada Reinere de los Ángeles Jaramillo, ofreció su propia versión de los hechos: “Los rumores de los campesinos dicen que el crimen fue cometido por el Ejército.  Los campesinos dicen de manera escueta que cuando la guerrilla ha matado gente, asume su responsabilidad y suele primero amenazarla y pedirle que se retire de la localidad, y sacan comunicados, panfletos, donde dicen que lo hicieron por x o y razón. En este caso no se tiene información sobre qué pudo haber ocurrido”.

La personera delegada para los derechos humanos precisó que Sumapaz atraviesa una verdadera calamidad, pues es la localidad bogotana que presenta más denuncias por la vulneración de los derechos humanos de sus habitantes por parte de la Fuerza Pública.

La familia Lizarazo está sumida en el dolor y se niega a aceptar que esos despojos que les presentan sean los de su hijo amado. Ahora reclaman que se aplique una prueba genética, un examen ADN que garantice cien por ciento la identidad de los restos óseos. Doris Lizarazo, abogada, tiene su propia tesis sobre el crimen de su primo: “Tal vez el joven iba a ser una nueva víctima de un “falso positivo”, pero la presencia de su padre en la zona al día siguiente de su desaparición alertó a los asesinos, que procedieron a desaparecer manos, pies y dientes, es decir, destruyeron los elementos que aseguraran la pronta identificación del cuerpo”.

El fiscal 003 de la Unidad Primera de Vida, Martín Alirio Cortés, asumió la investigación y está citando a rendir declaraciones a las personas que vieron con vida al joven el día de su desaparición, entre las cuales se encuentran los albañiles que él supervisaba en la obra de arreglo de los puentes. Uno de ellos deberá, además, explicar su presunta vinculación con el Ejército. Se trata Alexander Zapata, quien tres días después de la desaparición del joven Lizarazo reveló al padre que su hijo estaba detenido en el Batallón de Alta Montaña, información de la cual después se retractó y que resultó falsa. Zapata también tenía en su poder una supuesta “información de inteligencia” del Ejército que daba cuenta de que el joven desaparecido había estado detenido una vez en un CAI en Bogotá por haber vestido una prenda militar. Zapata también falsificó documentación, haciéndose pasar como teniente del Ejército para investigar a la madre y a la novia del joven.

El Fiscal Cortés anunció que pasará el caso a la Unidad de Derechos Humanos de la Fiscalía, por la presunta implicación que puedan tener en el crimen los militares del Batallón de Alta Montaña en Sumapaz.

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(Carlos Monsiváis, entre las innumerables ocasiones que vino a Colombia, visitó el Centro Cultural Gabriel García Márquez, en Bogotá, el 15 de agosto de 2008. Entre el público estaba Óscar Bustos, quien escribió la siguiente nota ligera. Monsiváis falleció el 19 de junio de 2010).

Por Óscar Bustos B.

Carlos Monsivais / Foto tomada de http://www.cadenaser.com

Tiene la mirada viva, la curiosidad y la agilidad mental de un cazador, y al tiempo refleja que los setenta años que cumplió están henchidos de lecturas y de mucho coraje en la toma de posiciones. Está sentado en el centro del escenario (el auditorio del Centro Cultural Gabriel García Márquez, de los mexicanos en Bogotá), atento a las palabras que sobre él pronuncia el presentador (Mario Jursich, subdirector de la revista elmalpensante) mirando alternadamente al público conformado por las más de 400 personas que fuimos a verlo la noche del viernes 15 de agosto de 2008. Hay algo instintivo en su mirada y en los movimientos nerviosos de su cuello, una como concentración felina o de ave de rapiña, y a la vez una disposición gallarda frente a lo que venga. No está ahí como payaso, dará la pelea intelectual con inteligencia y fino humor, pues esas son sus garras o sus espuelas. Es Carlos Monsiváis, a quien su paisano Octavio Paz, tempranamente, en 1972,  definió como “un nuevo género literario“.

Durante las dos horas que duró su charla recorrió la historia de la crónica en Latinoamérica, vapuleó a los periódicos (“los periódicos se sienten al frente de un blog, no de un diario”), lamentó que los periodistas no lean poesía (“que se ha perdido como hábito de formación del idioma”), recordó los aportes de los prosistas del modernismo a la Edad de Oro de la crónica literaria (José Martí, Ruben Darío y Manuel Gutiérrez Nájera), conversó con el público e hizo trizas al presentador, que lució engreído y desacertado en sus apreciaciones: “Responde tú que sabes más que yo“, le dijo ante una pregunta de alguien del público; “Si quieren preguntar, ahí está Mario”, fue de nuevo otro picotazo histriónico que buscó la complicidad del respetable; pero antes le había lanzado este espuelazo, cuando Jursich lo interrumpió en el momento que leía un fragmento de una crónica de Martín Luis Guzmán, el biógrafo de Pancho Villa: “¿Qué piensas tú de los periodistas cercanos al poder?” (el espuelazo fue tan certero que en un sólo segundo el rostro de Jursich pasó del rojo al pálido, no se sabe si por culpa o por vergüenza).

Monsiváis, el gran cronista mexicano, “inventor de un género único, suyo, nuestro y de todos: el ensayo-relato-crónica” (según las palabras de su paisano José Emilio Pacheco), y candidato consuetudinario desde hace varios años al Premio Nobel  de Literatura, exigió a los cronistas asombro ante la realidad y definió a la crónica como la reconstrucción literaria de sucesos o figuras (“la crónica puede hacer lo que se le dé la gana, su meta es la creación literaria, no el registro de las verdades”) y así la apartó completamente del reportaje (“el  reportaje tiene que decir la verdad, se escribe para el momento; la crónica, en cambio, se puede dar lujos de tiempo”).

Recordó que el Mayo del 68 mexicano quedó registrado en las crónicas de  Elena Poniatowska, pero lamentó que en México no haya quedado una sola buena crónica del Movimiento Zapatista (“poesía sí, pero crónica no”), y confió que en Colombia la historia de las FARC permanezca para la memoria en una buena crónica (que todavía nadie ha escrito).

Cuestionó a los periodistas latinoamericanos por hacer de las cifras la única metáfora (“Adoran las cifras como si fueran metáforas”) y humorísticamente citó a algún candidato mexicano que después de decir ‘Yo adoro al 74% de los electores’ se puso a llorar (cualquier parecido con la política colombiana es pura coincidencia). Pero la risa estruendosa del público no se demoró cuando Monsiváis dijo: “El 83% de mi persona no quería levantarse en el día de hoy”.

Así, con la sátira a flor de piel, dijo también que se está abusando de la metáfora con los elementos de la navegación, y recordó a otro gobernador mexicano cuando dijo: ‘Tenemos rumbo, tenemos timón, tenemos piloto, lo que no tenemos es barco’.

De nuestro Gabriel García Márquez dijo que sus crónicas son tan buenas como su obra literaria, “pues él fue el periodista que le dio el tono exacto al género. Después viene Cien años de soledad y arrasa con todo”, es decir que la obra literaria del Nobel ocultó su obra como periodista.

