Radiografía del Divino Niño

Publicado: 04/28/2011 en Crónica
Un santuario popular

Por Oscar Emilio Bustos

A Maxelenda, por supuesto.

El Divino Niño huele a chocolate. No está batido, mezclado en leche o hervido en agua. Está en pastillas y guardado en grandes cantidades. El olor viene de la multitud congregada que de pie o sentada escucha en silencio el oficio religioso, la misa pronunciada por el sacerdote de turno, cuya voz golpea poderosamente al ser distribuida por altoparlantes. Como si se tratara de una gran fábrica de chocolate, el olor a cacao es lo primero que percibe el visitante al desembocar por una de las esquinas a la gran plaza de la parroquia del Divino Niño, en el barrio Veinte de Julio, al sur oriente de Bogotá.

Llegar a la plazoleta en ladrillo atestada de peregrinos olorosos a cacao significa haber atravesado no uno sino varios ejércitos enfrentados en un solo campo de batalla. Y no es metáfora. A lo largo de la Calle 27 sur está el ejército de los comerciantes de chucherías, el ejército de los vendedores de caldos y tamales, el ejército de los mendigos ancianos, mujeres y niños, confundidos con el ejército de lisiados en carros esferados y patinetas, y el escuadrón de los paralíticos en sillas de ruedas que venden loterías o extienden sus manos maltrechas para pedir limosnas, estos últimos agrupados en una esquina. Más allá y más acá, disputándose el espacio de la calle, están también los acólitos, generalmente adolescentes, ataviados de blanco, quienes venciendo su timidez no se quedan atrás en el gran mercado religioso: parados entre la multitud en movimiento cambian la hojita del evangelio del día por monedas. Las Fuerzas Militares también hacen sitio todos los domingos y feriados, poniendo vallas metálicas y agentes de policía en las bocacalles de la plaza, como si lo que se celebrara fuera una carrera de caballos. Y entre uno y otro grupo de mercachifles de todos los pelambres y cataduras, aparecen disgregados, casi arrollados por la plebe, los miembros de la Defensa Civil que sacuden un tarrito invitando a los transeúntes a colaborar económicamente.

Llegar a la plazoleta del cacao significa, además, haber atravesado la calle del tamal y el olor a hierbas hervidas. Así que antes de verla e inclinarse fervoroso ante la imagen del Divino Niño, venerada en el Veinte de Julio desde 1935 –fecha en que la adquirió en un almacén religioso del centro de Bogotá el salesiano italiano Juan del Rizzo- el visitante la ha visto durante el recorrido de cuatro cuadras desde la periferia hasta el templo, en vitelas, veladoras, estampas, almanaques, escapularios, a la par que ha escuchado las mil voces simultáneas de los mercaderes que lo circunda.

No solo caldo y fritanga se vende con las imágenes del Divino. También matas de sábila, largas como animales marinos recién cazados que cuelgan de una varilla; budas negros, en piedra o en plástico; cruces de mayo, cuyo olor a laurel no logra vencer el fuerte olor a fritanga que viene de grandes y oscuros pailones con aceite requemado. Todos los objetos habidos y por haber son traídos allí para participar del milagro del Venerado. En las calles adyacentes al templo que contiene la pequeña imagen del culto del Niño Jesús, se exhiben y venden con igual facilidad zapatos, vestidos, brasieres, azulejos en jaulas diminutas, micos recién traídos de las selvas húmedas, platos de loza que se lanzan dos malabaristas sobre las cabezas de la multitud de devotos, perritos de tres días de nacidos, estremecidos entre las manos de los negociantes. Al lado del Niño Jesús, en el camino hacia su santuario, se exhibe lo recursivo que ha sido el hombre colombiano para no dejarse morir de hambre. En esta parte de la capital se aglomera, sin que falte una sola representación de los diversos rincones de Colombia, la galería del subempleo y de la miseria. Los ejércitos de los subempleados son los gendarmes que cubren la entrada al Templo de Los Milagros.
Como un valle de lágrimas y gritos, la Calle 27 sur es el sendero que conduce al creyente de sus milagros hacia la imagen del Divino Niño. Para llegar a Él, a su pequeña estatura libre de todo pecado, angelical, rodeada de querubines, la persona que lo busque debe padecer realmente grandes penalidades. “Las bonitas no acarician sino que patean, mire estos platos finos, de porcelana, los tres valen mil pesos y aguantan hasta tres lunas de miel, agarre encalambrao porque lo que no es mío que se lo lleve el río”, grita en un megáfono un vendedor de baratillo. El río es la multitud hormigueante que va y regresa, de mil caras que se enrostran y observan, y que nunca termina de pasar desde la misa de cinco de la mañana hasta la última de la noche en un día domingo.

