EL CUENTO DE JOSÉ, EL GIGANTE QUE TRAJO EL VENTARRÓN

Publicado: 04/27/2011 en Cuentos

Autor: Óscar Emilio Bustos
Para Patricia Bustamante y Héctor Farfán, amigos entrañables.

Santiago puso la bolsa transparente frente a sus ojos y observó al renacuajo de color café, que serpenteaba en el agua y que a su vez lo miraba con sus grandes ojazos y que ya mostraba las patas posteriores. Le producía un no sé qué ver la vida desarrollándose ante su mirada y era capaz de quedarse horas enteras  tratando de ver que el animal perdiera la cola o que le salieran las extremidades  anteriores.  A veces sus hermanos tenían que sacarlo de la orilla de los charcos,  donde se había inclinado para ver ese mundo paralelo que vivía bajo el agua. Santiago y sus hermanos recorrían los aljibes en la orilla de la carretera  recogiendo las larvas por el sólo gusto de verlas metamorfosearse, a riesgo de que un bus de la Flota Macarena, que pasaba raudo inclinándose en las curvas, los barriera de la faz de la tierra.

Gabriel, el hermano mayor,  era el jefe del grupo y Santiago y Salvador trataban de no separarse de él. Sus padres habían salido, como todos los días, a buscar trabajo y, a pesar de las prohibiciones de no salir,  los niños salieron de su casa y se echaron en aquella geografía como unos verdaderos exploradores. Aquella mañana ya habían hecho fila y recogido agua de la pila para llenar las canecas que su madre les había indicado en el patio de la casa. Las canecas eran tan grandes que los niños necesitaron  muchos viajes para llenarlas, después de haber hecho las interminables filas frente a la pila, con otros niños y con adultos, especialmente mujeres y ancianos.  A Santiago le dolían los hombros por haber sostenido en balanza  las varas y las ollas tiznadas con que habían transportado el agua.  A cada paso que daba, las ollas se balanceaban en cada extremo de la vara como si tuvieran cola, sin que él lograra ponerlas de acuerdo, y el agua saltaba de las ollas y se reducía considerablemente, pero las vasijas no se salían de las varas en sus pasos desequilibrados porque Gabriel había tenido el cuidado de clavar unas puntillas en las puntas de los palos; también había construido para él un carro de una sola rueda con una vara que llegaba hasta sus hombros y cruzada por otra vara en cruz, que era el timón. En otra puntilla clavada a la altura de su pecho en la vara larga, colgaba la olla llena de agua y así hacía más viajes que sus hermanos. Ahora aquellos palos, el carro y las ollas habían quedado arrumados en el patio, al lado de la caneca llena, y el trío de hermanos estaba junto al aljibe, encantados con la vida acuática que apresaban en las bolsas plásticas.

-Miren cómo respiran –decía Santiago, obnubilado por las branquias de las larvas.

-Abran la bolsa porque se van a ahogar –decía Salvador, haciendo valer su nombre.

A veces,  repentinamente, los niños cazadores eran cubiertos por una nube de neblina entre la que desaparecían. Entonces  tenían que hablar para sentir que estaban juntos.

-¡Gabriel! –gritaba Santiago.

-Aquí estoy –respondía su hermano-, agarrémonos de las manos o si no nos perdemos.

Parecían una patrulla de investigadores, y entre aquella blancura a los más pequeños las manos les alcanzaban para prenderse del  hermano más grande, sin soltar las bolsas con los renacuajos. Hacía tanto frío y el aire estaba tan húmedo que Santiago pensaba si no habían caído entre el aljibe, y que, como los renacuajos, ellos también estiraban las bocas tratando de respirar. Aquel paseo se volvía divertido: a veces caminando enceguecidos entre la nube, temiendo dónde poner cada pie en la tierra fangosa, y a veces arrodillados en los ojos de agua, a la orilla de la carretera.