Cronista inmerso en lo popular mexicano (“el boxeo es la metáfora del darwinismo con guantes”; “el mexicano lleva máscara para no denotar que lleva hambre, qué pena”) y latinoamericano (“un narco que dure cinco años en el oficio es un decano”), Monsiváis brilló con su inteligencia y con su sabiduría enciclopédica, y el público lo aplaudió durante muchos segundos. Lástima que en Colombia se nos hayan muerto Arturo Alape y Rafael Humberto Moreno Durán, RH, también cronistas, tal vez los que más se acercaban a interpretar la realidad desde lo popular y con fino sentido crítico: a lo Monsiváis. El autor de la presente nota se sintió huérfano de un cronista así y está dispuesto a poner un aviso en la prensa: “Se busca un cronista monsivaisano a la colombiana, o colombiano a lo Monsiváis”.

ZORAIDA: LA NOVIA DE TIROFIJO

Publicado: 04/21/2011 en Cuentos

 (Para el libro de testimonio “Historias de una guerra”)

          Su nombre de guerra era Zoraida, pero yo sabía que ese no era su nombre verdadero. Siempre la vi vestida de camuflado, andando con un pasito corto, muy femenino, que no daba para imaginarla en las batallas, en medio del fuego cruzado. Era más bien morena, con unos rasgos indígenas apenas insinuados, que resaltaban su belleza, su tez brillante y pálida y unos ojos negros, rasgados y vivarachos. Era muy joven, especialmente cuando se hacía al lado de su pareja, el máximo comandante de las fuerzas subversivas, alias Manuel Marulanda Vélez, alias Tirofijo, que entonces tendría unos 75 años, y junto al Mono Jojoy, un poco más alto pero con una barriga protuberante. A Marulanda le gustaba dar las entrevistas a los medios con ella al lado, exhibida como un trofeo.

Entonces yo era conductor de un ministro que, por orden presidencial, había viajado a la zona del Caguán para acordar con el comandante guerrillero la fumigación y sustitución de los cultivos de hoja de coca. “Fumigue de esta línea a éste punto, más para allá no, porque o si no le tumbamos una avioneta”, le había dicho, tajante, el jefe guerrillero, mientras desplegaba sobre una burda mesa unos mapas de la zona.

Zoraida llevaba en los brazos a una pequeña niña, que era la misma estampa de ella, una morena lindísima, de unos dos años de edad, su hija. La niña era un capullo hermoso, que tal vez había nacido entre breñales, pensaba yo. Me parecía increíble que Marulanda fuera el padre de la criatura. Un día me atreví a preguntarle quién era el padre y me aseguró que no era el comandante subversivo sino un guerrillero raso que había muerto en combate hacía varios meses. Agregó que ella misma había sido reclutada por la guerrilla cuando era muy pequeña, después de que sus padres fueron muertos en una incursión violenta de los subversivos en su pueblo. Todo esto ocurría más allá de La Vara, a cientos de kilómetros del río Magdalena, en tierras del Caquetá. Zoraida aprovechaba que los jefes, el de ella y el mío -el primero acompañado de sus lugartenientes y el mío por sus escoltas- estaban bebiendo whisky en un kiosko, mientras hablaban de los cultivos y las fumigaciones, y en la sombra del atardecer ella se acercaba hasta el carro y me metía conversa y terminábamos charlando mientras tomábamos gaseosa.

Pero cuando hubo una cierta confianza, ella se desembuchó y me planteó un tema que la ponía ansiosa, que le hacía mirar para todos lados y bajar el tono de la voz, pues temía que alguien conocido la escuchara: quería regalarme la niña. Me dijo que su deseo era que su hija tuviera una vida mejor, que regalándomela no había problema, que ella me la entregaba en tal punto, en tal sitio, pero que todo tenía que hacerse a escondidas de Marulanda. ¿Por qué a escondidas?, pregunté. “Porque Marulanda está encariñado con la niña y quiere criarla, pero yo no”, me dijo. Lo que en últimas me planteó era que yo me robara la niña y la trajera a Bogotá para darle educación. Era un asunto en el que yo no había pensado, así que le pedí tiempo. Aquella propuesta era todo un dilema. Yo era casado y no tenía hijos, pero no podía presentarme ante mi mujer en Bogotá con una niña de dos años y decirle mire esta niña tan bonita. Así que llamé a mi hermana y le propuse el cuento.

A veces llevaba en el carro a Marulanda y a Jojoy, y a Zoraida en medio de ellos, silenciosa, mientras ellos se mostraban conversadores y engreídos, hablando de reses y caballos, en un sencillo lenguaje cifrado. Yo miraba de reojo a Marulanda y lo imaginaba más como el abuelo de la niña que como pareja de Zoraida, más interesándose por el cuidado de aquella niña que no era suya, que por la mujer joven que lucía a su lado.

Una vez Jojoy me propuso que le llevara armamento en las llantas, de esas balas 5.76, porque –me dijo- nuestro carro no tenía problemas en los retenes militares. De una vez me puso un paquete de dinero encima de la guantera, dijo que en la bolsa había seis millones de pesos. “Usted llega con el carro a tal bomba de gasolina y allí uno de mis hombres le cambia las llantas”, se atrevió a decirme, pero yo me negué rotundamente, lo miré a los ojos y le dije que yo no podía comprometérmele a eso, que mejor no contara conmigo. Él se fue maldiciéndome.

Yo llamé a mi hermana y le pregunté que si quería recibir una niña que me estaban regalando en el Caguán. Mi hermana al principio no me entendía, creía que yo me estaba burlando de ella, pues hacía poco me había contado que los médicos le habían dicho que no podía tener hijos. Pero luego se entusiasmó con la idea y cada vez que la llamaba me preguntaba cómo era la niña, que cómo se llamaba y que cuándo iba a llevársela a Bogotá. Yo le decía que la niña era muy bonita, no sabía cómo era su nombre, pero le dije que se llamaba Zoraida y que pronto se la llevaría, pero que todavía no. Pero era que yo no me decidía. Prácticamente lo que me planteaba Zoraida era un secuestro de la niña, pero yo pensaba que tan pronto los guerrilleros y Marulanda no vieran a la niña, de seguro iban a desconfiar de mí, que era el único conductor que se acercaba a esos breñales, y era seguro que antes de que yo pudiera salir del Caquetá él ordenaría que me detuvieran en un retén y me iban a quitar la niña y tal vez a matarme. Además, iba a dejar al ministro en un lío de los mil demonios. Así que decidí echarme para atrás también en ese proyecto.

Las fumigaciones aéreas comenzaron a hacerse en la zona que había señalado Marulanda. Mientras tanto,  Zoraida se mostraba nerviosa e insistente. Empecé a sacarle el cuerpo y me escondía en las tiendas del caserío, donde ella no me viera. Un día, que iba conduciendo al ministro a una nueva cita con Marulanda, él contestó una llamada en la que le informaron que la guerrilla había derribado un avión fumigador en el Caguán. El ministro, casi colérico, me hizo echar reversa y en la huida dejamos sólo la polvareda. A cien nos vinimos por aquella trocha y sólo nos sentimos seguros en el primer retén militar que encontramos. Por allá no volvimos jamás. En esos días Pastrana terminó la zona del despeje y el Ejército comenzó a retomar la zona.

