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Autor: Óscar Emilio Bustos
Para Patricia Bustamante y Héctor Farfán, amigos entrañables.

Santiago puso la bolsa transparente frente a sus ojos y observó al renacuajo de color café, que serpenteaba en el agua y que a su vez lo miraba con sus grandes ojazos y que ya mostraba las patas posteriores. Le producía un no sé qué ver la vida desarrollándose ante su mirada y era capaz de quedarse horas enteras  tratando de ver que el animal perdiera la cola o que le salieran las extremidades  anteriores.  A veces sus hermanos tenían que sacarlo de la orilla de los charcos,  donde se había inclinado para ver ese mundo paralelo que vivía bajo el agua. Santiago y sus hermanos recorrían los aljibes en la orilla de la carretera  recogiendo las larvas por el sólo gusto de verlas metamorfosearse, a riesgo de que un bus de la Flota Macarena, que pasaba raudo inclinándose en las curvas, los barriera de la faz de la tierra.

Gabriel, el hermano mayor,  era el jefe del grupo y Santiago y Salvador trataban de no separarse de él. Sus padres habían salido, como todos los días, a buscar trabajo y, a pesar de las prohibiciones de no salir,  los niños salieron de su casa y se echaron en aquella geografía como unos verdaderos exploradores. Aquella mañana ya habían hecho fila y recogido agua de la pila para llenar las canecas que su madre les había indicado en el patio de la casa. Las canecas eran tan grandes que los niños necesitaron  muchos viajes para llenarlas, después de haber hecho las interminables filas frente a la pila, con otros niños y con adultos, especialmente mujeres y ancianos.  A Santiago le dolían los hombros por haber sostenido en balanza  las varas y las ollas tiznadas con que habían transportado el agua.  A cada paso que daba, las ollas se balanceaban en cada extremo de la vara como si tuvieran cola, sin que él lograra ponerlas de acuerdo, y el agua saltaba de las ollas y se reducía considerablemente, pero las vasijas no se salían de las varas en sus pasos desequilibrados porque Gabriel había tenido el cuidado de clavar unas puntillas en las puntas de los palos; también había construido para él un carro de una sola rueda con una vara que llegaba hasta sus hombros y cruzada por otra vara en cruz, que era el timón. En otra puntilla clavada a la altura de su pecho en la vara larga, colgaba la olla llena de agua y así hacía más viajes que sus hermanos. Ahora aquellos palos, el carro y las ollas habían quedado arrumados en el patio, al lado de la caneca llena, y el trío de hermanos estaba junto al aljibe, encantados con la vida acuática que apresaban en las bolsas plásticas.

-Miren cómo respiran –decía Santiago, obnubilado por las branquias de las larvas.

-Abran la bolsa porque se van a ahogar –decía Salvador, haciendo valer su nombre.

A veces,  repentinamente, los niños cazadores eran cubiertos por una nube de neblina entre la que desaparecían. Entonces  tenían que hablar para sentir que estaban juntos.

-¡Gabriel! –gritaba Santiago.

-Aquí estoy –respondía su hermano-, agarrémonos de las manos o si no nos perdemos.

Parecían una patrulla de investigadores, y entre aquella blancura a los más pequeños las manos les alcanzaban para prenderse del  hermano más grande, sin soltar las bolsas con los renacuajos. Hacía tanto frío y el aire estaba tan húmedo que Santiago pensaba si no habían caído entre el aljibe, y que, como los renacuajos, ellos también estiraban las bocas tratando de respirar. Aquel paseo se volvía divertido: a veces caminando enceguecidos entre la nube, temiendo dónde poner cada pie en la tierra fangosa, y a veces arrodillados en los ojos de agua, a la orilla de la carretera.

Después de atravesar las nubes más grandes salían a la claridad, donde el sol parecía burlarse de ellos mientras encontraban otro aljibe. Cuando el sol les lanzaba su luz como una pedrada en la cara, ellos pestañaban arrugando los párpados y al abrir los ojos veían otras nubes suspendidas a la altura de la mirada. Si hubieran avanzado un paso más tal vez habrían caído montaña abajo, rodando por la greda en aquellos barrios que apenas empezaban a fundarse en las márgenes de la ciudad que se desplegaba sus pies.

