NACÍ EN UN PAÍS QUE ES SINÓNIMO DE CRÓNICA

Publicado: 04/21/2011 en Ensayo

Por ÓscarBustos

En Colombia hay historias a la vuelta de todas las esquinas, montan en los buses y en los Transmilenios, están en el centro caótico de Bogotá y en sus barrios marginales, en sus montañas salvajes y en sus llanuras en disputa. Sólo faltan cronistas para relatarlas. Porque este país está mal contado,  escasamente narrado. Los medios, en connivencia con el poder, no pueden contar un país que se desangra

o que se muere de la risa. Los medios están tan arrodillados que ya les cuesta levantarse para registrar la dignidad humana que se niegan a ver. El único género que puede dar cuenta de toda esa riqueza de vida y de muerte es la crónica. Este género es tan creativo que no acepta una receta de cocina, aunque se adereza con todos los aromas, sonidos y texturas que ofrece la realidad. Prefiero contarles mi experiencia como cronista, porque creo que en esa experiencia puede haber pistas sobre cómo elaborar una crónica; pero sólo ustedes podrán decidir si las toman o las dejan. Por otros caminos también se puede llegar a escribir una buena historia. Porque aunque a lo largo de 23 años de ejercicio periodístico en 14 medios de comunicación del país he escrito y publicado por lo menos unas cuatro mil historias, aún hoy me atraviesa un estremecimiento, igual a la primera vez, cuando me dispongo a investigar unos hechos y luego a redactar una crónica.

Muchas de mis historias han sido asignadas por mis jefes, otras han surgido del cubrimiento de las fuentes, y las hay también que yo he escogido por mi propia iniciativa y a las que he hecho un seguimiento durante muchos años. He contado historias de crímenes, de brujos, de políticos corruptos, de gente enloquecida, de secuestrados, de liberados, de mítines, motines y asonadas, de tomas guerrilleras, de soldados heridos en combates, he cubierto información en

el Palacio de Nariño, en el Congreso de la República , he visitado muchas cárceles donde las historias abundan, pero también he entrevistado a personalidades del jet set, he contado historias de las reinas de la belleza, de cirugías plásticas exitosas y funestas; por la mañana he asistido a una rueda de prensa con el presidente de la República o con el Fiscal General y por la tarde he entrevistado a unos campesinos en situación de desplazamiento y de hambre que amenazan con tomarse la Red de Solidaridad o la misma Presidencia de la República; es decir he cubierto las dos Colombias: la del país político y la del país nacional, como decía Jorge Eliécer Gaitán; la Colombia visible y la invisible (aunque a esta última apenas la he entrevisto). Y todas estas historias las he hecho en muchas ciudades colombianas y en perdidos pueblos que no aparecen en los mapas, siendo simplemente un reportero. En esta condición cada historia en televisión ha tenido 40 segundos al aire, promediando los 20 que me asignan mis jefes, por ejemplo, después de un arriesgado viaje a la selva, y el minuto que conquisto al cabo de muchos

ruegos. A veces minuto y medio. Ese tiempo que me dan lo aprovecho al máximo, siempre tratando de ser profundo y honesto con los entrevistados.

Claro que me he desquitado y he escrito a mis anchas cuando he trabajado como cronista en programas como Séptimo Día, Con usted, Panorama (donde con Andrés Nieto Serpa narrábamos historias duras en medio de la información ligth, y donde nos ganamos un premio de periodismo que quedó en manos de nuestro jefe de entonces, Julio Sánchez Cristo); también en El Mundo según Pirry, El Viajero, de CM&, y Ciudad Equis (la tercera fase), en City TV, donde me daban hasta 12 minutos para cada crónica.

Pero ya les digo: cuando me intereso en una nueva historia, por más habilidades periodísticas que uno desarrolla para sumergirse en la vida de sus fuentes, siento el mismo miedo de no ser capaz de responder, de dormirme en los papeles y no extraer la savia necesaria que ayude a contar la historia maravillosa de este país. Es que en esto no hay fórmulas que uno pueda aplicar indistintamente. Ojo a este ejemplo que le he escuchado a estudiantes de Administración de Empresas en Bogotá: llega un hombre y le pregunta a dos obreros de la construcción que están levantando una pared qué es lo que están haciendo: el uno responde que pegando ladrillo; el otro dice: construyendo una catedral. Claro que la respuesta de éste es más soñadora y da la imagen de que está comprometido en un proyecto grande. Este es

el cronista que yo quiero ser, uno que cuente la historia de este país desde las voces de sus sobrevivientes, valiéndose de todos los recursos literarios del idioma castellano.