El ministro regresó a Bogotá en un avión alquilado. Yo regresé por tierra en el carro. Cuando mi hermana me vio sin la niña, me recriminó por no haberla traído, “mi niña”, decía, y estuvo triste muchos días, sin hablarme casi, rasgándome con esos ojos rabiosos que tenía. Más tarde me enteré de que Zoraida, después de que terminó la zona del despeje, murió en un enfrentamiento con el Ejército. De la niña no supe nada, ni dónde está, ni quién se quedó con ella. Después de muchos intentos con su esposo, y de descartes médicos sobre su maternidad, mi hermana al fin terminó embarazada y dijo que era por mi culpa, porque yo la puse a soñar con una niña morenita. En medio de muchos problemas de salud, su hija nació y ella misma fue y la bautizó: le dijo al cura que la pusiera Zoraida, y Zoraida se quedó.

Por ÓscarBustos

En Colombia hay historias a la vuelta de todas las esquinas, montan en los buses y en los Transmilenios, están en el centro caótico de Bogotá y en sus barrios marginales, en sus montañas salvajes y en sus llanuras en disputa. Sólo faltan cronistas para relatarlas. Porque este país está mal contado,  escasamente narrado. Los medios, en connivencia con el poder, no pueden contar un país que se desangra

o que se muere de la risa. Los medios están tan arrodillados que ya les cuesta levantarse para registrar la dignidad humana que se niegan a ver. El único género que puede dar cuenta de toda esa riqueza de vida y de muerte es la crónica. Este género es tan creativo que no acepta una receta de cocina, aunque se adereza con todos los aromas, sonidos y texturas que ofrece la realidad. Prefiero contarles mi experiencia como cronista, porque creo que en esa experiencia puede haber pistas sobre cómo elaborar una crónica; pero sólo ustedes podrán decidir si las toman o las dejan. Por otros caminos también se puede llegar a escribir una buena historia. Porque aunque a lo largo de 23 años de ejercicio periodístico en 14 medios de comunicación del país he escrito y publicado por lo menos unas cuatro mil historias, aún hoy me atraviesa un estremecimiento, igual a la primera vez, cuando me dispongo a investigar unos hechos y luego a redactar una crónica.

Muchas de mis historias han sido asignadas por mis jefes, otras han surgido del cubrimiento de las fuentes, y las hay también que yo he escogido por mi propia iniciativa y a las que he hecho un seguimiento durante muchos años. He contado historias de crímenes, de brujos, de políticos corruptos, de gente enloquecida, de secuestrados, de liberados, de mítines, motines y asonadas, de tomas guerrilleras, de soldados heridos en combates, he cubierto información en

el Palacio de Nariño, en el Congreso de la República , he visitado muchas cárceles donde las historias abundan, pero también he entrevistado a personalidades del jet set, he contado historias de las reinas de la belleza, de cirugías plásticas exitosas y funestas; por la mañana he asistido a una rueda de prensa con el presidente de la República o con el Fiscal General y por la tarde he entrevistado a unos campesinos en situación de desplazamiento y de hambre que amenazan con tomarse la Red de Solidaridad o la misma Presidencia de la República; es decir he cubierto las dos Colombias: la del país político y la del país nacional, como decía Jorge Eliécer Gaitán; la Colombia visible y la invisible (aunque a esta última apenas la he entrevisto). Y todas estas historias las he hecho en muchas ciudades colombianas y en perdidos pueblos que no aparecen en los mapas, siendo simplemente un reportero. En esta condición cada historia en televisión ha tenido 40 segundos al aire, promediando los 20 que me asignan mis jefes, por ejemplo, después de un arriesgado viaje a la selva, y el minuto que conquisto al cabo de muchos

ruegos. A veces minuto y medio. Ese tiempo que me dan lo aprovecho al máximo, siempre tratando de ser profundo y honesto con los entrevistados.

Claro que me he desquitado y he escrito a mis anchas cuando he trabajado como cronista en programas como Séptimo Día, Con usted, Panorama (donde con Andrés Nieto Serpa narrábamos historias duras en medio de la información ligth, y donde nos ganamos un premio de periodismo que quedó en manos de nuestro jefe de entonces, Julio Sánchez Cristo); también en El Mundo según Pirry, El Viajero, de CM&, y Ciudad Equis (la tercera fase), en City TV, donde me daban hasta 12 minutos para cada crónica.

Pero ya les digo: cuando me intereso en una nueva historia, por más habilidades periodísticas que uno desarrolla para sumergirse en la vida de sus fuentes, siento el mismo miedo de no ser capaz de responder, de dormirme en los papeles y no extraer la savia necesaria que ayude a contar la historia maravillosa de este país. Es que en esto no hay fórmulas que uno pueda aplicar indistintamente. Ojo a este ejemplo que le he escuchado a estudiantes de Administración de Empresas en Bogotá: llega un hombre y le pregunta a dos obreros de la construcción que están levantando una pared qué es lo que están haciendo: el uno responde que pegando ladrillo; el otro dice: construyendo una catedral. Claro que la respuesta de éste es más soñadora y da la imagen de que está comprometido en un proyecto grande. Este es

el cronista que yo quiero ser, uno que cuente la historia de este país desde las voces de sus sobrevivientes, valiéndose de todos los recursos literarios del idioma castellano.

Lo supe desde el primer momento cuando comencé haciendo periodismo comunitario en la década de los 80 en mi localidad de San Cristóbal, y he mantenido esa conciencia en los muchos medios en que he estado: contar historias de este país desde quienes lo sufren y lo construyen. También desde quienes lo destruyen, pero siendo muy crítico con ellos.

Yo lo que puedo ofrecer es el relato de mi modesta experiencia, forjada a fuego lento a lo largo de muchos años. Ha consistido primero en un esfuerzo por entender el mundo con mi propia cabeza, construir una mirada propia, particular, para analizar lo que sucede en mi barrio, en mi ciudad, en mi país, y tomar posición frente a la guerra, a la vida, al amor, a la presencia de los otros, sean drogadictos o autoridades, sean guerrilleros o paramilitares. Dejar muy claro ante mi conciencia qué pienso yo de cada asunto con que me encuentro.

El mundo, para cualquier colombiano nacido a partir de la segunda mitad del siglo XX, se presenta caótico, difícil de entender, tal vez más difícil que para un ecuatoriano o un venezolano, y muchísimo más complejo que para un europeo o un norteamericano, que nacen con muchas garantías. Es por la presencia de la violencia que todo lo ensucia y que a veces roza nuestro entorno. ¿Cómo entender este mundo “en un país que tiene la mitad de su población en condiciones de extrema pobreza, y presenta al mismo tiempo en su clase dirigente unos niveles de opulencia difíciles de exagerar”?, como nos lo recordó tan acertadamente William Ospina en su ensayo La Franja Amarilla. ¿Cómo hacerlo pasar por nuestra cabeza para que salgamos seguros a enfrentar el porvenir? Es el mismo desafío bíblico de hacer pasar un camello por el ojo de una aguja, si el ojo de la aguja es la crónica, y el camello es el incierto mundo que nos tocó vivir.