Aquel día, el viento soplaba tan fuerte que tenían que sostenerse uno contra los otros, muy juntos, si no querían trastabillar y caer de bruces en el piso derretido. Entonces vieron en el horizonte del abismo algo que les pareció más fascinante que los renacuajos. Lo que ocurría era que se había desatado una borrasca que tenía izadas en el aire varias tejas de zinc y algunas prendas domésticas, sábanas, pantalones y enaguas, que daban vueltas en el aire como en una licuadora. Los tres niños miraron asombrados hasta que los objetos se perdieron en la distancia. Santiago pensó que aquel viento rebelde era capaz de elevar hasta personas y se agarró muy fuerte de Gabriel.

Ese día la gente del barrio no habló de otra cosa. En medio de la borrasca unos se habían arrodillado en la tierra y otros habían corrido a protegerse bajo el dintel de una puerta o debajo de las mesas. Unos y otros alzaron los brazos al cielo y se santiagüaron pensando que aquella borrasca fuera un anuncio del fin del mundo. Al pasar frente a la casa destechada, que mostraba los escuetos palos desnudos, Santiago y sus hermanos vieron a la familia en un estado de frenesí, relatando a sus vecinos que tuvieron que meterse debajo de las camas para que el viento no los elevara también.

-Aquí entró la pata del remolino y todo lo que tocaba era lanzado a las alturas como por un cohete –decía el padre, admirado, mientras su mujer y sus hijos  ponían una cara de sobrevivientes.

El mismo día que la borrasca lanzó por  los aires las tejas de las casas, apareció en las calles un ser que no parecía de este mundo y que sin embargo concitó la atención de chicos y grandes, que lo seguían con curiosidad. Aquel ser se desplazaba a grandes zancadas por el sube y baje de las calles y cuando estaba cansado se sentaba en unas grandes piedras atravesadas en las esquinas. Era un hombre con el rostro muy barbado y la cabeza cubierta con un gorro de colores, y tenía unas largas piernas que terminaban en un par de zapatitos de bebé, de color rojo con cordones blancos, extrañamente limpios en aquel fangal. Por los otros niños que le hacían la cohorte, Santiago supo que aquel gigante se llamaba José y se sintió complacido cuando sus miradas se cruzaron.

Santiago sentía que vivía en medio de prodigios. Si los renacuajos aparecían sin cola ante sus ojos y la borrasca era capaz de traer a un gigante con zapatitos de bebé, que se sentaba a tomar cerveza con los vecinos sentado en las piedras de las esquinas, cualquier cosa podría ocurrir. Él y sus hermanos siguieron a aquel gigante que aprovechaba los descansos en las piedras no sólo para beber sino para reír y repetir dichos y refranes que a Santiago le parecieron encantadores, uno de los cuales decía: “En medio de este barrio tan fiero, vamos a ponerle pantalones al miedo”.

Santiago pudo determinar que José salía a caminar en sus zancos por aquellas calles en ladera los sábados y domingos y que a veces lo acompañaban una mujer y una pequeña niña, ambas elevadas en largas piernas y vestidas con blusas de colores y pantalones que les quedaban englobados, como grandes pijamas infladas. Desde entonces trataron de no perderse el espectáculo de verlos.

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ZORAIDA: LA NOVIA DE TIROFIJO

Publicado: 04/21/2011 en Cuentos

 (Para el libro de testimonio “Historias de una guerra”)

          Su nombre de guerra era Zoraida, pero yo sabía que ese no era su nombre verdadero. Siempre la vi vestida de camuflado, andando con un pasito corto, muy femenino, que no daba para imaginarla en las batallas, en medio del fuego cruzado. Era más bien morena, con unos rasgos indígenas apenas insinuados, que resaltaban su belleza, su tez brillante y pálida y unos ojos negros, rasgados y vivarachos. Era muy joven, especialmente cuando se hacía al lado de su pareja, el máximo comandante de las fuerzas subversivas, alias Manuel Marulanda Vélez, alias Tirofijo, que entonces tendría unos 75 años, y junto al Mono Jojoy, un poco más alto pero con una barriga protuberante. A Marulanda le gustaba dar las entrevistas a los medios con ella al lado, exhibida como un trofeo.

Entonces yo era conductor de un ministro que, por orden presidencial, había viajado a la zona del Caguán para acordar con el comandante guerrillero la fumigación y sustitución de los cultivos de hoja de coca. “Fumigue de esta línea a éste punto, más para allá no, porque o si no le tumbamos una avioneta”, le había dicho, tajante, el jefe guerrillero, mientras desplegaba sobre una burda mesa unos mapas de la zona.