Lo supe desde el primer momento cuando comencé haciendo periodismo comunitario en la década de los 80 en mi localidad de San Cristóbal, y he mantenido esa conciencia en los muchos medios en que he estado: contar historias de este país desde quienes lo sufren y lo construyen. También desde quienes lo destruyen, pero siendo muy crítico con ellos.

Yo lo que puedo ofrecer es el relato de mi modesta experiencia, forjada a fuego lento a lo largo de muchos años. Ha consistido primero en un esfuerzo por entender el mundo con mi propia cabeza, construir una mirada propia, particular, para analizar lo que sucede en mi barrio, en mi ciudad, en mi país, y tomar posición frente a la guerra, a la vida, al amor, a la presencia de los otros, sean drogadictos o autoridades, sean guerrilleros o paramilitares. Dejar muy claro ante mi conciencia qué pienso yo de cada asunto con que me encuentro.

El mundo, para cualquier colombiano nacido a partir de la segunda mitad del siglo XX, se presenta caótico, difícil de entender, tal vez más difícil que para un ecuatoriano o un venezolano, y muchísimo más complejo que para un europeo o un norteamericano, que nacen con muchas garantías. Es por la presencia de la violencia que todo lo ensucia y que a veces roza nuestro entorno. ¿Cómo entender este mundo “en un país que tiene la mitad de su población en condiciones de extrema pobreza, y presenta al mismo tiempo en su clase dirigente unos niveles de opulencia difíciles de exagerar”?, como nos lo recordó tan acertadamente William Ospina en su ensayo La Franja Amarilla. ¿Cómo hacerlo pasar por nuestra cabeza para que salgamos seguros a enfrentar el porvenir? Es el mismo desafío bíblico de hacer pasar un camello por el ojo de una aguja, si el ojo de la aguja es la crónica, y el camello es el incierto mundo que nos tocó vivir.

Los medios: “la universidad” por antonomasia

En un país que sólo educa al 10% de su población, y donde el 90% restante queda deseducada o desnucada (no es un simple retruécano: no olvidemos que en Colombia se pasean como Pedro por su casa los mochacabezas armados de motosierras); y donde sólo el 16% tiene empleo y el resto sale en montonera a pelearse las migajas que dejan los actores del conflicto; en un país así, los medios de comunicación masiva se convierten en el único referente cultural para la mayoría de la población; es decir esta población se forma, construye sus referentes morales,  sus mitos y leyendas, sus temores y atrevimientos en esta “universidad”: la universidad por antonomasia, más efectiva en la divulgación de “derechos” que la propia Constitución Política de 1991, uno de los libros menos conocidos por los colombianos, y eso que dicen que es ley de leyes.

Si nos atenemos a las versiones que ponen a circular los medios de comunicación en sus programas por obtener más rating, con su artillería de realities, seriados nacionales y extranjeros, noticieros de radio y televisión, consejos comunales teletransmitidos en vivo y en directo y periódicos sensacionalistas que escurren sangre y mentiras en sus páginas  -y que se hacen voz multiplicada en la familia, entre los vecinos, entre los policías y en general entre las autoridades que tienen incidencia en la vida del barrio y de los pueblos-, el único discurso que impera en la sociedad es éste: a los drogadictos hay que matarlos, a los ladrones hay que matarlos, a los guerrilleros matarlos, a la oposición política matarla, a los paramilitares temerles y negociar con ellos.

Con algunos paréntesis un poco más democráticos a lo largo de la historia nacional, así ha sido desde 1948 para acá. El resultado de ese bombardeo propagandístico es esto que tenemos allí afuera: violencia, caos, corrupción, inseguridad, cobardía, miseria y la desdicha de millones de colombianos.