Criaturas a las puertas del templo

Y en medio de la multitud, los monstruos del piso y los cajones rodantes. Allá, casi cobre la Carrera Décima , que es por donde más fluyen los peregrinos, se ubica el carrito de la cabeza de niño que habla. No podría ubicarse más cerca al templo del Divino porque se produciría una verdadera colisión de competencias. El espectáculo del milagro del niño-fenómeno-que-habla trastornaría el milagro del Niño Venerable.
La función es horrorosa y enfría la sangre hasta dejarnos quietos y expectantes como reptiles. La cabeza del niño, solo la cabeza, está ubicada en una urna de cristal, donde descansa entre terciopelos y algodones. La urna está sobre una mesa. Centro de la plebe, los ojos negros del niño (una cabeza de niño moreno, con cara de estar resignado a su suerte) miran como si no sufriera. Eso duele. ¿Y dónde está su cuerpo? ¿Por qué habla? El niño, o mejor dicho su cabeza, y en la cabeza de cabellos negros sus ojos, lee la suerte a quien quiera que se la lea.
El charlatán que vende el espectáculo, a cambio de unos billetes que recoge en un sombrero, hace que el peregrino que se varó en este grupo y que va a participar del acto, mire fijamente a los ojos de la cabeza sin cuerpo y luego saque una carta del abanico de sobres. El niño, su cabeza, lee perfectamente mensajes de un tarot desconocido o los recita de memoria. La cabeza-fenómeno-que-habla es el primer milagro en el camino hacia el santuario.

No todos los feriados pero sí de vez en cuando, sobre todo los domingos que se adivinan neblinosos en el otro santuario de Monserrate, aparece en la Calle 27 sur la cabeza, y aquí sí, el cuerpo de una mujer. El milagro consiste en que cabeza y tronco están separados y se ven unidos por diversos cables que supuestamente conducen el suero y el oxígeno que necesita el cerebro de la mujer para vivir. Cabeza y cuerpo (un cuerpo grueso, vestido de azul intenso) descansan sobre una gran mesa de cuatro patas mientras las extremidades de la mujer ejecutan los mandatos que le impone a la cabeza-separada el dueño de la función: “Levante un pie, levante el otro, y ustedes no miren más allá de donde deben mirar”. Más tarde la cabeza habla desde una boca solemne acostumbrada a tratar con el público. Ella lee también la suerte en la carta que ha escogido la persona y que le pasa por los ojos el charlatán. Otra vez el Divino Niño atrajo lo incomprensible. Antes de acceder a su pureza hay que pasar por todas las fealdades del género humano. ¿No es esto ya la penitencia pagada de antemano?

El que logra zafarse del círculo extraño de las criaturas y cree que no llegarán más para trastocarle su devoción, su solicitud y la promesa que ha de cumplirle durante nueve domingos al Niño de Los Pies Descalzos, seguirá a los demás devotos y tropezará con un medio hombre que descansa su tronco sobre un carro esferado de color azul cielo. El medio hombre sin edad, sin piernas y sin trasero, tan reducido que podría decirse que vive sobre sus pulmones y bajo su sombrero, tiene en sus manos una guitarra que rasguña con furor, simulando sones de música mexicana. Con voz estremecida canta desacompasado “las heridas que tengo por dentro sólo tú me las vas a curar”, mientras algunos devotos le arrojan monedas entre un tarro metálico. Le dicen “El Turpial Dos”, como aparece escrito burdamente en los flancos del carro. Dicen que vive en las calles del centro de la ciudad, donde se lo ha visto raudo con su carro de ruedas zigzagueando las avenidas, peligrosamente metido casi debajo de los buses. Para impulsarse sus largos brazos simulan remos sobre el pavimento y en las manos empuña tacos de madera. También sobre “El Turpial Dos” y sus acompañantes-escuchas-ocasionales actúa la atracción del Divino Niño.
La cuarta criatura está a las puertas del templo, entre vendedores de reliquias, incienso encendido y veladoras. Pero a él pareciera no importarle. Es un enano deforme, cabezón, cuya edad quedó perdida en un gesto adolescente. Trata de imitar sentado la posición de flor de loto con sus huesitos torcidos. Usa tenis de niño y una sudadera roja, ya raída, le cubre lo que tiene de piernas. Una franela de gladiador deja ver los omoplatos superdesarrollazos para su tamaño, que contrastan con sus brazos enclenques y deformes como leños.