Zoraida llevaba en los brazos a una pequeña niña, que era la misma estampa de ella, una morena lindísima, de unos dos años de edad, su hija. La niña era un capullo hermoso, que tal vez había nacido entre breñales, pensaba yo. Me parecía increíble que Marulanda fuera el padre de la criatura. Un día me atreví a preguntarle quién era el padre y me aseguró que no era el comandante subversivo sino un guerrillero raso que había muerto en combate hacía varios meses. Agregó que ella misma había sido reclutada por la guerrilla cuando era muy pequeña, después de que sus padres fueron muertos en una incursión violenta de los subversivos en su pueblo. Todo esto ocurría más allá de La Vara, a cientos de kilómetros del río Magdalena, en tierras del Caquetá. Zoraida aprovechaba que los jefes, el de ella y el mío -el primero acompañado de sus lugartenientes y el mío por sus escoltas- estaban bebiendo whisky en un kiosko, mientras hablaban de los cultivos y las fumigaciones, y en la sombra del atardecer ella se acercaba hasta el carro y me metía conversa y terminábamos charlando mientras tomábamos gaseosa.

Pero cuando hubo una cierta confianza, ella se desembuchó y me planteó un tema que la ponía ansiosa, que le hacía mirar para todos lados y bajar el tono de la voz, pues temía que alguien conocido la escuchara: quería regalarme la niña. Me dijo que su deseo era que su hija tuviera una vida mejor, que regalándomela no había problema, que ella me la entregaba en tal punto, en tal sitio, pero que todo tenía que hacerse a escondidas de Marulanda. ¿Por qué a escondidas?, pregunté. “Porque Marulanda está encariñado con la niña y quiere criarla, pero yo no”, me dijo. Lo que en últimas me planteó era que yo me robara la niña y la trajera a Bogotá para darle educación. Era un asunto en el que yo no había pensado, así que le pedí tiempo. Aquella propuesta era todo un dilema. Yo era casado y no tenía hijos, pero no podía presentarme ante mi mujer en Bogotá con una niña de dos años y decirle mire esta niña tan bonita. Así que llamé a mi hermana y le propuse el cuento.

A veces llevaba en el carro a Marulanda y a Jojoy, y a Zoraida en medio de ellos, silenciosa, mientras ellos se mostraban conversadores y engreídos, hablando de reses y caballos, en un sencillo lenguaje cifrado. Yo miraba de reojo a Marulanda y lo imaginaba más como el abuelo de la niña que como pareja de Zoraida, más interesándose por el cuidado de aquella niña que no era suya, que por la mujer joven que lucía a su lado.

Una vez Jojoy me propuso que le llevara armamento en las llantas, de esas balas 5.76, porque –me dijo- nuestro carro no tenía problemas en los retenes militares. De una vez me puso un paquete de dinero encima de la guantera, dijo que en la bolsa había seis millones de pesos. “Usted llega con el carro a tal bomba de gasolina y allí uno de mis hombres le cambia las llantas”, se atrevió a decirme, pero yo me negué rotundamente, lo miré a los ojos y le dije que yo no podía comprometérmele a eso, que mejor no contara conmigo. Él se fue maldiciéndome.

Yo llamé a mi hermana y le pregunté que si quería recibir una niña que me estaban regalando en el Caguán. Mi hermana al principio no me entendía, creía que yo me estaba burlando de ella, pues hacía poco me había contado que los médicos le habían dicho que no podía tener hijos. Pero luego se entusiasmó con la idea y cada vez que la llamaba me preguntaba cómo era la niña, que cómo se llamaba y que cuándo iba a llevársela a Bogotá. Yo le decía que la niña era muy bonita, no sabía cómo era su nombre, pero le dije que se llamaba Zoraida y que pronto se la llevaría, pero que todavía no. Pero era que yo no me decidía. Prácticamente lo que me planteaba Zoraida era un secuestro de la niña, pero yo pensaba que tan pronto los guerrilleros y Marulanda no vieran a la niña, de seguro iban a desconfiar de mí, que era el único conductor que se acercaba a esos breñales, y era seguro que antes de que yo pudiera salir del Caquetá él ordenaría que me detuvieran en un retén y me iban a quitar la niña y tal vez a matarme. Además, iba a dejar al ministro en un lío de los mil demonios. Así que decidí echarme para atrás también en ese proyecto.

