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PRIMERO FUE EL TIZÓN

Publicado: 04/28/2011 en Opinión
La experiencia de un periodista desde lo marginal a lo masivo

Por Óscar Bustos B.

Antes de salir de la universidad fundé esta revista de periodismo comunitario en la localidad de San Cristóbal, cuyo único propósito era hacer periodismo desde los ciudadanos, consultarlos, escucharlos, entrevistarlos, darles su voz, darles la palabra que históricamente les han negado. Percibíamos que nuestra localidad tenía una riqueza oral muy grande y nos fuimos detrás de las historias, de las leyendas, de las retahílas, de los testimonios que podían ofrecer especialmente los abuelos.

Entonces me puse al frente de un equipo de periodistas jóvenes como yo, empíricos, pero recursivos, cultos, algunos muy cultos, leídos, preocupados por los otros, por los demás: nuestros vecinos.

Trabajábamos con el alma, nos reuníamos como una familia, trasnochábamos escribiendo, diseñando, dibujando la revista, imprimiendo en screen las portadas y los suplementos poéticos, y para ello nos alternábamos el trabajo en nuestras casas.

Dos de esos jóvenes habíamos estudiado en la universidad: Clemente Domínguez y yo. Desde el comienzo yo fui el jefe de redacción de aquella tropa. Mi lucha era porque los textos quedaran bien escritos, bien enfocados, bien titulados, sin un sólo error de ortografía, que para mí era el acabose y era tema frecuente, casi obsesivo, de nuestras reuniones.

El Tizón es una revista que se propuso indagar en la memoria popular y sacar textos que representaran lo mejor que tenía nuestro entorno. Diseñamos varias secciones: el editorial, que siempre lo escribí yo, donde daba cuenta del proceso de la comunicación con nuestra audiencia, de la significación de nuestro modesto medio de comunicación en el desarrollo cultural de la localidad y de la ciudad.

También una sección para las historias de los barrios, otra para las historias de los grupos porque el suroriente era una mina de grupos organizados: de baile, deportivos, de tejo, de rana, para discapacitados, de microempresarios, etc. Otra sección la llamamos El taller del maestro, para que se expresaran los que manejaban un arte: el escultor, el poeta…

Con la revista fuimos pioneros en Bogotá en contar historias locales en medios locales, con un gran sentido ético y estético: formamos periodistas y dibujantes a partir del barro, los pusimos a dibujar a nuestra localidad y a sus personajes y les publicamos esos dibujos y esas historias. Nos fuimos en grupo a entrevistar a nuestros abuelos y después decidíamos quién o quiénes escribían el texto, quién o quiénes lo dibujaban.

27 años después no encuentro una sola revista que se parezca a la nuestra. Éramos independientes, no teníamos que publicarle avisos a nadie, ni a los políticos, y la fuerza de nuestra independencia se nota en nuestra revista al compararla con las que desde entonces han sido publicadas en esa y en otras localidades bogotanas.

Nosotros mismos teníamos que encontrarle lectores a nuestra revista y los buscábamos en las escuelas, los colegios, los grupos de abuelos, los clubes deportivos. Llegamos a ponerla a la venta entre los libreros de la Calle 19, sitio emblemático entonces para la cultura bogotana, exhibiendo El Tizón en sus casetas de libros.

Programábamos lecturas públicas de nuestros textos entre las comunidades que habíamos entrevistado, porque siempre sentimos (como lo dijo el folklorólogo Guillermo Abadía Morales) que simplemente le estábamos devolviendo al pueblo su cultura.

OTROS MEDIOS

Antes de vincularme a los medios masivos, coordiné otros medios impresos y radiales, como ZONA 4 y  la emisora comunitaria VIENTOS ESTEREO. El primero lo hacíamos entre varias organizaciones comunitarias y el CINEP, y el mayor logro de nuestro esfuerzo fue que el Concejo de Bogotá legalizara mediante un Acuerdo el Parque Entre Nubes, que hoy es un símbolo de la riqueza natural de San Cristóbal.

También fui el presidente de la junta de acción comunal de mi barrio, desde donde impulsamos varias obras de beneficio social (club de abuelos, biblioteca, farmacia, restaurante comunitario) y desde donde funcionó la emisora VIENTOS ESTEREO.

Después me vinculé a los medios masivos de la ciudad y del país (Radio Santafé, Colprensa, varios noticieros de televisión). En ellos he sido reportero, pero también jefe del área judicial (Colprensa), jefe de redacción (TV-HOY) y director (CRÓNICAS DE LA COLOMBIA POSITIVA-CANAL A, D.C. CUENTA).

He coordinado grupos de periodistas, les he ayudado a que encuentren sus historias y a que las cuenten con su propio estilo. Para mí el periodismo es una religión que tiene sus propias reglas: investigar a profundidad, siempre detrás de las 6 w, narrar con agilidad, decir siempre la verdad, confrontar las fuentes, ser honesto consigo mismo y con su audiencia.