Frente al caos nacional, los medios de comunicación están cultivando en sus audiencias la peor cultura, cuya consecuencia más funesta es que la gente tome partido y haga justicia por su propia mano. No los están enviando a tomar los libros, que éstos están muy lejos de la mayoría de la población, lejos de los medios y de los periodistas, pues ellos son la gente que menos lee, siempre en el corre-corre de las noticias, a pesar de que ellos mismos repiten con bombos y platillos que Bogotá es la Capital Mundial del Libro. Pero de qué nos sorprendemos, si la última encuesta nos dice que no hemos sido capaces de superar el libro y medio, leído en promedio por cada colombiano este año.

Aquel mensaje de muerte y exclusión tiene efectos reales entre la población, como tiene efectos toda educación. Los más legalistas le dejan la tarea de salir de los indeseables a las autoridades, con todas las licencias delincuenciales que esa tarea merezca. Otros se asocian con esas autoridades o con sus cómplices oscuros para participar del crimen. Otros, más individualistas pero de espíritu más justiciero, andan armados y cuando son agredidos -a veces cuando no lo son- se toman la justicia por su propia mano. Recordemos que una encuesta mostraba que 1 de cada 4 colombianos respalda todas las acciones de los paramilitares, sus crímenes y sus fosas comunes. Mientras una gran mayoría (los que no votan o no responden a las encuestas) viven amedrentados, en una aparente resignación, y sus culpas las curan anunciando el apocalipsis.

Pero algunos nos rebelamos: no somos capaces de multiplicar esa voz; renunciamos a tener las agallas para matar a nadie, menos con la palabra escrita, televisiva o radial. Rogamos para que nunca nos veamos frente a ese dilema; preferimos entregar todas nuestras pertenencias si nos están asaltando, antes de manchar nuestra conciencia con un crimen. El crimen y la exclusión no pueden ser la única salida. Tiene que haber otras posibilidades. Cuando pensamos así, allí está construyéndose una incipiente conciencia rebelde, alejada de lo que piensa el montón. Entonces tenemos que luchar para salir del marasmo, con un esfuerzo igual al de un náufrago que ha caído al río Bogotá y tiene que bracear contra la mierda para salvarse de las blancas y engañosas espumas que son las más tóxicas. Esa incipiente conciencia rebelde tenemos que reforzarla con otras lecturas, antes de que se apague, o se convierta en desesperación o locura. Las otras lecturas serán nuestra tabla de salvación en aquel río contaminado.

Señales particulares

 Para construir esa señal particular de mí mirada sobre el mundo y salir del marasmo, tuve que acudir a la lectura de textos que me sugirieron en la universidad, generalmente en la clase de historia colombiana con el profesor Castillejo, o que me indicaron algunos amigos afortunados (más afortunado yo, que me topé con ellos: Juan Camilo Jaramillo, Robinson Quintero). En mi caso, a mis veinte años, me alimenté de diversas lecturas de Antonio Gramsci, el marxista de “El papel de los intelectuales”, que pasó gran parte de su vida en la cárcel por defender sus ideas en plena dictadura de Mussolini; leí el Manifiesto Nadaísta, escrito por Gonzalo Arango, que era una bofetada sarcástica al poder que en Colombia multiplica la justicia con la propia mano mientras los instigadores de la violencia, que no son otros sino los dirigentes corruptos y desvergonzados “acrecientan hasta lo obsceno sus propios capitales”; leí “El elogio de la dificultad”, del filósofo Estanislao Zuleta, éste sí un tronco firme que me ayudó a salir de aquel río nauseabundo; leí poesía, mucha poesía, de Baudelaire, Rimbaud; leí a Walt Whitman; y a nuestros Barba Jacob, Aurelio Arturo, Jorge Zalamea, Luis Vidales, Rogelio Echavarría, Mario Rivero, estos últimos más urbanos; leí a poetas centroamericanos que alimentaron mi juventud: Ernesto Cardenal, Roque Dalton, que con su palabra abrían senderos de esperanza para sus países asolados por las guerras fratricidas. Leí, claro, a Neruda, a Nicanor Parra y a su vecino tan afectuoso, Mario Benedetti. Cuando un día yo mismo descubrí al peruano César Vallejo ya no era posible alejarme de su poesía, tan profunda, hermosa y sentida, tan solidaria. Después caí en las novelas del boom latinoamericano, especialmente todas las de García Márquez, Juan Rulfo, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa y Juan Carlos Onetti.