Las fumigaciones aéreas comenzaron a hacerse en la zona que había señalado Marulanda. Mientras tanto,  Zoraida se mostraba nerviosa e insistente. Empecé a sacarle el cuerpo y me escondía en las tiendas del caserío, donde ella no me viera. Un día, que iba conduciendo al ministro a una nueva cita con Marulanda, él contestó una llamada en la que le informaron que la guerrilla había derribado un avión fumigador en el Caguán. El ministro, casi colérico, me hizo echar reversa y en la huida dejamos sólo la polvareda. A cien nos vinimos por aquella trocha y sólo nos sentimos seguros en el primer retén militar que encontramos. Por allá no volvimos jamás. En esos días Pastrana terminó la zona del despeje y el Ejército comenzó a retomar la zona.

El ministro regresó a Bogotá en un avión alquilado. Yo regresé por tierra en el carro. Cuando mi hermana me vio sin la niña, me recriminó por no haberla traído, “mi niña”, decía, y estuvo triste muchos días, sin hablarme casi, rasgándome con esos ojos rabiosos que tenía. Más tarde me enteré de que Zoraida, después de que terminó la zona del despeje, murió en un enfrentamiento con el Ejército. De la niña no supe nada, ni dónde está, ni quién se quedó con ella. Después de muchos intentos con su esposo, y de descartes médicos sobre su maternidad, mi hermana al fin terminó embarazada y dijo que era por mi culpa, porque yo la puse a soñar con una niña morenita. En medio de muchos problemas de salud, su hija nació y ella misma fue y la bautizó: le dijo al cura que la pusiera Zoraida, y Zoraida se quedó.

POLILLAS LUNÁTICAS

Publicado: 04/14/2011 en Cuentos

Para Mafe y para todas las niñas de cinco años.

Por Óscar Bustos B.

Una vez las polillas vivieron en la luna. Allí estaban encantadas con la luz del satélite, bebiendo de esa luz como de una madre. Igual que los niños a los que les gusta comer tierra (y algunos hasta lamben las paredes), las polillas desayunaban, almorzaban y comían pedacitos de roca lunar, que era el único plato de que disponían, pero era su plato predilecto. No lo hubieran cambiado por ningún otro manjar interplanetario. Ni por chiste mordían los pedazos de metal que eran los meteoros que empezaron a caer en la luna en verdaderas lluvias. En realidad eran trozos muy fríos y demasiado brillantes, de los que no conocían su procedencia, y por eso no estaban dispuestas a hincarles el diente.

Aquel tiempo fue la edad de oro de las polillas. Eran millones de insectos alados, grandes y pequeños, dotados de antenas como largas plumas y de fuertes patas, cubriendo el astro que parecía feliz de tenerlas como inquilinas. Podían quedarse horas y horas pegadas a una roca, absorbiendo con sus trompas la cal de las rocas lunares y mirando las estrellas de la concha celeste. Cuando sentían que ya habían llenado sus barrigas, volaban de piedra en piedra hasta encontrar otro lugar para libar el néctar de las piedras. Sus orugas, que son sus hijos y que tienen apariencia de gusanillos blancos, la pasaban dichosas, midiendo centímetro a centímetro el radio y el diámetro de la luna, y sus crisálidas dormían sus sueños germinales entre los cráteres selenitas, en medio de la más completa paz y acariciadas por el silencio celeste.

Pero los meteoros empezaron a hacerles la vida imposible. En aquel tiempo se habían aficionado a caer en la luna porque les gustaba el sonido de CHIS-PUN que emitían las polillas cuando ellos las destrozaban con sus bólidos luminosos. Cuando esto ocurría las polillas se alejaban con pequeños vuelos e iban a buscar otra piedra sabrosa, disgustadas con los destrozos que los meteoros causaban entre su población. Mirar tantos astros luminosos que aparecían en lontananza les hacía olvidar aquella calamidad.

Con el tiempo las polillas se cansaron de los indeseables trozos fríos que las mataban en masa y entonces decidieron mirar hacia la Tierra, aquel planeta azul que les coqueteaba en la distancia.

– Tenemos que emprender un largo viaje a Planeta Azul -dijo Poli, la polilla mayor, echando sus alas hacia atrás y limpiándose del polvo lunar su delantal gris, adornado con vetas cafés-. Si no lo hacemos no sobrevivirá nuestra especie.

– Será un viaje peligroso –respondió Pupo, su compañero en las horas duras y en las buenas también-. Tal vez no resistamos los vientos siderales y es posible que los meteoros nos sigan hasta los confines del mundo. Con todo y eso, debemos viajar.