Su oficio consiste en rayar números en un papel, que luego cambia a los curiosos por cien pesos. Son números de tres cifras, con mucha persistencia de los seis, que la gente utiliza luego para apostarle al chance. Un hombre le dio un billete a un niño gordo, de unos diez años, que debería ser su hijo, y le ordenó con un grito que se lo pasara al enano. El niño levantó el rostro enrojecido en medio del círculo de peregrinos. Ante una amenaza de su papá, incómodo, le arrojó el billete al enano, con ojos de salir corriendo. El enano alzó la gran cabeza y lo miró con frialdad, como deben mirar las serpientes, y luego le hizo una seña al padre que se agachó para recibir los números. El niño, tal vez, pudo pasar el corazón que se le había atravesado en la garganta. El enano que se vino a compartir con el Niño Milagroso la fuente de sus riquezas, se quedó rodeado de gentes boquiabiertas.
No solo hay criaturas ubicadas a la vera del sendero hacia el santuario para ganarle al Divino Niño la fe de sus peregrinos. También atienden a la multitud detrás de cortinas de terciopelo que dejan adivinar oscuros aposentos, en locales alquilados en la vecindad del Templo de los Milagros. El Indio Amazónico y la Reina María Lionza, ya han instalado allí sus propias oficinas. Lluvia de Oro-Lluvia de Plata-Flor de Mayo-Dame la Mano-Ámame Siempre-Arrancalotodo -Síganme Jóvenes son oraciones que compiten con la Novena del Divino Niño en la pesca en río revuelto.

El Reino del Divino Niño

“Todo lo que quieras pedir pídelo por los méritos de tu infancia y tu oración será escuchada”, es la frase escrita en la Novena que ha alentado a por lo menos tres generaciones de creyentes colombianos desde que el padre Juan del Rizzo instaló la imagen del Divino Niño en la parroquia del Veinte de Julio.

El busto del itinerante salesiano (1882-1957) aparece erigido en la Gran Sala de la Cúpula , en el camino hacia el santuario, como un justo custodio de su obra. Del Rizzo había sido misionero en su país y luego en Barranquilla, Cali y Medellín, y a él se debe haber introducido en Colombia la veneración milenaria a la imagen del Niño Jesús, que fue cantada por Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. Dicen que el padre Juan, como lo llamaban los primeros peregrinos, relataba con entusiasmo la leyenda según la cual en la provincia italiana en 1636 el Niño Santo se apareció a Margarita del Santísimo Sacramento. En el barrio Veinte de Julio, que era una zona marginal de la capital en la década del treinta, el salesiano logró realizar su sueño de construir un lugar de veneración católica. La imagen del Divino Niño, de brazos abiertos y pies descalzos, que el padre consiguió casi por casualidad en un establecimiento bogotano, atrajo las primeras limosnas y las primeras libras de chocolate con que los salesianos construyeron lo que se ha convertido en uno de los más grandes emporios religiosos de Latinoamérica.

Sin el culto al Divino Niño, y sin las predicaciones del padre Juan, no hubiera sido posible en aquellos años iniciales que las autoridades del Distrito dotaran a esta zona de la capital de rutas de transporte y de los servicios públicos básicos. Hasta una estación del tranvía, llamada popularmente “ La Cachucha ”, fue instalada en el marco de la plazoleta de la parroquia en la década del cuarenta. Las limosnas al Divino Milagroso y el programa de desayunos con chocolate para hijos de migrantes y pobres urbanos, que inició Del Rizzo, posibilitaron la ampliación del templo y la realización de cursos y talleres dedicados a la formación de la juventud. Setenta años después los peregrinos se han multiplicado, el templo exhala un cálido olor a cacao, pero los pobres también se han multiplicado y hacen filas para que les den siquiera una pastilla de chocolate.

El templo fue modernizado en 1992 y muestra cuatro naves en un área de 46 por 20 metros , otra área anexa cubierta con una cúpula de acrílico y la gran plaza externa de la parroquia, sitios en los que se ofician tres misas simultáneas y 28 eucaristías al día, con por lo menos treinta sacerdotes que se turnan la ceremonia con estricta precisión salesiana. Los domingos fácilmente se llegan a celebrar misas para unos 150 mil peregrinos, la multitud silenciosa que proviene de todos los rincones de la ciudad. La imagen venerada no está en el templo, en la sala de la cúpula ni en la gran plaza al aire libre. Está expuesta en un simple salón de clases, en el extremo sur de la parroquia, sobre un modestísimo pedestal. Ante el Divino de los Pies Descalzos calma su ansiedad la multitud caminante, mientras las voces se vuelven tenues para la oración mágica.