Desde hace seis años soy profesor de periodismo en dos universidades bogotanas. Entre mis estudiantes sólo divulgo lo que ya habían dicho Tomás Eloy Martínez y Rizard Kapuscinsky: que el periodismo es un servicio a la comunidad y no es una mercancía.

Óscar Bustos – 22-06-10

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Holman Morris y Claudia Julieta Duque, foto tomada de http://www.periodismosinfronteras.com

Por Óscar Bustos B.

Los periodistas Hollman Morris y Claudia Julieta Duque, chuzados, perseguidos y estigmatizados por agentes del Ejecutivo, acaban de recibir dos buenas noticias que vienen a mitigar sus penas: son los ganadores de los premios a la libertad de expresión que les otorgan una agremiación de periodistas sueca y otra norteamericana, respectivamente. Las noticias se conocieron precisamente el Día Internacional de la Libertad de  Expresión, durante el foro que sobre el tema realizaron la FLIP, Fecolper y Medios para la Paz en la Universidad Javeriana, en la noche del 3 de mayo, con la participación de un nutrido grupo de estudiantes de periodismo de varias universidades bogotanas.

A Hollman le otorgaron el premio por su decidida entrega a la profesión, aún a riesgo de su vida, desde su programa Contravía, enfrentando detenciones y estigmatizaciones; a Claudia Julieta, por su coraje al haber enfrentado amenazas contra su vida y la de su hija, provenientes de funcionarios del DAS, sólo porque con sus investigaciones tumbó el montaje que esa policía secreta había hecho con el crimen del periodista Jaime Garzón.

Los premios, que vienen de afuera, son un reconocimiento merecido a la labor esforzada de estos periodistas, porque adentro la estigmatización presidencial y las chuzadas del DAS -y quién sabe qué más canalladas de las que no nos hemos enterado-les dañaron su vida y su honra; significan también un llamado de atención a los gremios nacionales de periodismo porque no fueron capaces de solidarizarse frenteramente con estos periodistas y prácticamente los dejaron solos para que se los comiera el tigre, como en efecto el animal retrógrado lo intentó de todas las formas posibles, y si no lo logró fue porque los comunicadores fueron hábiles, se defendieron con los dientes y buscaron protección, así fuera en el extranjero, como le ocurrió varias veces a la periodista Duque.

Los premios son honrosos, pero yo pregunto: ¿Quién les devolverá las horas perdidas resistiendo la saña con que han sido tratados en su propio país? ¿Quién los recuperará de los daños morales, económicos y sociales que les endilgó este gobierno, no sólo a ellos sino a su familia y a sus compañeros de trabajo? Y sobre todo: ¿cuándo habrá para ellos, por parte del Ejecutivo, un pronunciamiento de mea culpa, también dirigido a la sociedad en general, por haber atentado contra la integridad y la honra de profesionales del oficio periodístico, cuyo única misión ha sido mantener bien informada a la comunidad, que es mandato de nuestra Constitución y condición sin la cual no hay buen periodismo?

Los premios a dos de los periodistas que resultaron más sacrificados durante el gobierno de Álvaro Uribe llegan enhorabuena y confirman el Informe de la OEA que denunció que en Colombia no hay libertad de prensa y comparó nuestra limitada libertad de expresión con la situación que viven nuestros hermanos, en la Venezuela de Chávez y en la Cuba de los Castro. También, tales reconocimientos le taparán la boca al presidente de Asomedios, Tulio Ángel, para quien las persecuciones que sufrieron varios periodistas en este gobierno no son significativas de una limitación al ejercicio periodístico y, en cambio, “son casos aislados”, como lo sugirió.

¡Felicitaciones, colegas! Por lo menos mañana la noticia será destacada por la prensa internacional y por muchas páginas de internet, que se encargarán de recordarle al mundo entero que Hollman y Claudia Julieta vieron amenazada su vida y la de sus familiares durante el gobierno que promovió la seguridad democrática; y agregarán que su honra quedó por el piso porque al presidente de la Res-pública, y a sus secuaces del DAS, se les ocurrió decir, ya sabemos con qué planes perversos, que estos comunicadores eran amigos de los terroristas, cuando simplemente ayudaron a quitar el velo que caía sobre la sociedad respecto de varios asuntos de interés público.

A escasos días de terminarse la administración Uribe (el “uribazo”, como dice Ignacio Gómez), Morris y Claudia Julieta deben cuidarse de los zarpazos desesperados que a última hora pueda dar este gobierno que ya huele a cenizas, las mismas en que dejó al país con los casi 2000 casos de los falsos positivos, los Agroingresos seguros y demás complots contra la democracia y otras perversiones. Ya es hora de que venga el cálido aroma de la legalidad a nuestras vidas.

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LOS PERIODISTAS VAN A MIL

Publicado: 04/14/2011 en Opinión

Por Óscar Bustos B.