Pupo tenía razón. No había acabado de hablar cuando vio que Poli fue aplastada por uno de aquellos bólidos incandescentes con el consabido CHIS-PUN que parecía congratularles tanto. Enseguida, Pupo se dio cuenta de que otra polilla tomó el liderazgo de su amiga y que con renovadas energías le dijo:

– Pupo, no podemos quedarnos aquí. Si alguno de nosotros logra llegar a la Tierra, nos daremos por bien servidos en este universo tan inquieto –Pupo y Polilla Nueva reunieron a las demás polillas, les hablaron y las comprometieron a volar juntas y a no olvidar jamás al pequeño astro que les dio cobijo.

-Nos vamos –dijo Pupo-, hacia el Planeta Azul que coquetea sobre nuestras cabezas y que buscaremos como un nuevo hogar. Será un viaje peligroso y es posible que no lleguemos nunca, pero adonde quiera que lleguemos hemos de hacer homenaje a nuestro planeta madre, invocando su luz que ha sido todo nuestro alimento.

Sí –respondieron en coro las polillas, que se habían alineado delante de Pupo como un ejército de combate.

Alzar el vuelo se convirtió en un mandato, una voz multitudinaria como de chicharras a la hora nona.

Después de contarse una a una y de darse consejos para enfrentar el viaje (como agarrarse una a otra, ala con ala, sin perder de vista el Planeta Azul) al fin se decidieron a volar. Sólo en ese momento cayeron en la cuenta de que de los millones que eran, sólo iban a volar unas 500 mil, pues la gran mayoría había caído bajo el poder de los bólidos inmisericordes, que no se habían dormido en su tarea criminal y que les habían cogido una antipatía desconsiderada. Pupo vio que toda la Luna se convirtió en un cementerio de polillas y que cada roca lunar tenía estampado el cuerpo de sus congéneres. Como siempre andaba preocupado por los asuntos de la memoria, pensó que los arqueólogos y paleontólogos del futuro encontrarían en la Luna amonites con los fósiles de las polillas, y se sintió orgulloso de dejar ese aporte de su especie a la historia del universo.

Entonces aquellas 500 mil astronautas emprendieron el vuelo. “Huir no es cobardía –les dijo Pupo a sus congéneres cuando calentaban las alas, como hacen los aviones con sus motores -“es justificable, especialmente cuando no hay medios para defenderse”.

Sin equipos ni escafandras, sin cilindros de oxígeno ni ninguna otra protección y a la cuenta de tres se lanzaron al espacio sideral. En realidad alzaron un vuelo cada vez más alto, dirigiéndose al Planeta Azul que titilaba allá arriba. Pupo sabía que las alas de las polillas no daban para tanto, y que si hacían el viaje confiando sólo en su fuerza de propulsión, nunca iban a llegar a ninguna parte. Por eso había diseñado un plan.

El plan de Pupo era llegar hasta la autopista de los meteoros, que sabía que estaba en la longitud tal con la altitud cual, abordar el vehículo que tuviera la ruta de la Tierra y viajar como polizones interplanetarios.

Muy pronto se enfrentaron a borrascas siderales, nuevas lluvias de meteoros que tenían mil destinos, nubes de gases venenosos, truenos y centellas y mil energías desatadas en el universo convulso. Cuando por fin llegaron a la autopista meteórica y encontraron un vehículo que llevaba la ruta de la Tierra, volvieron a contarse y con desazón comprobaron que varios grupos de polillas se habían soltado de las alas y habían caído en el espacio infinito. Contristados por las malas nuevas abordaron el terrón que las iba a llevar a la Tierra, donde confiaban en sobrevivir.

Fue un viaje larguísimo, que duró unos 15 mil millones de años, durante el que apenas comieron, agarradas como iban con patas y alas a la superficie de la roca voladora. Comer tampoco les apetecía, pues aquella piedra no tenía el néctar de la Luna. El aterrizaje fue forzoso, pues Pupo sabía que aquella nave en la que viajaban terminaría colisionando con la Tierra en un golpe terrible. Así que, expresándose a gritos, les había recomendado a sus paisanas que tan pronto como vieran los mares del Planeta Azul se soltaran del meteoro y aterrizaran por sus propios medios.