Los medios: “la universidad” por antonomasia

En un país que sólo educa al 10% de su población, y donde el 90% restante queda deseducada o desnucada (no es un simple retruécano: no olvidemos que en Colombia se pasean como Pedro por su casa los mochacabezas armados de motosierras); y donde sólo el 16% tiene empleo y el resto sale en montonera a pelearse las migajas que dejan los actores del conflicto; en un país así, los medios de comunicación masiva se convierten en el único referente cultural para la mayoría de la población; es decir esta población se forma, construye sus referentes morales,  sus mitos y leyendas, sus temores y atrevimientos en esta “universidad”: la universidad por antonomasia, más efectiva en la divulgación de “derechos” que la propia Constitución Política de 1991, uno de los libros menos conocidos por los colombianos, y eso que dicen que es ley de leyes.

Si nos atenemos a las versiones que ponen a circular los medios de comunicación en sus programas por obtener más rating, con su artillería de realities, seriados nacionales y extranjeros, noticieros de radio y televisión, consejos comunales teletransmitidos en vivo y en directo y periódicos sensacionalistas que escurren sangre y mentiras en sus páginas  -y que se hacen voz multiplicada en la familia, entre los vecinos, entre los policías y en general entre las autoridades que tienen incidencia en la vida del barrio y de los pueblos-, el único discurso que impera en la sociedad es éste: a los drogadictos hay que matarlos, a los ladrones hay que matarlos, a los guerrilleros matarlos, a la oposición política matarla, a los paramilitares temerles y negociar con ellos.

Con algunos paréntesis un poco más democráticos a lo largo de la historia nacional, así ha sido desde 1948 para acá. El resultado de ese bombardeo propagandístico es esto que tenemos allí afuera: violencia, caos, corrupción, inseguridad, cobardía, miseria y la desdicha de millones de colombianos.

Frente al caos nacional, los medios de comunicación están cultivando en sus audiencias la peor cultura, cuya consecuencia más funesta es que la gente tome partido y haga justicia por su propia mano. No los están enviando a tomar los libros, que éstos están muy lejos de la mayoría de la población, lejos de los medios y de los periodistas, pues ellos son la gente que menos lee, siempre en el corre-corre de las noticias, a pesar de que ellos mismos repiten con bombos y platillos que Bogotá es la Capital Mundial del Libro. Pero de qué nos sorprendemos, si la última encuesta nos dice que no hemos sido capaces de superar el libro y medio, leído en promedio por cada colombiano este año.

Aquel mensaje de muerte y exclusión tiene efectos reales entre la población, como tiene efectos toda educación. Los más legalistas le dejan la tarea de salir de los indeseables a las autoridades, con todas las licencias delincuenciales que esa tarea merezca. Otros se asocian con esas autoridades o con sus cómplices oscuros para participar del crimen. Otros, más individualistas pero de espíritu más justiciero, andan armados y cuando son agredidos -a veces cuando no lo son- se toman la justicia por su propia mano. Recordemos que una encuesta mostraba que 1 de cada 4 colombianos respalda todas las acciones de los paramilitares, sus crímenes y sus fosas comunes. Mientras una gran mayoría (los que no votan o no responden a las encuestas) viven amedrentados, en una aparente resignación, y sus culpas las curan anunciando el apocalipsis.

Pero algunos nos rebelamos: no somos capaces de multiplicar esa voz; renunciamos a tener las agallas para matar a nadie, menos con la palabra escrita, televisiva o radial. Rogamos para que nunca nos veamos frente a ese dilema; preferimos entregar todas nuestras pertenencias si nos están asaltando, antes de manchar nuestra conciencia con un crimen. El crimen y la exclusión no pueden ser la única salida. Tiene que haber otras posibilidades. Cuando pensamos así, allí está construyéndose una incipiente conciencia rebelde, alejada de lo que piensa el montón. Entonces tenemos que luchar para salir del marasmo, con un esfuerzo igual al de un náufrago que ha caído al río Bogotá y tiene que bracear contra la mierda para salvarse de las blancas y engañosas espumas que son las más tóxicas. Esa incipiente conciencia rebelde tenemos que reforzarla con otras lecturas, antes de que se apague, o se convierta en desesperación o locura. Las otras lecturas serán nuestra tabla de salvación en aquel río contaminado.

Señales particulares

 Para construir esa señal particular de mí mirada sobre el mundo y salir del marasmo, tuve que acudir a la lectura de textos que me sugirieron en la universidad, generalmente en la clase de historia colombiana con el profesor Castillejo, o que me indicaron algunos amigos afortunados (más afortunado yo, que me topé con ellos: Juan Camilo Jaramillo, Robinson Quintero). En mi caso, a mis veinte años, me alimenté de diversas lecturas de Antonio Gramsci, el marxista de “El papel de los intelectuales”, que pasó gran parte de su vida en la cárcel por defender sus ideas en plena dictadura de Mussolini; leí el Manifiesto Nadaísta, escrito por Gonzalo Arango, que era una bofetada sarcástica al poder que en Colombia multiplica la justicia con la propia mano mientras los instigadores de la violencia, que no son otros sino los dirigentes corruptos y desvergonzados “acrecientan hasta lo obsceno sus propios capitales”; leí “El elogio de la dificultad”, del filósofo Estanislao Zuleta, éste sí un tronco firme que me ayudó a salir de aquel río nauseabundo; leí poesía, mucha poesía, de Baudelaire, Rimbaud; leí a Walt Whitman; y a nuestros Barba Jacob, Aurelio Arturo, Jorge Zalamea, Luis Vidales, Rogelio Echavarría, Mario Rivero, estos últimos más urbanos; leí a poetas centroamericanos que alimentaron mi juventud: Ernesto Cardenal, Roque Dalton, que con su palabra abrían senderos de esperanza para sus países asolados por las guerras fratricidas. Leí, claro, a Neruda, a Nicanor Parra y a su vecino tan afectuoso, Mario Benedetti. Cuando un día yo mismo descubrí al peruano César Vallejo ya no era posible alejarme de su poesía, tan profunda, hermosa y sentida, tan solidaria. Después caí en las novelas del boom latinoamericano, especialmente todas las de García Márquez, Juan Rulfo, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa y Juan Carlos Onetti.

Para entender la violencia colombiana –hidra terrible, una de cuyas cabezas había rozado mi casa y se había llevado a siete tíos y a veinte primos, asesinados en la zona esmeraldífera boyacense cuando yo era un niño- la entendí con claridad leyendo el libro que precisamente se llama así: ” La Violencia en Colombia”, de Monseñor Guzman, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna.

De este trío fallecieron el año pasado Umaña Luna y Fals Borda, pero su desaparición apenas fue reseñada por los medios masivos colombianos, cuando se trataba tal vez de los mejores hombres que ha dado nuestro país al final del siglo XX. Fals Borda, a la edad de 80 años, publicó una revista en la que, expresando el más sabio conocimiento y con la razón iluminada, ha pedido al presidente Uribe que renuncie a su cargo y permita que sin más sangre este país se labre un destino democrático.