Para entender la violencia colombiana –hidra terrible, una de cuyas cabezas había rozado mi casa y se había llevado a siete tíos y a veinte primos, asesinados en la zona esmeraldífera boyacense cuando yo era un niño- la entendí con claridad leyendo el libro que precisamente se llama así: ” La Violencia en Colombia”, de Monseñor Guzman, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna.

De este trío fallecieron el año pasado Umaña Luna y Fals Borda, pero su desaparición apenas fue reseñada por los medios masivos colombianos, cuando se trataba tal vez de los mejores hombres que ha dado nuestro país al final del siglo XX. Fals Borda, a la edad de 80 años, publicó una revista en la que, expresando el más sabio conocimiento y con la razón iluminada, ha pedido al presidente Uribe que renuncie a su cargo y permita que sin más sangre este país se labre un destino democrático.

No puedo dejar de referirme a “Las Venas Abiertas de América Latina”, del uruguayo Eduardo Galeano, ni olvidar el libro “Para Leer al Pato Donald”, de Armand Mattelart y Ariel Dorfman, que acabaron de quitarme las cucarachas que se obstinaban en seguirme cuando ya había salido de aquel río turbio y de miseria.
Todas aquellas lecturas, y otras, fundaron en mí todo lo humano que tengo. También muy especialmente reconozco el aporte de mis papás, unos campesinos que se vinieron a Bogotá a buscar mejores horizontes. Él, un gran contador de historias, que era capaz de congregar en su entorno a un buen grupo de oyentes sólo con el poder de su palabra, sus chiflidos y demás sonidos onomatopéyicos para contar la historia de un crimen, de una traición o de un heroísmo, porque él vivió muy de cerca esas historias en la guerra esmeraldífera. Y mamá, que desde niños nos recitaba poemas y coplas que se sabía de memoria y de los que no se le ha borrado ni una coma desde que se los aprendió cuando fue a la escuela en una vereda de su pueblo natal. Todavía escucho la musiquilla de esos versos en algunas de mis crónicas, todavía esas palabras llegan a mis labios cuando camino por las calles de mi ciudad.

Aquellas lecturas fueron al tiempo de oficio y de placer, porque como en el bachillerato no me refirieron ninguno de aquellos libros (a excepción de la lectura obligada de “Cien Años de Soledad”), me propuse suplir por mi propia cuenta semejante descuido de mis maestros y llenar el cráter de cultura literaria que mantenían vírgenes a mis neuronas.

En cada lectura me entregaba todo, cada libro renovaba mis energías y cambiaba mis comportamientos. Me refundé con esos libros, me hice una buena persona, leyendo en mi casa en voz alta a mis padres y a mis hermanos; todos nos hicimos un poco más tolerantes y generosos. Dejamos de pensar en tomarnos le justicia por nuestra propia mano, cuando antes nos llenábamos de razones para hacer de justicieros.

Habiendo adelantado una carrera de Comunicación Social y Periodismo (hice seis semestres en la Universidad Externado de Colombia), vi que era el primer Bustos con estudios universitarios a lo largo de todas las generaciones que se habían sucedido desde la conquista española hasta hoy. Ah, a excepción de un cura que dejó los hábitos y que después se hizo abogado vendiéndose al mejor postor: a uno de los peores criminales que ha dado la historia reciente de Colombia. En medio de todo el caos que vivió el país durante mi adolescencia y juventud (hoy creo que estamos peor), tuve la terquedad de quedarme haciendo versos y teatro con algunos vecinos de mi barrio, allá arriba en la localidad de San Cristóbal. Rápidamente nos vimos haciendo periodismo comunitario. Buscamos a los abuelos que contaban las historias de la fundación del barrio, a los niños que garabateaban sus cuentos o poemas, a los promotores de cultura que habían trabajado en muy difíciles condiciones. En realidad todos trabajábamos sin un peso, contra viento y marea: contra viento porque la mía es la localidad de Bogotá más acariciada por los vientos alisios que entran despotricados por el oriente de la ciudad, y contra marea porque a los jóvenes de entonces nos tocó buscar escondederos a peso porque nos perseguían simplemente por sospecha, gracias al Estatuto de Seguridad del presidente Turbay: entonces el país se llenó de desaparecidos, algunos de los cuales eran nuestros propios vecinos. Así que los demás a veces nos sentimos como unos sobrevivientes.
El poder de las audiencias