Después de atravesar las nubes más grandes salían a la claridad, donde el sol parecía burlarse de ellos mientras encontraban otro aljibe. Cuando el sol les lanzaba su luz como una pedrada en la cara, ellos pestañaban arrugando los párpados y al abrir los ojos veían otras nubes suspendidas a la altura de la mirada. Si hubieran avanzado un paso más tal vez habrían caído montaña abajo, rodando por la greda en aquellos barrios que apenas empezaban a fundarse en las márgenes de la ciudad que se desplegaba sus pies.

Aquel día, el viento soplaba tan fuerte que tenían que sostenerse uno contra los otros, muy juntos, si no querían trastabillar y caer de bruces en el piso derretido. Entonces vieron en el horizonte del abismo algo que les pareció más fascinante que los renacuajos. Lo que ocurría era que se había desatado una borrasca que tenía izadas en el aire varias tejas de zinc y algunas prendas domésticas, sábanas, pantalones y enaguas, que daban vueltas en el aire como en una licuadora. Los tres niños miraron asombrados hasta que los objetos se perdieron en la distancia. Santiago pensó que aquel viento rebelde era capaz de elevar hasta personas y se agarró muy fuerte de Gabriel.

Ese día la gente del barrio no habló de otra cosa. En medio de la borrasca unos se habían arrodillado en la tierra y otros habían corrido a protegerse bajo el dintel de una puerta o debajo de las mesas. Unos y otros alzaron los brazos al cielo y se santiagüaron pensando que aquella borrasca fuera un anuncio del fin del mundo. Al pasar frente a la casa destechada, que mostraba los escuetos palos desnudos, Santiago y sus hermanos vieron a la familia en un estado de frenesí, relatando a sus vecinos que tuvieron que meterse debajo de las camas para que el viento no los elevara también.

-Aquí entró la pata del remolino y todo lo que tocaba era lanzado a las alturas como por un cohete –decía el padre, admirado, mientras su mujer y sus hijos  ponían una cara de sobrevivientes.

El mismo día que la borrasca lanzó por  los aires las tejas de las casas, apareció en las calles un ser que no parecía de este mundo y que sin embargo concitó la atención de chicos y grandes, que lo seguían con curiosidad. Aquel ser se desplazaba a grandes zancadas por el sube y baje de las calles y cuando estaba cansado se sentaba en unas grandes piedras atravesadas en las esquinas. Era un hombre con el rostro muy barbado y la cabeza cubierta con un gorro de colores, y tenía unas largas piernas que terminaban en un par de zapatitos de bebé, de color rojo con cordones blancos, extrañamente limpios en aquel fangal. Por los otros niños que le hacían la cohorte, Santiago supo que aquel gigante se llamaba José y se sintió complacido cuando sus miradas se cruzaron.

Santiago sentía que vivía en medio de prodigios. Si los renacuajos aparecían sin cola ante sus ojos y la borrasca era capaz de traer a un gigante con zapatitos de bebé, que se sentaba a tomar cerveza con los vecinos sentado en las piedras de las esquinas, cualquier cosa podría ocurrir. Él y sus hermanos siguieron a aquel gigante que aprovechaba los descansos en las piedras no sólo para beber sino para reír y repetir dichos y refranes que a Santiago le parecieron encantadores, uno de los cuales decía: “En medio de este barrio tan fiero, vamos a ponerle pantalones al miedo”.

Santiago pudo determinar que José salía a caminar en sus zancos por aquellas calles en ladera los sábados y domingos y que a veces lo acompañaban una mujer y una pequeña niña, ambas elevadas en largas piernas y vestidas con blusas de colores y pantalones que les quedaban englobados, como grandes pijamas infladas. Desde entonces trataron de no perderse el espectáculo de verlos.

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comentarios
  1. Fabiola Florez Roncancio dice:

    Hermosa historia Oscar, este relato me llevo por los sendero de los recuerdos y la nostalgia.

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