ATARDECER GÓTICO EN CHAPINERO

Publicado: 05/16/2011 en Crónica

El reposo de los citadinos se llama tumulto“: Carlos Monsiváis (cronista mexicano)

Por Óscar Bustos B.

Imagen tomada del sitio 123Nonstop.com

La iglesia de Lourdes es realmente una maravilla arquitectónica de estilo gótico, con sus 65 agujas rasguñando el cielo. Cuando, como hoy, el cielo está azul tiñéndose de rojo, y el sol cae por occidente como un globo magnífico, las agujas hacen un perfecto contraste con su color amarilloso, muy cerca del sepia o del magenta. Desde tiempos inmemoriales el reloj de la cúpula señala las doce menos cinco, y quizá ésta sea la causa de que la iglesia haya quedado como perdida en un aire de misterio, imagen reforzada por la ruina general que padece y que amenaza con tumbarla.

Adentro asombra que la iglesia no sea tan espaciosa, como si al entrar la magnificencia se hubiera reducido. Tres naves, una central y dos laterales, la dividen armónicamente hasta su alta cúpula. En la nave central descienden tres lámparas demasiado modernas para este ambiente. Al fondo, en su nicho azul, la Inmaculada Concepción, de tres metros de estatura, domina con su mirada todo el interior.

Desde su construcción por etapas (tardaron 35 años en construirla), la Iglesia de Nuestra Señora de Lourdes fue sitio de encuentro de los chapinerunos que miraban al prójimo por encima del hombro, mientras arrastraban las palabras que inventaron un dialecto para distinguirse de los más pobres. Hoy no hay alta alcurnia, y los devotos están conformados por gentes de clase media venida a menos y por sencillos transeúntes que se dejan deslumbrar por la belleza arquitectónica y el aura inmaculada de las naves.

Como un santo y seña inevitable, cada peregrino se persigna cuando entra a la Iglesia de Lourdes, dejando atrás el mundanal ruido para entrar en conexión con la imagen de la Inmaculada. Relación que mucho escozor ha de producirle porque enseguida afecta su rostro con gestos y mímicas al parecer dolorosísimos, como si fuera su corazón el que arde entre las llamas. La virgen de Lourdes es trago amargo: su mirada es capaz de vencer al más orgulloso, que se hinca a sus pies.

La Plaza de Lourdes alberga un variopinto espectáculo para todos los públicos, y el espacio adoquinado frente a la iglesia gótica es el escenario en el que compiten por un metro cuadrado los fotógrafos de guante, las palomas revoloteantes, los embellecedores de calzado -que parecen príncipes hindúes protegidos por viejos parasoles-, algún circo ambulante, los hippies y artesanos de collares y manillas, los vendedores de bombas de jabón y nubes de algodón, siempre perseguidos por pequeñas niñas absortas, y los marihuaneros de ambos géneros, con botas y pantalones entubados, que aprovechan la sombra gótica de la cúpula en pleno atardecer para darse un pase y quedar igual. Un hombre se baja de un automóvil y busca a un embolador bajo un parasol, mientras deja el vehículo en plena calle, un ojo en los zapatos y otro en su automóvil, atento a que la Policía no lo multe por la infracción.

Pero un momento: no hemos contado a los fotógrafos de niños, a quienes cabalgan en las llamas peludas y de ojos nostálgicos, y los ponen a lucir un sombrero de mariachi, otro ícono bogotano; ni habíamos visto a los limosneros que retacan a los transeúntes a punta de relatar historias terribles a los pies de Nuestra Señora. La de Lourdes es la plaza más democrática que usan los bogotanos sin pedirle permiso a la curia ni a la policía.

Aquí la lucha por el espacio público es a muerte. Vendedores de todas las mercancías imaginables, desde tenis “de marca” hasta raquetas eléctricas para matar moscas, ocupan los andenes de las principales vías, mientras los transeúntes deben hacer fintas y malabares para salir al otro lado. Los contradictores de los vendedores callejeros, atrincherados en los centros comerciales, dicen que hay una mafia de empresarios clandestinos que organiza a los buhoneros de la calle, a quienes venden caro el metro cuadrado del andén, precisamente frente a sus centros comerciales. La misma fuente dice que la actual administración de la ciudad permitió otra vez la invasión del espacio público que ya habían recuperado Mockus y Peñalosa, a cuenta de priorizar el derecho al trabajo por encima del derecho ciudadano a caminar. Los excesos no se han hecho esperar: un grupo de comerciantes no dudó en sacar una camiseta con la leyenda: “No colabore con el desempleo, no compre en la calle”, que no demoró en desatar grescas con los vendedores callejeros.

Dicen que los lugares más transitados de Colombia están en el barrio Veinte de Julio, al suroriente de la ciudad, y en la Carrera 13, frente a la Iglesia de Nuestra Señora. El primero, por los peregrinos de toda laya y procedencia que a punta de codazos se abren paso hasta la imagen del Divino Niño de los salesianos, buscando un milagrito de última hora. El segundo, por la multitud ansiosa que cae en las trampas de los vendedores chapinerunos, que ofertan gangas y dan las mercancías de contrabando a precios negociables. “Es la única oportunidad, usted no se la puede perder”, dicen, y usted termina adquiriendo a precio de huevo un electrodoméstico o unos zapatos coreanos que tal vez no había soñado comprar.