En aquel trabajo comunitario descubrí el poder de las audiencias. Consiste en trabajar con audiencias cercanas, mis familiares, mis vecinos, un grupo de amigos. Pretender otra cosa es ambición y por fortuna nunca he sido ambicioso. Conocimos nuestra localidad como la palma de nuestras manos: cada recoveco, cada callejuela mecida con el sube y baje de la montaña, cada abuelo contador de historias, cada leyenda urbana; nos sabíamos esta historia y la gozábamos con deleite. En la revista El Tizón y en la experiencia de la emisora comunitaria Vientos Estereo está el testimonio vivo de ese esfuerzo periodístico. Los abuelos entrevistados eran como mis abuelos, el grupo que impulsaba la revista era como otra familia. Ya lo había dicho el viejo Tolstoi en la Rusia zarista: “Conoce tu parroquia y conocerás el universo”

Luego, a través de Clemente Domínguez, un amigo que pertenecía al grupo con el que hacíamos la revista, logré entrar como practicante a Radio Santa Fe, gracias también a la aceptación de la directora de noticias, la periodista Ayda Luz Herrera Lozano (q.e.p.d.). Me alegré muchísimo (y en varias ocasiones se lo agradecí a ella especialmente) no sólo porque la oportunidad me probó como periodista cuando el país vivía uno de sus peores momentos, el narcoterrorismo de Los Extraditables, sino porque llegaba a ese reto con muchas armas: un criterio sobre la vida y sus actores, una comprensión del mundo, una sensibilidad, unos recursos literarios extraídos de la poesía y de la narrativa. Esto me dio muchas ventajas sobre los demás periodistas, muchos de ellos empíricos, y sobre los que tenían título pero que de la Universidad saltaron a los medios sin haber construido su propia mirada sobre el mundo, sin leer un solo poema y sin entrevistar a un sólo abuelo.

Ya he dicho muchas veces que la experiencia comunitaria dota de una coraza y de una firmeza a los periodistas que van después a trabajar en los medios masivos, porque se hacen más sensibles y menos vulnerables frente a los abusos de los dueños, de los directores y de los jefes de redacción. No los van a vapulear tan fácilmente, no se dejan dictar los textos de sus propias historias, como he visto que les ocurre a los más jóvenes, que en los medios hoy son la mayoría: deslumbrados por las cámaras y las luces aceptan todos los sacrificios imaginables: largas y extenuantes jornadas, sueldos miserables, y hasta que les dicten sus propios textos con el argumento de que los engañaron en la universidad.

Con aquella autoridad que me daba haber hecho periodismo comunitario, en Radio Santa Fe el siguiente director, Edgar Artunduaga, me asignó la sección de “Historias de los barrios”; después Germán Castro Caycedo, que también fue mi jefe, me asignó “La crónica santafereña”, y luego “Apague la luz y escuche”; ésta última con historias de duendes y aparecidos, recuperadas de la oralidad de los viejos (el mismo Germán me dio una lista de los viejos, que incluía sus números telefónicos. Uno de los viejos resultó ser un vigilante de una casa vacía, donde lo entrevisté, pero al tiempo era un gran contador de historias), relatos que yo recreaba con música de suspenso y efectos especiales, respetando la voz de los ancianos que me los habían narrado.  Aquel programa era la competencia de La Luciérnaga, de Caracol, para acompañar a los bogotanos durante el apagón de la ciudad y del país durante el gobierno de César Gaviria, un gobierno muy oscuro.

Quince años después he vuelto a sectores de Kennedy y Bosa, y por casualidad me he encontrado con oyentes de aquella emisora que me reconocen por la voz y me agradecen aquellas historias que les encantaron hace tanto tiempo y que todavía recordaban. No es que quiera hacer ostentación y gala de mi voz, pero es que el ejercicio completo no sólo era escribir aquellas historias sino leerlas al aire con interpretación, con los tonos y énfasis que merecían algunos episodios.

Desde entonces he hecho miles de noticias, pero por mi formación literaria siempre tiendo a contar la historia con pelos y señales, y a pintar los retratos humanos y naturales con el mejor lenguaje que nos ofrece la lengua castellana y bogotana. Así, lo que me salen son crónicas, en las que hay mucha información, pero donde las emociones de los personajes están muy destacadas, y yo puedo resaltar su dolor o su dicha, porque también pienso, como Gabriel García Márquez y Germán Castro Caycedo, que la crónica es un género estético que está muy cerca de la literatura.