Los periodistas de los medios masivos van a mil, no ven ni piensan ni escuchan. Dan las 6 w sin estar en el sitio de los acontecimientos, como sí lo pedía kapuscinski. Sólo copian los boletines oficiales, sin constatar los hechos. Es decir que mienten todo el tiempo. ¿Quién dijo que quienes nos gobiernan dan información veraz? Son sobras lo que dan, pero los periodistas se están hartando con esos desperdicios y se han hecho perezosos (especialmente en el cumplimiento de su responsabilidad social), cuando lo que deberían hacer es partir de ese fragmento interesado y salir a buscar la verdad, tarea que en las condiciones colombianas nunca ha sido fácil.

Una prima, a la que visité este fin de semana en un barrio de Bosa, localidad bogotana, no se pierde un noticiero y cree que el mundo se va a acabar. Teme salir de su casa porque puede morir a manos de asaltantes. Ella es una víctima más de la guerra mediática que tiene a los pobres encerrados en sus casas, desempleados y desesperanzados, mientras los ricos aprovechan la seguridad democrática de las carreteras para ir a sus fincas, escuchando la FM de Julito Sánchez. Los periodistas hace rato perdieron su relación con las audiencias y sólo reproducen las voces gubernamentales, muchas de las cuales, interesadamente, pretenden mantener al país en ascuas, mientras permiten que los ladrones de cuello blanco asalten las arcas de los dineros públicos. Con sus informaciones, muchos periodistas están matando a la gente del puro susto, amenazándola a cada instante con su pistola virtual o con su voz desalada y sus imágenes repugnantes. Los papeles debían cambiar: lanzar a los periodistas a la calle a sobrevivir y darle la oportunidad a la gente de narrar sus propias historias.

Dar cuenta de un hecho, he ahí una tarea difícil. Razón tenía el maestro polaco cuando dijo que los cínicos no sirven para este oficio. Si se trata de informar sobre alguien que ha muerto, lo primero sería no perder el asombro. La muerte nos visita todos los días, pero los seres humanos no nos hemos acostumbrado a su presencia. Para informarle a otro ser humano que un ser querido ha muerto, habría que hacerlo con total respeto, como si se tratara de un familiar nuestro. Que la voz sea como un abrazo de condolencia. Hacer sentir, honestamente, que esa muerte nos duele de verdad, sin posturas ni exageraciones. Y si la muerte de aquel ser fue violenta, a manos de otro ser humano, tenemos que determinar las causas. Esta guerra mediática, que deja un gran número de víctimas muertas del susto, debe terminar y los periodistas tenemos en ello una gran responsabilidad.

Si decimos que Carlos ha muerto y nuestra voz no es sensible, el efecto que se produce es que la muerte de Carlos sea una más, una cifra más, y la muerte se va a sentir como algo sin importancia. El mensaje que reciben millones de lectores, oyentes o televidentes será frío, como si se hubiera muerto un mosco, por no decir una rata, o alguien que simplemente merecía morir. El lenguaje es un arma poderosa, pero tenemos que volverlo cálido, sensible, realmente comunicador: que produzca pesar, pero que haga pensar; que conmueva, pero que también mueva los corazones y los pensamientos a reaccionar contra la muerte. Si no damos esta batalla, los muertos seremos todos los periodistas, porque la muerte es que nadie nos lea. Imagínense ustedes: cadáveres vivientes dando información que nadie quiere escuchar. Para allá vamos a mil.

En un país como el nuestro, con una de las más altas tasas de impunidad en el mundo, los periodistas debemos estar alerta y ser la voz que se conduela y clame justicia desde las voces de nuestros entrevistados. Lo que pasa es que los periodistas de los medios masivos son unos acomodados y creen que con sumisión frente a los dueños de los medios deben pagar el favor de que los empleen. Su criterio lo arrojaron al canasto de la basura el día que recibieron el primer sueldo, o el primer regaño, o el primer sueldo que significó aguantar muchos regaños.

Al informar sobre la muerte de Lina Marulanda, los periodistas de los medios masivos demostraron que se creen de mejor familia que el resto de colombianos. Ahí sí no fueron a mil, se frenaron en seco y no cubrieron el sepelio de la presentadora dizque por respeto a su familia. Pero son los mismos periodistas que abusaron del dolor cuando la víctima fue Santiago, el niño asesinado por orden de su padre en Chía, o cuando viajaron a Haití a cubrir el terremoto de ese país y lo hicieron del modo más inhumano, es decir, más insensible, tratando de conmovernos con lo sórdido y no con lo noble.

Toda muerte es injusta y necesita una voz que haga comprender esa injusticia como algo que no merecemos. Si entendemos esto, nuestra labor puede mejorar y producir verdaderos cambios en las audiencias. Si no lo entendemos, durante los próximos cuarenta años vamos a mantener en ascuas a nuestras audiencias, esperando el apocalipsis, hasta que llegue una nueva generación de periodistas que cuenten simplemente la verdad y nos hagan sonrojar de la vergüenza de nuestras informaciones.