De las 500 mil que salieron de la Luna, sólo arribaron a la Tierra 133, número mágico, porque muy pronto las polillas se multiplicaron. ¿Qué pasó con las otras? Las que arribaron al planeta terrestre presumen que Pupo murió incinerado cuando el meteoro tocó la atmósfera terrestre, y que otras polillas murieron intoxicadas cuando atravesaron un cinturón de meteoritos que olían muy mal. Pero enseguida otro Pupo Nuevo tomó el lugar del primero, dirigiendo el éxodo con mucho carisma.
-“!En memoria de nuestros muertos!”, gritaba alentando a los demás, y Polilla Nueva supo que el nuevo Pupo incluso heredó el gusto por la memoria de sus antepasados. Presumían también que no todas las polillas murieron y que, en cambio, otros grupos de polillas viajarían en el espacio sideral, seguramente otra colonia habría conformado un cinturón de polillas que viajaría paralelo al cinturón de meteoros, y tal vez otras habrían conquistado otros planetas. “Cuando llegue la hora de la conquista planetaria –decía Pupo Nuevo, que también tenía una conciencia futurista-, los descubridores se darán cuenta que gran parte del universo fue conquistado por polillas”.

Pero los meteoros lunáticos no se habían quedado tranquilos. En la Luna quedaron celosos, abandonados y muy disgustados, y entonces enviaron una delegación para seguir a las polillas que se habían escapado de sus manos. En efecto, las persiguieron hasta la Tierra misma. Las polillas no acababan de aterrizar (y aquí Nuevo Pupo sintió que ése era el verbo preciso), cuando ocurrió el colapso o gran colisión en el Golfo de México, con las consabidas consecuencias para la vida del planeta. Como se supo después, desaparecieron varias especies de animales, incluidos los dinosaurios. Durante decenas de meses hubo incendios y nubes de gases venenosos cubrieron el planeta, mientras se enfriaron los bólidos que las persiguieron. En realidad un planeta acatarrado recibió a las polillas, pero ellas, inteligentes como son, volaron bajito, muy bajito, protegiendo primero a sus crisálidas terrestres y esperaron algunos cientos de años a que la Tierra se quitara su cobija tóxica.

Y las polillas sobrevivieron. Cuando los cielos al fin se despejaron y por primera vez hubo una noche serena en la Tierra, miraron a la Luna encantadas de volver a verla allá arriba. Nuevo Pupo en realidad no sabía si la Luna estaba arriba o abajo, porque si al salir del satélite volaron hacia arriba, la Luna estaría abajo, pero ahora tenían que mirarla hacia arriba. Protegidas en la noche terrestre, miraron aquel globo luminoso casi hipnotizadas, agradecidas porque había sido su primer hogar.

Descubrieron, además, que no sólo ellas habían sobrevivido a la hecatombe causada por los meteoros. También lo hicieron otros insectos, anfibios y muchos pequeños mamíferos. También las mariposas -que desde hacía más de 200 millones de años venían conquistando la Tierra- salieron de sus escondites, hermosamente ataviadas con vestidos de colores. Al verlas las polillas se enamoraron de las mariposas, a las que consideraron sus parientes planetarias. Las polillas, miedosas de ser descubiertas en un planeta que todavía les era extraño, sólo salían de noche y soñaron con tener vivos colores.

No fue fácil para las polillas conquistar la Tierra. Se recuerda la feroz guerra de las arañas, su principal depredador. Para las arañas, las polillas representaban un alimento exquisito. Pero algo en el organismo de las polillas comenzó saberles mal y también ellas empezaron a cambiar los tonos de sus vestidos aterciopelados. El gris de sus alas se hizo más esplendoroso y las vetas en los bordes fueron adquiriendo más brillo. Las arañas comprendieron entonces que aquellas polillas sabían muy mal, y al fin las dejaron tranquilas.

Algo atávico en el comportamiento de las polillas, las obliga a pegarse a las lámparas y bombillas, obnubiladas por la luz. Son las mismas polillas que vemos todas las noches, revoloteando alrededor de la lámpara en la casa de campo. Ha sido tanto su deseo de parecerse a las mariposas que algunas ya tienen escamas de colores.

-Lunáticas, las llamaron amigos y enemigos, estos últimos liderados por las arañas, las mismas que las acusaban de haber “apolillado” a la Luna, del que decían que eran un astro desértico.

-Sí, claro, muy desértico -decían ellas con sorna- pero no porque nosotros la hayamos apolillado, sino porque los meteoros, tan improductivos, se quedaron a vivir allí.

No obstante, las polillas obnubiladas por toda clase de luces, siguen soñando con regresar a la luna pero vestidas de colores.