Cuando voy a un pueblito o a un barrio en alguna de nuestras ciudades, siempre busco a los abuelos narradores de historias, a los artistas barriales, a los habitantes más antiguos y a los artesanos. Hablo con ellos con el mayor respeto para que me cuenten la historia de su barrio o de su oficio, como hacía en mi localidad en la década de los 80. Busco a las organizaciones culturales, a las emisoras comunitarias, a las organizaciones de mujeres (de hombres casi no hay porque están muertos, desaparecidos, drogados, o están en la guerra), porque me interesa conocer su visión del mundo construida en medio de sus luchas y logros.

Cuando busco las versiones oficiales, institucionales, militares o policiales, generalmente ellos dan su “parte de guerra”, pero como casi siempre es un boletín, o una voz autorizada, nunca una voz sincera o arrepentida, la contrasto con las voces más humanas de los campesinos, de las madres y mujeres que han sido víctimas del conflicto. El efecto los deja muy mal parados, y de paso sensibilizo a la audiencia frente a lo cruel que resulta la guerra. Cuando una vez entrevisté a los guerrilleros en Miraflores, Guaviare, la entrevista se dio después de tres horas de adoctrinamiento y al final también dieron su parte de guerra. Cuando apagamos las cámaras, y no tenían a los jefes por ahí cerca, los más jóvenes sí se sinceraron y contaron anécdotas más humanas, que están en mi crónica La Otra emboscada en Miraflores.

Siempre sueño con que algún militar de alto rango se sincere conmigo y me cuente que la guerra es muy dura y que está cansado de ella. Lo máximo que he obtenido es otro anuncio de venganza y un adoctrinamiento, como los que les dan a los demás corresponsales. Sólo en soldados que han sido heridos en combate, y en los que han sido expulsados de las filas, he encontrado voces más humanas.

De la mirada profunda nace la radiografía

De la observación detallada de cada asunto (con sus colores, olores, tonos y atmósfera) me propongo obtener una radiografía de la realidad. Mi mirada sobre los hechos y las personas debe ser profunda, tratando de entender cuál es el interés de cada cual, y aunque yo no lo diga, por la descripción que haga y por las versiones que presento de varias voces sobre un asunto, el lector debe inferir frente a qué tipo de situación estamos: una corrupción, una mafia o un engaño, o para no ponerme tan negativo, ante un acto de heroísmo o de dignidad de los personajes. Aquí puedo valerme de la ironía, de la metáfora o del sarcasmo, recursos literarios que únicamente acepta la crónica. Porque he descubierto que por las distintas presiones ideológicas y políticas que los géneros han resistido (especialmente en la radio y la televisión que se hacen en Colombia), algunos han sido mutilados de estos recursos, así como de los adjetivos y los gerundios. Entonces la noticia, el perfil y el informe, particularmente, se vuelven géneros asexuados, como gallos de pelea sin espuelas, como un toro al que le quitan los cuernos. Son géneros tan cuidados que no le hacen daño a nadie (excepto cuando los apuntan contra alguien del pueblo); están concebidos para hacernos sentir que todo está bien, que las autoridades civiles, eclesiásticas y militares reportan normalidad, que todos estamos felices; cuando lo que pasa es que la política está podrida porque ha sido construida sobre los cadáveres de media Colombia y muchas palabras están prohibidas para mostrar ese fenómeno. Se mata a la gente y, en las salas de redacción, con la excusa de proteger a las audiencias de los excesos que al escribir puedan cometer los periodistas novatos, los editores y jefes de redacción matan el lenguaje que nos podría sensibilizar contra la muerte: impera la cifra, que nos impresiona pero que no nos conmueve, se prohíbe el relato. Al principio los periodistas novatos sufren, uno los ve, se quejan en el baño o ante alguien de mucha confianza, pero muy pronto el arribismo se impone sobre su sensibilidad y deciden curtirse frente al dolor de sus congéneres y ser los parlantes de los criminales.