No puedo dejar de referirme a “Las Venas Abiertas de América Latina”, del uruguayo Eduardo Galeano, ni olvidar el libro “Para Leer al Pato Donald”, de Armand Mattelart y Ariel Dorfman, que acabaron de quitarme las cucarachas que se obstinaban en seguirme cuando ya había salido de aquel río turbio y de miseria.
Todas aquellas lecturas, y otras, fundaron en mí todo lo humano que tengo. También muy especialmente reconozco el aporte de mis papás, unos campesinos que se vinieron a Bogotá a buscar mejores horizontes. Él, un gran contador de historias, que era capaz de congregar en su entorno a un buen grupo de oyentes sólo con el poder de su palabra, sus chiflidos y demás sonidos onomatopéyicos para contar la historia de un crimen, de una traición o de un heroísmo, porque él vivió muy de cerca esas historias en la guerra esmeraldífera. Y mamá, que desde niños nos recitaba poemas y coplas que se sabía de memoria y de los que no se le ha borrado ni una coma desde que se los aprendió cuando fue a la escuela en una vereda de su pueblo natal. Todavía escucho la musiquilla de esos versos en algunas de mis crónicas, todavía esas palabras llegan a mis labios cuando camino por las calles de mi ciudad.

Aquellas lecturas fueron al tiempo de oficio y de placer, porque como en el bachillerato no me refirieron ninguno de aquellos libros (a excepción de la lectura obligada de “Cien Años de Soledad”), me propuse suplir por mi propia cuenta semejante descuido de mis maestros y llenar el cráter de cultura literaria que mantenían vírgenes a mis neuronas.

En cada lectura me entregaba todo, cada libro renovaba mis energías y cambiaba mis comportamientos. Me refundé con esos libros, me hice una buena persona, leyendo en mi casa en voz alta a mis padres y a mis hermanos; todos nos hicimos un poco más tolerantes y generosos. Dejamos de pensar en tomarnos le justicia por nuestra propia mano, cuando antes nos llenábamos de razones para hacer de justicieros.

Habiendo adelantado una carrera de Comunicación Social y Periodismo (hice seis semestres en la Universidad Externado de Colombia), vi que era el primer Bustos con estudios universitarios a lo largo de todas las generaciones que se habían sucedido desde la conquista española hasta hoy. Ah, a excepción de un cura que dejó los hábitos y que después se hizo abogado vendiéndose al mejor postor: a uno de los peores criminales que ha dado la historia reciente de Colombia. En medio de todo el caos que vivió el país durante mi adolescencia y juventud (hoy creo que estamos peor), tuve la terquedad de quedarme haciendo versos y teatro con algunos vecinos de mi barrio, allá arriba en la localidad de San Cristóbal. Rápidamente nos vimos haciendo periodismo comunitario. Buscamos a los abuelos que contaban las historias de la fundación del barrio, a los niños que garabateaban sus cuentos o poemas, a los promotores de cultura que habían trabajado en muy difíciles condiciones. En realidad todos trabajábamos sin un peso, contra viento y marea: contra viento porque la mía es la localidad de Bogotá más acariciada por los vientos alisios que entran despotricados por el oriente de la ciudad, y contra marea porque a los jóvenes de entonces nos tocó buscar escondederos a peso porque nos perseguían simplemente por sospecha, gracias al Estatuto de Seguridad del presidente Turbay: entonces el país se llenó de desaparecidos, algunos de los cuales eran nuestros propios vecinos. Así que los demás a veces nos sentimos como unos sobrevivientes.
El poder de las audiencias

En aquel trabajo comunitario descubrí el poder de las audiencias. Consiste en trabajar con audiencias cercanas, mis familiares, mis vecinos, un grupo de amigos. Pretender otra cosa es ambición y por fortuna nunca he sido ambicioso. Conocimos nuestra localidad como la palma de nuestras manos: cada recoveco, cada callejuela mecida con el sube y baje de la montaña, cada abuelo contador de historias, cada leyenda urbana; nos sabíamos esta historia y la gozábamos con deleite. En la revista El Tizón y en la experiencia de la emisora comunitaria Vientos Estereo está el testimonio vivo de ese esfuerzo periodístico. Los abuelos entrevistados eran como mis abuelos, el grupo que impulsaba la revista era como otra familia. Ya lo había dicho el viejo Tolstoi en la Rusia zarista: “Conoce tu parroquia y conocerás el universo”

Luego, a través de Clemente Domínguez, un amigo que pertenecía al grupo con el que hacíamos la revista, logré entrar como practicante a Radio Santa Fe, gracias también a la aceptación de la directora de noticias, la periodista Ayda Luz Herrera Lozano (q.e.p.d.). Me alegré muchísimo (y en varias ocasiones se lo agradecí a ella especialmente) no sólo porque la oportunidad me probó como periodista cuando el país vivía uno de sus peores momentos, el narcoterrorismo de Los Extraditables, sino porque llegaba a ese reto con muchas armas: un criterio sobre la vida y sus actores, una comprensión del mundo, una sensibilidad, unos recursos literarios extraídos de la poesía y de la narrativa. Esto me dio muchas ventajas sobre los demás periodistas, muchos de ellos empíricos, y sobre los que tenían título pero que de la Universidad saltaron a los medios sin haber construido su propia mirada sobre el mundo, sin leer un solo poema y sin entrevistar a un sólo abuelo.

Ya he dicho muchas veces que la experiencia comunitaria dota de una coraza y de una firmeza a los periodistas que van después a trabajar en los medios masivos, porque se hacen más sensibles y menos vulnerables frente a los abusos de los dueños, de los directores y de los jefes de redacción. No los van a vapulear tan fácilmente, no se dejan dictar los textos de sus propias historias, como he visto que les ocurre a los más jóvenes, que en los medios hoy son la mayoría: deslumbrados por las cámaras y las luces aceptan todos los sacrificios imaginables: largas y extenuantes jornadas, sueldos miserables, y hasta que les dicten sus propios textos con el argumento de que los engañaron en la universidad.

Con aquella autoridad que me daba haber hecho periodismo comunitario, en Radio Santa Fe el siguiente director, Edgar Artunduaga, me asignó la sección de “Historias de los barrios”; después Germán Castro Caycedo, que también fue mi jefe, me asignó “La crónica santafereña”, y luego “Apague la luz y escuche”; ésta última con historias de duendes y aparecidos, recuperadas de la oralidad de los viejos (el mismo Germán me dio una lista de los viejos, que incluía sus números telefónicos. Uno de los viejos resultó ser un vigilante de una casa vacía, donde lo entrevisté, pero al tiempo era un gran contador de historias), relatos que yo recreaba con música de suspenso y efectos especiales, respetando la voz de los ancianos que me los habían narrado.  Aquel programa era la competencia de La Luciérnaga, de Caracol, para acompañar a los bogotanos durante el apagón de la ciudad y del país durante el gobierno de César Gaviria, un gobierno muy oscuro.