Los monstruos que faltaban

Abriendo campo con los codos como si nuestros brazos fueran aletas y nadáramos entre los semejantes olorosos al democrático chocolate, lo que falta es atravesar la plaza altisonante, atronada por la voz energúmena del sacerdote de turno que arremete contra los falsos profetas. En 1994 la misma voz con idéntico tono caía sobre las cabezas de los fieles para cuestionar la decisión de un fiscal que privó de la libertad al alcalde de la ciudad, Juan Martín Caicedo Ferrer. “¿Cómo es posible que eso ocurra en Colombia –preguntaba la voz sacerdotal- si aquel es un hombre eximio y dotado de intachables virtudes?”.

En la plazoleta del veinte de Julio, a la sombra del Divino Niño, y aprovechando el fervoroso culto que se le rinde a su don de hacer milagros, se levantan las más espectaculares campañas políticas de que se tenga memoria en el país. A Él se agradece en público la liberación de un secuestrado –más si es un delfín que después fue Presidente de la República-, la celebración de un armisticio en la larga guerra colombiana, o se encomienda el destino de las próximas elecciones. No hay político que no incurra en la visita del santuario, que no separe en su agenda la hora más multiplicada y acuda ante El Divino para hacer pública la petición de que caigan sobre él todos los dones o los votos. Lo hacen en las horas supremas del país, cuando todo está a punto de estallar (especialmente las ollas podridas) y no encuentran otra salida.
¿No son los políticos los monstruos que faltaban en la baraja de los seres parásitos de una fe y un fervor populares? También en nombre del Niño Santo los oportunistas creen ver y solicitan el milagro de los votos. En las tarimas de la plaza del Divino, al vaivén del incienso quemado y entre el cálido olor a chocolate, sobre las peticiones particulares de los peregrinos se han impuesto pretendidas peticiones nacionales que tienen nombre propio y según las cuales se salvaría al país de caer en las garras del Maligno.
La oficial invocación de la República al Sagrado Corazón de Jesús –que la Corte Constitucional invalidó en 1994- no significa tanto para el país popular como el culto al Niño Jesús. El Niño del los Pies Descalzos es más accesible a los ojos de la humanidad doliente y esperanzada. A Él se piden favores pequeños, cotidianos, con el tono de una cuestión personal. “Él es bueno para arreglar los líos matrimoniales, para el cuidado de la casa, para pedirle un trabajo, para curar los pecados del alma”, dice la voz queda de una anciana mientras camina entre la multitud arrodillada que colma los espacios sagrados.

Pagando los servicios del espíritu

Devotas ancianas y acólitos casi niños deambulan entre los peregrinos con grandes bolsas que van llenando con limosnas y mercados. Caló hondo la costumbre impuesta por el padre Juan de acudir ante el Niño Jesús con chocolate y mogollas, que luego él repartía en desayunos comunales entre los gamines de la época. Ahora, los funcionarios de la parroquia no dan abasto para recibir las donaciones. Un gran cofre de vidrio en la entrada del templo es la alcancía en la que los creyentes dadivosos depositan libras de chocolate de todas las marcas, junto con bolsas de pan, pasta, kilos de arroz, que se confunden con monedas y billetes. Todas las cuadras aledañas a la parroquia están atestadas de tiendas de víveres en que son frecuentes los avisos de “Mercados para el Divino Niño”. Y no les faltan clientes.

