LA ESPAÑOLA QUE RECOGÍA BASURAS EN BOGOTA

Publicado: 05/03/2011 en Crónica

Por Oscar Bustos B.

María Isabel Escaso, fotografías: Nataly Rangel

Quién iba a saber que otros la buscaban con tanto afán como nosotros. Menos, que apenas pudimos verla una vez, antes de que la alejaran de nuestro alcance y la pusieran casi en las antípodas de este territorio. En agosto de 2006 cumplió 49 años, pero en mayo de 2007 su aspecto era el de una mujer mayor, tal vez el de una abuela huilense o tolimense, desplazada de su vereda campesina por guerrilleros o paramilitares y obligada por la necesidad a recoger basuras en Bogotá. Bastó con escucharla hablar para sentir que no era colombiana, que esas zetas tan marcadas y esa parla deslenguada, tenían que venir de algún lugar de la madre patria.

– Mi nombre es María Isabel Escaso Coronado. Soy española como se puede apreciar (risas). Nací en Extremadura, en un pueblito muy cerca de Andalucía, en Badajoz -dijo con aquella voz sin brillo y sin dientes, pero dispuesta a contar todos sus secretos.

Es cierto que la guerra, cuando no nos mata o nos deja turulatos, nos convierte en extranjeros; pero ¿qué guerra trajo a esta española a Colombia a reciclar basuras en Chapinero en la primera década del siglo XXI?

– Llegué a Colombia el seis de junio de 2003 envuelta en euros. ¿Trae más dinero?, me preguntó la mujer policía que me requisaba en el aeropuerto. Tenga cuidado cuando los vaya a cambiar, coja taxi, me advirtió.

Por recomendación de la mujer policía se hospedó en el Hotel Sears, que ese año cobraba $68.000 diarios. Los euros que traía y los que le enviaron durante esos días le aguantaron seis meses.

– Vine de mula, a traer dinero para mandar coca. Me pagaban la mitad en plata y la mitad en cocaína. El que me pagaba era mi querido jefe, mi ex marido.

María Isabel Escaso Coronado fue abandonada en Bogotá por la mafia internacional de tráfico de drogas que dirigía su marido y que ya la había utilizado enviándola a Bucarest, Viena, Buenos Aires, Santiago y a otras ciudades de diversos países como Marruecos, Francia, Alemania, Rumania y el Kurdistán. La abandonaron cuando otro de sus miembros, al parecer un cuñado de ella, cayó en un operativo de las autoridades limeñas, le dijeron.

– Mi marido decía que para pasar la droga yo tenía una mano de ángel, el maldito.

No ocultó que ha sido heroinómana y que por golpes de su marido tuvo dos abortos. Tampoco, que por razones estrictamente económicas, cuando la abandonaron en Bogotá pasó de consumir drogas duras “a esa mierda que llaman bazuco”.

Desde que sus compinches dejaron de enviarle dinero, ella cayó como de unas escaleras.

– Dejé de recibir plata y me puse a barrer “la Olla”.

El traje de batalla con que la encontramos estaba compuesto por un bluyín, una camisa de hombre, un saco de lana y unos tenis que eran blancos y que lucen bastante trajeados. Es la pinta con que se la veía a mañana y tarde esculcando las canecas de la basura en el sector de Chapinero Alto, o hablando cortésmente con los porteros y los vigilantes de los edificios de Los Rosales para pedirles cartones y papeles. O también sobre la Caracas y la Carrera Trece, entre el estrépito de los Transmilenios y las busetas, y en las bodegas de reciclaje de ese sector, donde hizo muchos amigos. En Chapinero Alto no hay ningún albañil que esté trabajando en algún edificio en construcción que no sepa de su paradero: su cambuche.

Su cambuche está ubicado en la Circunvalar con Calle 60, pasando el puente y bajando unos 30 metros entre berenjonales. Arriba, la Universidad Manuela Beltrán. Abajo, la panorámica del norte de Bogotá, entre edificios de estrato 5 y 6, donde el metro cuadrado de terreno es el más caro de la ciudad. Aquí habita lo más granado de la sociedad bogotana: actrices, altos funcionarios y empleados públicos. No obstante, la vecindad de un barrio de casuchas de lata y madera rompe el paisaje. La mujer, de cuerpo menudo, pero de maneras elegantes, salió a nuestro encuentro.

– Soy la cuchita, la española. Bienvenidos a mi penhouse -dijo entre risas.

Un camino en terreno de ladera nos introdujo en una zona más sombreada, bajo ramas que aruñan y se engarzan en la ropa. Una tabla cubierta con un tapete mojado es su cama. Está cubierta con un plástico, a la altura de una persona sentada. Dividido por un arbusto, el “penhouse” muestra otro lecho en el piso, atrás del que ocupa María Isabel.

– Ahí se queda un viejito. Nos acompañamos en las noches, pero no hay nada más -dijo otra vez sonriendo, que es su manera de hablar. Un copetón vino a piar entre un cúmulo de basuras.

– Son mis amigos, los pájaros y los ratones. A veces viene uno más gordo que me divierte mucho. Ellos saben que yo les dejo las migas. En las noches llegan unas ratas como marranos, me toca estar moviendo los pies para que no me muerdan. Esto se puede tener más limpio -se excusó- pero ustedes no avisaron que me harían la visita.

Entre los arbustos un gato estilizado nos mira placentero, como el Gato de Chesire.

Es un dibujo de Van Gogh -aclaró-. Y es un gato gay, lo conozco por la caida de los ojos. Cuando llueve me tengo que ir a otro sitio. Dicen que bicho malo nunca muere.

La conversación nos llevó a un tema más familiar: después de los abortos, con su marido tuvieron una hija, que hoy es mayor de edad. Se llama Marina, pero la risa desapareció cuando dijo:

– Es fría y calculadora, donde hay plata se va.

Nos dijo que ha hablado varias veces con ella por teléfono.

– Ella me echa la culpa de todo. No hay peor condena que la soledad que estoy viviendo –dijo. Estaba llorando. Nos pusimos otra cita al día siguiente para contar en detalle toda su vida. Ella estuvo de acuerdo.

Otros no nos dieron tiempo. María Isabel Escaso Coronado desapareció sin dejar pista la mañana del 25 de mayo de 2007. Los mismo albañiles y otros recicladores que nos había ayudado a encontrarla, nos dijeron que gente que hablaba como ella se la llevó abruptamente. Todo indica que su hija vino por ella y que la embajada de su país sabía exactamente el lugar donde se encontraba.

– Mi hija quiere que yo me vaya otra vez a España. Pero yo qué voy a hacer allá. Ahora me considero colombiana. Aquí conozco gente preciosa, recicladores como yo. Si me sacan me internan en una clínica para desintoxicarme, y entonces yo me muero. Allá dónde voy a ver estas montañas y esta luz tan maravillosa que tienen ustedes aquí.

Siento que una colombiana de adopción está muriendo de nostalgia en Badajoz, si es que ya no ha muerto.

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