Arde el arte callejero a las puertas de Nuestraseñora:

 A las cinco de la tarde de este sábado de febrero, cuando el sol lanza sus últimos brochazos rojos, en  una esquina de la plaza los pintores de paisajes con aerosol animan a gritos la rifa de sus obras y tienen cautiva a una multitud que en silencio los mira trabajar. Son cuadros elaborados hábilmente y en cuestión de minutos, ante la mirada concentrada de la concurrencia, en los que aparecen paisajes paradisiacos, aves de colorido plumaje, unicornios y cebras sedientas que han hundido sus hocicos en un espejeante manantial: lugares soñados que aquietan al tumulto, ya sea por los mundos paralelos que proponen o por el fuerte olor a gasolina con que los pintores rinden los colorantes. Mientras uno de ellos, de pie, hace de pregonero y se queja de que el dinero recogido con la rifa no ha recuperado ni siquiera lo que invirtió en los materiales, otro trabaja arrodillado sobre un cuadro, y ayudado por un encendedor de bolsillo lanza llamaradas para retocar un pedazo de montaña o suavizar el azul de una nube que amenaza lluvia donde sólo se quiere la luz.

En el extremo occidental de la plaza otra rifa se prepara con un público fiel (asistentes de oficina en camino de un mandado, desempleados, vagabundos y toda la cáfila de buscadores de empleo y desplazados de toda procedencia): se trata de apostar a los curíes atletas, unos mamíferos primos de los ratones, que salen de la línea de partida enceguecidos, buscando desesperadamente una guarida, para que gane no precisamente el que más corra. La guarida es un platón plástico al que han hecho una puertecilla, numerado y puesto bocabajo. Cuando (como si se tratara de la representación de un capítulo de Alicia en el País de las Maravillas) entre graciosas carreras los animales salen de la línea de partida, perdidos y deslumbrados por la luz, la concurrencia no duda en otorgarles el premio de sus aplausos, hasta que gane el peludo ratón que dé menos vueltas y revueltas para descubrir la trinchera que le ofrece el platón. “Hagan sus apuestas, señoras y señores, un curí los sacará de pobres por el día de hoy. Ganará el suertudo que acierte a poner sus monedas sobre el platón que escoja el curí ganador”.

Arde la grosería a las puertas de un cráter listo a explotar

 Simultáneamente, en otro extremo de la plaza, sobre las escalinatas que suben al atrio de la iglesia, el costado norte ha sido tomado por cuenteros de dudosa procedencia e incierto género. ¿Es gay de verdad éste que divierte a la multitud, o solo lo es para vender su historia? La audiencia es joven y la mayoría femenina, sentados por parejas en las escalinatas, atentos a la parla suelta del cuentero. Éste hoy no cuenta una historia. Se burla de las mujeres en general y pone como ejemplos a su propia madre y a su hermana, el miserable, a las que remeda maquillándose, jalándose las cejas para depilarse mientras profiere madrazos, y sus palabras desatan las burlas y los aplausos de la concurrencia. En un momento el cuentero se refiere a la moda de los jeans descaderados, y pregunta si vendrán los jeans pélvicos o púbicos “con cuchilla de afeitar incluida”. A sus palabras las siguen risotadas como un subrayado. Luego dice que a él personalmente le dan ganas de encender un fósforo frente a cada cráter. Las risas son aquí más espontáneas. Las alusiones sexuales son chabacanas, pero el público cada vez es más numeroso, atento a la voz de adolescente acatarrado del actor de marras, que cuando un nuevo espectador quiso sentarse en la primera fila donde todavía había espacio para uno más, no dudó en correr a quitar sus cosas (una alcancía y una botella llena de agua) con gestos extravagantes de fingida desconfianza, desatando una vez más la risa, no ya del respetable, sino del irrespetado.

Un poco atrás de esta comunión, aún sentados en las escalinatas de la iglesia, un par de jóvenes dan la espalda al público y  a su cuentero, y se dedican a su propia parla, mojando la palabra en sorbos de aguardiente que cubren con una bolsa de plástico negro.

Cuando el sol está a punto de entregarse en el atardecer y la iglesia empieza a difuminarse entre las sombras, en esa hora mágica en que las blancas palomas revolotean buscando los nichos góticos sobre el frontispicio de la mole religiosa, aparecen los repartidores de tarjetas porno y los anunciadores de brujos. Son más mujeres que hombres, sinuosas, cabizbajas, ofreciendo bacanales, que se toman el sector como si fueran vampiros descendiendo sobre sus víctimas: la masa de oficinistas y de estudiantes que atraviesan la plazoleta. Todos van hablando solos, como personajes de una torre de babel chapineruna, amarrados a sus celulares. Una señora, a través de un móvil, pide a gritos a su interlocutor que le mande un niño de escasos años para que le camine descalzo en la espalda, pues le han dicho que es la única forma de vencer los espasmos que la tienen sufriendo. “Niñas, Niñas”, grita un repartidor de tarjetas, mientras otro le entrega a la señora de los espasmos un volante que anuncia al chamán que vende servicios contra los salamientos, los maleficios y las envidias. La señora recibe el volante con ojos de extrañeza, ida, como en otra galaxia. La Inmaculada de Lourdes ya no se ve. Otro mundo comienza a esta hora.

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