Quince años después he vuelto a sectores de Kennedy y Bosa, y por casualidad me he encontrado con oyentes de aquella emisora que me reconocen por la voz y me agradecen aquellas historias que les encantaron hace tanto tiempo y que todavía recordaban. No es que quiera hacer ostentación y gala de mi voz, pero es que el ejercicio completo no sólo era escribir aquellas historias sino leerlas al aire con interpretación, con los tonos y énfasis que merecían algunos episodios.

Desde entonces he hecho miles de noticias, pero por mi formación literaria siempre tiendo a contar la historia con pelos y señales, y a pintar los retratos humanos y naturales con el mejor lenguaje que nos ofrece la lengua castellana y bogotana. Así, lo que me salen son crónicas, en las que hay mucha información, pero donde las emociones de los personajes están muy destacadas, y yo puedo resaltar su dolor o su dicha, porque también pienso, como Gabriel García Márquez y Germán Castro Caycedo, que la crónica es un género estético que está muy cerca de la literatura.

Cuando voy a un pueblito o a un barrio en alguna de nuestras ciudades, siempre busco a los abuelos narradores de historias, a los artistas barriales, a los habitantes más antiguos y a los artesanos. Hablo con ellos con el mayor respeto para que me cuenten la historia de su barrio o de su oficio, como hacía en mi localidad en la década de los 80. Busco a las organizaciones culturales, a las emisoras comunitarias, a las organizaciones de mujeres (de hombres casi no hay porque están muertos, desaparecidos, drogados, o están en la guerra), porque me interesa conocer su visión del mundo construida en medio de sus luchas y logros.

Cuando busco las versiones oficiales, institucionales, militares o policiales, generalmente ellos dan su “parte de guerra”, pero como casi siempre es un boletín, o una voz autorizada, nunca una voz sincera o arrepentida, la contrasto con las voces más humanas de los campesinos, de las madres y mujeres que han sido víctimas del conflicto. El efecto los deja muy mal parados, y de paso sensibilizo a la audiencia frente a lo cruel que resulta la guerra. Cuando una vez entrevisté a los guerrilleros en Miraflores, Guaviare, la entrevista se dio después de tres horas de adoctrinamiento y al final también dieron su parte de guerra. Cuando apagamos las cámaras, y no tenían a los jefes por ahí cerca, los más jóvenes sí se sinceraron y contaron anécdotas más humanas, que están en mi crónica La Otra emboscada en Miraflores.

Siempre sueño con que algún militar de alto rango se sincere conmigo y me cuente que la guerra es muy dura y que está cansado de ella. Lo máximo que he obtenido es otro anuncio de venganza y un adoctrinamiento, como los que les dan a los demás corresponsales. Sólo en soldados que han sido heridos en combate, y en los que han sido expulsados de las filas, he encontrado voces más humanas.

De la mirada profunda nace la radiografía

De la observación detallada de cada asunto (con sus colores, olores, tonos y atmósfera) me propongo obtener una radiografía de la realidad. Mi mirada sobre los hechos y las personas debe ser profunda, tratando de entender cuál es el interés de cada cual, y aunque yo no lo diga, por la descripción que haga y por las versiones que presento de varias voces sobre un asunto, el lector debe inferir frente a qué tipo de situación estamos: una corrupción, una mafia o un engaño, o para no ponerme tan negativo, ante un acto de heroísmo o de dignidad de los personajes. Aquí puedo valerme de la ironía, de la metáfora o del sarcasmo, recursos literarios que únicamente acepta la crónica. Porque he descubierto que por las distintas presiones ideológicas y políticas que los géneros han resistido (especialmente en la radio y la televisión que se hacen en Colombia), algunos han sido mutilados de estos recursos, así como de los adjetivos y los gerundios. Entonces la noticia, el perfil y el informe, particularmente, se vuelven géneros asexuados, como gallos de pelea sin espuelas, como un toro al que le quitan los cuernos. Son géneros tan cuidados que no le hacen daño a nadie (excepto cuando los apuntan contra alguien del pueblo); están concebidos para hacernos sentir que todo está bien, que las autoridades civiles, eclesiásticas y militares reportan normalidad, que todos estamos felices; cuando lo que pasa es que la política está podrida porque ha sido construida sobre los cadáveres de media Colombia y muchas palabras están prohibidas para mostrar ese fenómeno. Se mata a la gente y, en las salas de redacción, con la excusa de proteger a las audiencias de los excesos que al escribir puedan cometer los periodistas novatos, los editores y jefes de redacción matan el lenguaje que nos podría sensibilizar contra la muerte: impera la cifra, que nos impresiona pero que no nos conmueve, se prohíbe el relato. Al principio los periodistas novatos sufren, uno los ve, se quejan en el baño o ante alguien de mucha confianza, pero muy pronto el arribismo se impone sobre su sensibilidad y deciden curtirse frente al dolor de sus congéneres y ser los parlantes de los criminales.

Creo que en Colombia la crónica es el menos contaminado de los géneros periodísticos, porque los demás (la noticia, el informe, el perfil y el reportaje normal, y hasta los editoriales del único diario que imperó –solo-  durante casi una década) están contaminados de institucionalidad y de versiones acomodadas de los agentes armados, que es el precio que los medios y los géneros periodísticos han tenido que pagar por su connivencia con el poder. En mis crónicas también  aparecen agentes armados, como aparecen en realidad en todos los paisajes colombianos, pero están pintados en situaciones más humanas, sin el subrayado violento que les ponen los medios. Pero en mis crónicas sobre todo hay campesinos, indígenas, indigentes, médicos rurales, migrantes, artistas callejeros, niños, todos sacudidos por las múltiples violencias que nos ha tocado vivir, desorientados, pero dispuestos a resistir como guerreros los malos tiempos. Y todos habladores, hasta dicharacheros, valientes para denunciar a sus agresores y, a pesar de los daños que han tenido que asumir, soñando con un mundo mejor.

Mis audiencias siguen siendo muy cercanas. Cuando estoy seguro de que ningún elemento se me ha quedado por investigar, y que los he confirmado y vuelto a confirmar, me sumerjo en mi escritura como un artesano y el texto sale al cabo de muchas versiones. Lo primero que hago es leérselo a mis hermanos, a mis padres o a mi hija, y con ellos termino la carpintería que haga falta: ajustar el tono de una frase, poner un signo de puntuación que faltaba, sustituir algún sonido cacofónico, cambiar el nombre de alguien para protegerlo.  A veces acudo a algunos amigos y los someto a escuchar la última versión, antes de buscar dónde publicarlo.

Por mi labor periodística jamás he sido amenazado, pero he sido expulsado cinco veces de los medios porque he salido en defensa de la verdad, y he estado desempleado muchos meses, tiempo que aprovecho para trabajar en mis cuentos y poemas y elaborar mis crónicas a partir de aquellas noticias que elaboré con las presiones de mis jefes y que me exigían trabajarlas en 40 segundos al aire. Esos textos están en la revista Número y en mis libros “Suroriente” y “Crónicas de Guerras y Guerreros”, que presenté en Feria del Libro en Bogotá.

