ZORAIDA: LA NOVIA DE TIROFIJO

Publicado: 04/21/2011 en Cuentos

 (Para el libro de testimonio “Historias de una guerra”)

          Su nombre de guerra era Zoraida, pero yo sabía que ese no era su nombre verdadero. Siempre la vi vestida de camuflado, andando con un pasito corto, muy femenino, que no daba para imaginarla en las batallas, en medio del fuego cruzado. Era más bien morena, con unos rasgos indígenas apenas insinuados, que resaltaban su belleza, su tez brillante y pálida y unos ojos negros, rasgados y vivarachos. Era muy joven, especialmente cuando se hacía al lado de su pareja, el máximo comandante de las fuerzas subversivas, alias Manuel Marulanda Vélez, alias Tirofijo, que entonces tendría unos 75 años, y junto al Mono Jojoy, un poco más alto pero con una barriga protuberante. A Marulanda le gustaba dar las entrevistas a los medios con ella al lado, exhibida como un trofeo.

Entonces yo era conductor de un ministro que, por orden presidencial, había viajado a la zona del Caguán para acordar con el comandante guerrillero la fumigación y sustitución de los cultivos de hoja de coca. “Fumigue de esta línea a éste punto, más para allá no, porque o si no le tumbamos una avioneta”, le había dicho, tajante, el jefe guerrillero, mientras desplegaba sobre una burda mesa unos mapas de la zona.

Zoraida llevaba en los brazos a una pequeña niña, que era la misma estampa de ella, una morena lindísima, de unos dos años de edad, su hija. La niña era un capullo hermoso, que tal vez había nacido entre breñales, pensaba yo. Me parecía increíble que Marulanda fuera el padre de la criatura. Un día me atreví a preguntarle quién era el padre y me aseguró que no era el comandante subversivo sino un guerrillero raso que había muerto en combate hacía varios meses. Agregó que ella misma había sido reclutada por la guerrilla cuando era muy pequeña, después de que sus padres fueron muertos en una incursión violenta de los subversivos en su pueblo. Todo esto ocurría más allá de La Vara, a cientos de kilómetros del río Magdalena, en tierras del Caquetá. Zoraida aprovechaba que los jefes, el de ella y el mío -el primero acompañado de sus lugartenientes y el mío por sus escoltas- estaban bebiendo whisky en un kiosko, mientras hablaban de los cultivos y las fumigaciones, y en la sombra del atardecer ella se acercaba hasta el carro y me metía conversa y terminábamos charlando mientras tomábamos gaseosa.

Pero cuando hubo una cierta confianza, ella se desembuchó y me planteó un tema que la ponía ansiosa, que le hacía mirar para todos lados y bajar el tono de la voz, pues temía que alguien conocido la escuchara: quería regalarme la niña. Me dijo que su deseo era que su hija tuviera una vida mejor, que regalándomela no había problema, que ella me la entregaba en tal punto, en tal sitio, pero que todo tenía que hacerse a escondidas de Marulanda. ¿Por qué a escondidas?, pregunté. “Porque Marulanda está encariñado con la niña y quiere criarla, pero yo no”, me dijo. Lo que en últimas me planteó era que yo me robara la niña y la trajera a Bogotá para darle educación. Era un asunto en el que yo no había pensado, así que le pedí tiempo. Aquella propuesta era todo un dilema. Yo era casado y no tenía hijos, pero no podía presentarme ante mi mujer en Bogotá con una niña de dos años y decirle mire esta niña tan bonita. Así que llamé a mi hermana y le propuse el cuento.

A veces llevaba en el carro a Marulanda y a Jojoy, y a Zoraida en medio de ellos, silenciosa, mientras ellos se mostraban conversadores y engreídos, hablando de reses y caballos, en un sencillo lenguaje cifrado. Yo miraba de reojo a Marulanda y lo imaginaba más como el abuelo de la niña que como pareja de Zoraida, más interesándose por el cuidado de aquella niña que no era suya, que por la mujer joven que lucía a su lado.

Una vez Jojoy me propuso que le llevara armamento en las llantas, de esas balas 5.76, porque –me dijo- nuestro carro no tenía problemas en los retenes militares. De una vez me puso un paquete de dinero encima de la guantera, dijo que en la bolsa había seis millones de pesos. “Usted llega con el carro a tal bomba de gasolina y allí uno de mis hombres le cambia las llantas”, se atrevió a decirme, pero yo me negué rotundamente, lo miré a los ojos y le dije que yo no podía comprometérmele a eso, que mejor no contara conmigo. Él se fue maldiciéndome.

Yo llamé a mi hermana y le pregunté que si quería recibir una niña que me estaban regalando en el Caguán. Mi hermana al principio no me entendía, creía que yo me estaba burlando de ella, pues hacía poco me había contado que los médicos le habían dicho que no podía tener hijos. Pero luego se entusiasmó con la idea y cada vez que la llamaba me preguntaba cómo era la niña, que cómo se llamaba y que cuándo iba a llevársela a Bogotá. Yo le decía que la niña era muy bonita, no sabía cómo era su nombre, pero le dije que se llamaba Zoraida y que pronto se la llevaría, pero que todavía no. Pero era que yo no me decidía. Prácticamente lo que me planteaba Zoraida era un secuestro de la niña, pero yo pensaba que tan pronto los guerrilleros y Marulanda no vieran a la niña, de seguro iban a desconfiar de mí, que era el único conductor que se acercaba a esos breñales, y era seguro que antes de que yo pudiera salir del Caquetá él ordenaría que me detuvieran en un retén y me iban a quitar la niña y tal vez a matarme. Además, iba a dejar al ministro en un lío de los mil demonios. Así que decidí echarme para atrás también en ese proyecto.

Las fumigaciones aéreas comenzaron a hacerse en la zona que había señalado Marulanda. Mientras tanto,  Zoraida se mostraba nerviosa e insistente. Empecé a sacarle el cuerpo y me escondía en las tiendas del caserío, donde ella no me viera. Un día, que iba conduciendo al ministro a una nueva cita con Marulanda, él contestó una llamada en la que le informaron que la guerrilla había derribado un avión fumigador en el Caguán. El ministro, casi colérico, me hizo echar reversa y en la huida dejamos sólo la polvareda. A cien nos vinimos por aquella trocha y sólo nos sentimos seguros en el primer retén militar que encontramos. Por allá no volvimos jamás. En esos días Pastrana terminó la zona del despeje y el Ejército comenzó a retomar la zona.

El ministro regresó a Bogotá en un avión alquilado. Yo regresé por tierra en el carro. Cuando mi hermana me vio sin la niña, me recriminó por no haberla traído, “mi niña”, decía, y estuvo triste muchos días, sin hablarme casi, rasgándome con esos ojos rabiosos que tenía. Más tarde me enteré de que Zoraida, después de que terminó la zona del despeje, murió en un enfrentamiento con el Ejército. De la niña no supe nada, ni dónde está, ni quién se quedó con ella. Después de muchos intentos con su esposo, y de descartes médicos sobre su maternidad, mi hermana al fin terminó embarazada y dijo que era por mi culpa, porque yo la puse a soñar con una niña morenita. En medio de muchos problemas de salud, su hija nació y ella misma fue y la bautizó: le dijo al cura que la pusiera Zoraida, y Zoraida se quedó.

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comentarios
  1. Pilar Ramirez dice:

    Muy satisfactorio encontrar periodistas como ud que envuelven al lector en una historia, felicitaciones y estare al tanto de cada una de sus letras.

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