Creo que en Colombia la crónica es el menos contaminado de los géneros periodísticos, porque los demás (la noticia, el informe, el perfil y el reportaje normal, y hasta los editoriales del único diario que imperó –solo-  durante casi una década) están contaminados de institucionalidad y de versiones acomodadas de los agentes armados, que es el precio que los medios y los géneros periodísticos han tenido que pagar por su connivencia con el poder. En mis crónicas también  aparecen agentes armados, como aparecen en realidad en todos los paisajes colombianos, pero están pintados en situaciones más humanas, sin el subrayado violento que les ponen los medios. Pero en mis crónicas sobre todo hay campesinos, indígenas, indigentes, médicos rurales, migrantes, artistas callejeros, niños, todos sacudidos por las múltiples violencias que nos ha tocado vivir, desorientados, pero dispuestos a resistir como guerreros los malos tiempos. Y todos habladores, hasta dicharacheros, valientes para denunciar a sus agresores y, a pesar de los daños que han tenido que asumir, soñando con un mundo mejor.

Mis audiencias siguen siendo muy cercanas. Cuando estoy seguro de que ningún elemento se me ha quedado por investigar, y que los he confirmado y vuelto a confirmar, me sumerjo en mi escritura como un artesano y el texto sale al cabo de muchas versiones. Lo primero que hago es leérselo a mis hermanos, a mis padres o a mi hija, y con ellos termino la carpintería que haga falta: ajustar el tono de una frase, poner un signo de puntuación que faltaba, sustituir algún sonido cacofónico, cambiar el nombre de alguien para protegerlo.  A veces acudo a algunos amigos y los someto a escuchar la última versión, antes de buscar dónde publicarlo.

Por mi labor periodística jamás he sido amenazado, pero he sido expulsado cinco veces de los medios porque he salido en defensa de la verdad, y he estado desempleado muchos meses, tiempo que aprovecho para trabajar en mis cuentos y poemas y elaborar mis crónicas a partir de aquellas noticias que elaboré con las presiones de mis jefes y que me exigían trabajarlas en 40 segundos al aire. Esos textos están en la revista Número y en mis libros “Suroriente” y “Crónicas de Guerras y Guerreros”, que presenté en Feria del Libro en Bogotá.

La crónica ha sido expulsada de los medios masivos desde hace ya rato. Por su carga crítica y su esencia honesta, hoy está arrinconada en medios especializados y en libros que llegan a muy pocos lectores. Creo que los  últimos grandes cronistas publicados en Colombia son Juan José Hoyos y Julio Daniel Chaparro, quienes escribieron durante la década del ochenta, el primero en El Tiempo y el segundo en El Espectador. El primero hoy es docente de la Facultad de Comunicación en la Universidad de Antioquia y desde allí ha reflexionado concienzudamente sobre qué es el reportaje y ha producido textos que ayudan a cualquier periodista. El segundo, poeta y periodista, fue asesinado en la Calle Reina de Segovia, Antioquia, el 23 de abril de 1991, junto con el fotógrafo que lo acompañaba, Jorge Enrique Torres, por agentes desconocidos que 18 años después no han sido descubiertos por las autoridades, las mismas que entonces anunciaron una investigación exhaustiva. Allí no sólo acabaron con un par de periodistas, sino que afectaron a sus lectores que con aquellas crónicas estábamos construyendo nuestra propia mirada sobre la realidad.

Por ello, y en memoria de los cronistas asesinados a lo largo de este conflicto, doy una bienvenida a los nuevos cronistas convocados tan entusiastamente por la administración de Bogotá y su red de Bibliotecas, por  la Universidad Javeriana y la Biblioteca Luís Ángel Arango, en la confianza de que se están comprometiendo con el mejor de los géneros periodísticos, el que permite el relato de las historias de los humildes, los marginales y los excluidos, al tiempo que permite expresar nuestra mirada crítica y también ser creativos para agarrar al lector desde la primera frase, para llevarlo de la mano por la historia, y para inundarlo de emociones auténticas y darle un cierre perfecto. Todo en la confianza de que estamos escribiendo historias que van a durar en la memoria de nuestras audiencias, y les van a ayudar a entender este mundo tan caótico que nos tocó vivir, porque esas crónicas serán un tronco salvador en el río putrefacto que nos presentan los medios y que todos estamos atravesando para salir con vida y solidariamente al otro lado.

Voy a terminar diciendo, parodiando a William Ospina, que “de ese país indignado pero responsable y creador, de ese país que no es noticia (PERO SÍ ES CRÓNICA), debe salir el futuro que Colombia merece”. Ustedes tienen la palabra.

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