La crónica ha sido expulsada de los medios masivos desde hace ya rato. Por su carga crítica y su esencia honesta, hoy está arrinconada en medios especializados y en libros que llegan a muy pocos lectores. Creo que los  últimos grandes cronistas publicados en Colombia son Juan José Hoyos y Julio Daniel Chaparro, quienes escribieron durante la década del ochenta, el primero en El Tiempo y el segundo en El Espectador. El primero hoy es docente de la Facultad de Comunicación en la Universidad de Antioquia y desde allí ha reflexionado concienzudamente sobre qué es el reportaje y ha producido textos que ayudan a cualquier periodista. El segundo, poeta y periodista, fue asesinado en la Calle Reina de Segovia, Antioquia, el 23 de abril de 1991, junto con el fotógrafo que lo acompañaba, Jorge Enrique Torres, por agentes desconocidos que 18 años después no han sido descubiertos por las autoridades, las mismas que entonces anunciaron una investigación exhaustiva. Allí no sólo acabaron con un par de periodistas, sino que afectaron a sus lectores que con aquellas crónicas estábamos construyendo nuestra propia mirada sobre la realidad.

Por ello, y en memoria de los cronistas asesinados a lo largo de este conflicto, doy una bienvenida a los nuevos cronistas convocados tan entusiastamente por la administración de Bogotá y su red de Bibliotecas, por  la Universidad Javeriana y la Biblioteca Luís Ángel Arango, en la confianza de que se están comprometiendo con el mejor de los géneros periodísticos, el que permite el relato de las historias de los humildes, los marginales y los excluidos, al tiempo que permite expresar nuestra mirada crítica y también ser creativos para agarrar al lector desde la primera frase, para llevarlo de la mano por la historia, y para inundarlo de emociones auténticas y darle un cierre perfecto. Todo en la confianza de que estamos escribiendo historias que van a durar en la memoria de nuestras audiencias, y les van a ayudar a entender este mundo tan caótico que nos tocó vivir, porque esas crónicas serán un tronco salvador en el río putrefacto que nos presentan los medios y que todos estamos atravesando para salir con vida y solidariamente al otro lado.

Voy a terminar diciendo, parodiando a William Ospina, que “de ese país indignado pero responsable y creador, de ese país que no es noticia (PERO SÍ ES CRÓNICA), debe salir el futuro que Colombia merece”. Ustedes tienen la palabra.

Holman Morris y Claudia Julieta Duque, foto tomada de http://www.periodismosinfronteras.com

Por Óscar Bustos B.

Los periodistas Hollman Morris y Claudia Julieta Duque, chuzados, perseguidos y estigmatizados por agentes del Ejecutivo, acaban de recibir dos buenas noticias que vienen a mitigar sus penas: son los ganadores de los premios a la libertad de expresión que les otorgan una agremiación de periodistas sueca y otra norteamericana, respectivamente. Las noticias se conocieron precisamente el Día Internacional de la Libertad de  Expresión, durante el foro que sobre el tema realizaron la FLIP, Fecolper y Medios para la Paz en la Universidad Javeriana, en la noche del 3 de mayo, con la participación de un nutrido grupo de estudiantes de periodismo de varias universidades bogotanas.

A Hollman le otorgaron el premio por su decidida entrega a la profesión, aún a riesgo de su vida, desde su programa Contravía, enfrentando detenciones y estigmatizaciones; a Claudia Julieta, por su coraje al haber enfrentado amenazas contra su vida y la de su hija, provenientes de funcionarios del DAS, sólo porque con sus investigaciones tumbó el montaje que esa policía secreta había hecho con el crimen del periodista Jaime Garzón.

Los premios, que vienen de afuera, son un reconocimiento merecido a la labor esforzada de estos periodistas, porque adentro la estigmatización presidencial y las chuzadas del DAS -y quién sabe qué más canalladas de las que no nos hemos enterado-les dañaron su vida y su honra; significan también un llamado de atención a los gremios nacionales de periodismo porque no fueron capaces de solidarizarse frenteramente con estos periodistas y prácticamente los dejaron solos para que se los comiera el tigre, como en efecto el animal retrógrado lo intentó de todas las formas posibles, y si no lo logró fue porque los comunicadores fueron hábiles, se defendieron con los dientes y buscaron protección, así fuera en el extranjero, como le ocurrió varias veces a la periodista Duque.

Los premios son honrosos, pero yo pregunto: ¿Quién les devolverá las horas perdidas resistiendo la saña con que han sido tratados en su propio país? ¿Quién los recuperará de los daños morales, económicos y sociales que les endilgó este gobierno, no sólo a ellos sino a su familia y a sus compañeros de trabajo? Y sobre todo: ¿cuándo habrá para ellos, por parte del Ejecutivo, un pronunciamiento de mea culpa, también dirigido a la sociedad en general, por haber atentado contra la integridad y la honra de profesionales del oficio periodístico, cuyo única misión ha sido mantener bien informada a la comunidad, que es mandato de nuestra Constitución y condición sin la cual no hay buen periodismo?

Los premios a dos de los periodistas que resultaron más sacrificados durante el gobierno de Álvaro Uribe llegan enhorabuena y confirman el Informe de la OEA que denunció que en Colombia no hay libertad de prensa y comparó nuestra limitada libertad de expresión con la situación que viven nuestros hermanos, en la Venezuela de Chávez y en la Cuba de los Castro. También, tales reconocimientos le taparán la boca al presidente de Asomedios, Tulio Ángel, para quien las persecuciones que sufrieron varios periodistas en este gobierno no son significativas de una limitación al ejercicio periodístico y, en cambio, “son casos aislados”, como lo sugirió.

¡Felicitaciones, colegas! Por lo menos mañana la noticia será destacada por la prensa internacional y por muchas páginas de internet, que se encargarán de recordarle al mundo entero que Hollman y Claudia Julieta vieron amenazada su vida y la de sus familiares durante el gobierno que promovió la seguridad democrática; y agregarán que su honra quedó por el piso porque al presidente de la Res-pública, y a sus secuaces del DAS, se les ocurrió decir, ya sabemos con qué planes perversos, que estos comunicadores eran amigos de los terroristas, cuando simplemente ayudaron a quitar el velo que caía sobre la sociedad respecto de varios asuntos de interés público.

A escasos días de terminarse la administración Uribe (el “uribazo”, como dice Ignacio Gómez), Morris y Claudia Julieta deben cuidarse de los zarpazos desesperados que a última hora pueda dar este gobierno que ya huele a cenizas, las mismas en que dejó al país con los casi 2000 casos de los falsos positivos, los Agroingresos seguros y demás complots contra la democracia y otras perversiones. Ya es hora de que venga el cálido aroma de la legalidad a nuestras vidas.

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LOS PERIODISTAS VAN A MIL

Publicado: 04/14/2011 en Opinión

Por Óscar Bustos B.

Los periodistas de los medios masivos van a mil, no ven ni piensan ni escuchan. Dan las 6 w sin estar en el sitio de los acontecimientos, como sí lo pedía kapuscinski. Sólo copian los boletines oficiales, sin constatar los hechos. Es decir que mienten todo el tiempo. ¿Quién dijo que quienes nos gobiernan dan información veraz? Son sobras lo que dan, pero los periodistas se están hartando con esos desperdicios y se han hecho perezosos (especialmente en el cumplimiento de su responsabilidad social), cuando lo que deberían hacer es partir de ese fragmento interesado y salir a buscar la verdad, tarea que en las condiciones colombianas nunca ha sido fácil.