Es tanta la participación colectiva que la entrada del templo bien podría confundirse con la recepción de un banco. Hay ventanillas enrejadas atendidas por diligentes hombres con delantal, en las que los devotos pueden dejar sus donaciones. Las filas, como ante una sucursal financiera cuando pagan primas, son infinitas, y las paredes del templo exhiben flechas y avisos luminosos para ubicar a los donantes. Nadie puede perderse en el templo sagrado: aquí los mercados, allí las donaciones económicas, más allá el pago de misas. Una misa un domingo vale un dineral: cualquier hora del domingo es el horario Triple A de la parroquia. Varios agentes de la policía custodian las transacciones. El donante sale con tal cara de satisfacción y tranquilidad, como si acabara de pagar los servicios del espíritu. Y no reclama recibo. La iglesia tampoco descarta donante por su condición racial, social o económica. Aquí dona Raimundo y todo el mundo. Dona la doctora encopetada para que no la secuestren, y a su lado hace cola para donar cualquier hijo de vecina, encomendando al Divino un trabajito, sea el que sea, los tiempos no están para escoger. Dona el jalador de carros, agradecido porque no lo han pillado; el funcionario corrupto, rogando al Divino Milagroso que prescriba alguna investigación fiscal por la desaparición de un dinero público que hoy viene a compartir con el Niño que le hizo el milagrito; como dona también el narcotraficante, agradecido porque coronó un envío de droga a los Estados Unidos. En las inmediaciones del Templo de los Milagros se afirma, pero no se le sostiene a nadie, que un duro de los duros donó a la parroquia un cargamento de víveres que llegó en una mula de 18 ruedas y que duraron descargando más de dos días. El Niño de los Brazos Abiertos y los Pies Descalzos es el más democrático de los seres milagrosos.

Entonces el peregrino puede disponerse a ingresar al templo, escuchar la misa y visitar el santuario. Atrás quedaron los monstruos de la calle, atrás los problemas y las preocupaciones. Hay paz aquí y ahora, imbuidos en el olor a chocolate que llega en oleadas cálidas, como una brisa reconciliadora. Cuando salgan del templo, todos recordarán el instante en que el sacerdote, al final de la misa, bendijo los objetos religiosos. Con rostros plenos, sudorosos, la multitud se abalanzó hacia el púlpito levantando las estampas, íconos, cruces de flores artificiales, libros, biblias, novenas y toda clase de artículos que adquirió en el camino hacia el santuario. Se veía el esfuerzo individual por tratar de que siquiera una gota de agua bendita les rozara las manos o el rostro.
Por el resto de sus vidas recordarán el momento supremo cuando el cura anunció la bendición de los niños pequeños y recién nacidos. Padres y madres levantaron al unísono los cobertores por encima de sus cabezas, mientras los pequeños dejaban escapar sonidos guturales. Una madre embarazada se puso las manos sobre el vientre y tal vez pidió un destino feliz para el hijo que vendrá mañana. En aquel momento no importaba que otros devotos tomaran tan a pecho el rito sugerido y que, conduciendo en los brazos a los niños, atravesaran el templo caminando de rodillas, mientras se abrían paso en la aglomerada ceremonia. El aromático olor a chocolate inundaba el templo sagrado durante el éxtasis multitudinario. No parecía incienso lo que ardía en los incensarios. Ardía chocolate.

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comentarios
  1. Ruben Hernandez dice:

    Buen día Oscar me gusta tu trabajo, soy egresado del Juan del Rizzo me gustaría algún día trabajáramos algo sobre la escultura del Juan del Rizzo y las edificaciones para ampliar este trabajo que haces

    Rubén Hernandez

    • ¿A qué escultura se refiere? ¿Al busto del padre Juan del Rizzo que hay en la iglesia del Veinte de Julio? ¿A cuáles edificaciones? Con mucho gusto, me gustaría seguir indagando sobre este asunto.

  2. astrid dice:

    nesesito saber la tradicion sobre los brazos del divino niño jesus

  3. Jenny Marlen Garcia dice:

    Hola Oscar!… facebook me ha dado una luz tuya y me he encontrado con tan valioso registro de algunos de tus escritos, que chevere es encontrarte por aca y recordar parte de lo que hace tantos años y cuando tan solo era una niña logre escuchar de tus escritos en aquellos talleres en la Biblioteca Simón el Bolivar o en esos Festivales de Cometas inolvidables!..

    Un gran abrazo!!

    • Jenny Marlén:
      Qué emocionante ha sido lo que me escribes. Dame más daticos tuyos: a cuáles Festivales de las Cometas asististe y cuándo fuiste a los talleres de la Simón El Bolívar. A ver si mi memoria me trae tu imagen, porque me imagino que eras curiosísima y por eso tengo que recordarte. Dime dónde estás y a qué te dedicas. Un abrazo. Oscar B.

  4. Jenny Marlen Garcia dice:

    Hola!, te envié una invitación por face para ver si las fotos te lo recuerdan =)…

  5. me encantooo … realmente una de las mejores cronicas que he leido … parecia que estuvieras relatando un domingo de mi infancia … realmente es exelente

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