Una prima, a la que visité este fin de semana en un barrio de Bosa, localidad bogotana, no se pierde un noticiero y cree que el mundo se va a acabar. Teme salir de su casa porque puede morir a manos de asaltantes. Ella es una víctima más de la guerra mediática que tiene a los pobres encerrados en sus casas, desempleados y desesperanzados, mientras los ricos aprovechan la seguridad democrática de las carreteras para ir a sus fincas, escuchando la FM de Julito Sánchez. Los periodistas hace rato perdieron su relación con las audiencias y sólo reproducen las voces gubernamentales, muchas de las cuales, interesadamente, pretenden mantener al país en ascuas, mientras permiten que los ladrones de cuello blanco asalten las arcas de los dineros públicos. Con sus informaciones, muchos periodistas están matando a la gente del puro susto, amenazándola a cada instante con su pistola virtual o con su voz desalada y sus imágenes repugnantes. Los papeles debían cambiar: lanzar a los periodistas a la calle a sobrevivir y darle la oportunidad a la gente de narrar sus propias historias.

Dar cuenta de un hecho, he ahí una tarea difícil. Razón tenía el maestro polaco cuando dijo que los cínicos no sirven para este oficio. Si se trata de informar sobre alguien que ha muerto, lo primero sería no perder el asombro. La muerte nos visita todos los días, pero los seres humanos no nos hemos acostumbrado a su presencia. Para informarle a otro ser humano que un ser querido ha muerto, habría que hacerlo con total respeto, como si se tratara de un familiar nuestro. Que la voz sea como un abrazo de condolencia. Hacer sentir, honestamente, que esa muerte nos duele de verdad, sin posturas ni exageraciones. Y si la muerte de aquel ser fue violenta, a manos de otro ser humano, tenemos que determinar las causas. Esta guerra mediática, que deja un gran número de víctimas muertas del susto, debe terminar y los periodistas tenemos en ello una gran responsabilidad.

Si decimos que Carlos ha muerto y nuestra voz no es sensible, el efecto que se produce es que la muerte de Carlos sea una más, una cifra más, y la muerte se va a sentir como algo sin importancia. El mensaje que reciben millones de lectores, oyentes o televidentes será frío, como si se hubiera muerto un mosco, por no decir una rata, o alguien que simplemente merecía morir. El lenguaje es un arma poderosa, pero tenemos que volverlo cálido, sensible, realmente comunicador: que produzca pesar, pero que haga pensar; que conmueva, pero que también mueva los corazones y los pensamientos a reaccionar contra la muerte. Si no damos esta batalla, los muertos seremos todos los periodistas, porque la muerte es que nadie nos lea. Imagínense ustedes: cadáveres vivientes dando información que nadie quiere escuchar. Para allá vamos a mil.

En un país como el nuestro, con una de las más altas tasas de impunidad en el mundo, los periodistas debemos estar alerta y ser la voz que se conduela y clame justicia desde las voces de nuestros entrevistados. Lo que pasa es que los periodistas de los medios masivos son unos acomodados y creen que con sumisión frente a los dueños de los medios deben pagar el favor de que los empleen. Su criterio lo arrojaron al canasto de la basura el día que recibieron el primer sueldo, o el primer regaño, o el primer sueldo que significó aguantar muchos regaños.

Al informar sobre la muerte de Lina Marulanda, los periodistas de los medios masivos demostraron que se creen de mejor familia que el resto de colombianos. Ahí sí no fueron a mil, se frenaron en seco y no cubrieron el sepelio de la presentadora dizque por respeto a su familia. Pero son los mismos periodistas que abusaron del dolor cuando la víctima fue Santiago, el niño asesinado por orden de su padre en Chía, o cuando viajaron a Haití a cubrir el terremoto de ese país y lo hicieron del modo más inhumano, es decir, más insensible, tratando de conmovernos con lo sórdido y no con lo noble.

Toda muerte es injusta y necesita una voz que haga comprender esa injusticia como algo que no merecemos. Si entendemos esto, nuestra labor puede mejorar y producir verdaderos cambios en las audiencias. Si no lo entendemos, durante los próximos cuarenta años vamos a mantener en ascuas a nuestras audiencias, esperando el apocalipsis, hasta que llegue una nueva generación de periodistas que cuenten simplemente la verdad y nos hagan sonrojar de la vergüenza de nuestras informaciones.

Por Marcelo del Castillo

Jorge Luis Borges pone en boca de un personaje de uno de sus inolvidables cuentos, que el periodista escribe para el olvido; y que se debe escribir para la memoria y el tiempo. En las “Crónicas de guerras y guerreros”, Óscar Bustos escribe sus crónicas para desdecir a Borges con esa sentencia. Porque antes que periodista, Óscar es un escritor prestado a las contingencias del periodismo, donde él no acude a esa simplificación maniquea tan en boga de los medios. Además, él sí que sabe de estos: los ha trasegado, los ha vivido, pero también en su fuero por buscar la noticia, los ha trabajado y cómo los ha sufrido.

Porque es un baquiano luchador que debe librar otras justas para que se le extienda un poco más la nota que precisa, condensando un retazo de la realidad, y la palabra verdad perviva en la memoria que exige Borges.
Ha sido un trabajador infatigable del lenguaje, que en él ha hecho de la palabra un ejercicio trascendente y vital. Por eso sus textos están matizados en una permanente búsqueda estética y si se quiere del buen decir; del escribir bien como mandaban los antiguos cronistas, los mismos que hicieron un género literario, hoy arrinconado en el olvido en los periódicos como un rara avis entre tanto texto de andanzas de memorialistas criminales como faranduleros, escuetos y vanos que nos ofrecen cada día como lo último, cada instante.

También, en sus crónicas, uno se encuentra con un país fragmentado; un país urbano lastimoso pero digno, enfrentado a un país rural atravesado por los disparos de tantos ejércitos en contienda sangrienta, de esa espiral histórica de la violencia endémica que no hace palpitar esa otra palabra,
que por culpa de su uso ha perdido el brillo y la limpieza que denota: paz.

Óscar Bustos, el cronista, de la mano de su prosa rápida y envolvente nos cuenta el país de las ciudades; se explaya en las descripciones de los campos como un fragor más de las batallas, con un ritmo que quiere parecerse al latido del corazón de la historia: ya sea de la experiencia de las derrotas y triunfos de un payaso jubilado; ya sea de los cruces urgentes de los raponeros frecuentes de San Victorino; ya sea de los desplazados, pues con ellos va construyendo su propio imaginario. Ya es tiempo de que se cuenten las historia de los derrotados, de los fracasados, que se encuentran hoy en baja estima. Ellos, como los triunfadores, también tienen derecho a la vitalidad de sus derrotas. Creo que con Óscar Bustos, éstos personajes están
muy bien contados y van a ser vigentes en el tiempo y a permanecer en la memoria, como deseaba Borges.