ATARDECER GÓTICO EN CHAPINERO

Publicado: 05/16/2011 en Crónica

El reposo de los citadinos se llama tumulto“: Carlos Monsiváis (cronista mexicano)

Por Óscar Bustos B.

Imagen tomada del sitio 123Nonstop.com

La iglesia de Lourdes es realmente una maravilla arquitectónica de estilo gótico, con sus 65 agujas rasguñando el cielo. Cuando, como hoy, el cielo está azul tiñéndose de rojo, y el sol cae por occidente como un globo magnífico, las agujas hacen un perfecto contraste con su color amarilloso, muy cerca del sepia o del magenta. Desde tiempos inmemoriales el reloj de la cúpula señala las doce menos cinco, y quizá ésta sea la causa de que la iglesia haya quedado como perdida en un aire de misterio, imagen reforzada por la ruina general que padece y que amenaza con tumbarla.

Adentro asombra que la iglesia no sea tan espaciosa, como si al entrar la magnificencia se hubiera reducido. Tres naves, una central y dos laterales, la dividen armónicamente hasta su alta cúpula. En la nave central descienden tres lámparas demasiado modernas para este ambiente. Al fondo, en su nicho azul, la Inmaculada Concepción, de tres metros de estatura, domina con su mirada todo el interior.

Desde su construcción por etapas (tardaron 35 años en construirla), la Iglesia de Nuestra Señora de Lourdes fue sitio de encuentro de los chapinerunos que miraban al prójimo por encima del hombro, mientras arrastraban las palabras que inventaron un dialecto para distinguirse de los más pobres. Hoy no hay alta alcurnia, y los devotos están conformados por gentes de clase media venida a menos y por sencillos transeúntes que se dejan deslumbrar por la belleza arquitectónica y el aura inmaculada de las naves.

Como un santo y seña inevitable, cada peregrino se persigna cuando entra a la Iglesia de Lourdes, dejando atrás el mundanal ruido para entrar en conexión con la imagen de la Inmaculada. Relación que mucho escozor ha de producirle porque enseguida afecta su rostro con gestos y mímicas al parecer dolorosísimos, como si fuera su corazón el que arde entre las llamas. La virgen de Lourdes es trago amargo: su mirada es capaz de vencer al más orgulloso, que se hinca a sus pies.

La Plaza de Lourdes alberga un variopinto espectáculo para todos los públicos, y el espacio adoquinado frente a la iglesia gótica es el escenario en el que compiten por un metro cuadrado los fotógrafos de guante, las palomas revoloteantes, los embellecedores de calzado -que parecen príncipes hindúes protegidos por viejos parasoles-, algún circo ambulante, los hippies y artesanos de collares y manillas, los vendedores de bombas de jabón y nubes de algodón, siempre perseguidos por pequeñas niñas absortas, y los marihuaneros de ambos géneros, con botas y pantalones entubados, que aprovechan la sombra gótica de la cúpula en pleno atardecer para darse un pase y quedar igual. Un hombre se baja de un automóvil y busca a un embolador bajo un parasol, mientras deja el vehículo en plena calle, un ojo en los zapatos y otro en su automóvil, atento a que la Policía no lo multe por la infracción.

Pero un momento: no hemos contado a los fotógrafos de niños, a quienes cabalgan en las llamas peludas y de ojos nostálgicos, y los ponen a lucir un sombrero de mariachi, otro ícono bogotano; ni habíamos visto a los limosneros que retacan a los transeúntes a punta de relatar historias terribles a los pies de Nuestra Señora. La de Lourdes es la plaza más democrática que usan los bogotanos sin pedirle permiso a la curia ni a la policía.

Aquí la lucha por el espacio público es a muerte. Vendedores de todas las mercancías imaginables, desde tenis “de marca” hasta raquetas eléctricas para matar moscas, ocupan los andenes de las principales vías, mientras los transeúntes deben hacer fintas y malabares para salir al otro lado. Los contradictores de los vendedores callejeros, atrincherados en los centros comerciales, dicen que hay una mafia de empresarios clandestinos que organiza a los buhoneros de la calle, a quienes venden caro el metro cuadrado del andén, precisamente frente a sus centros comerciales. La misma fuente dice que la actual administración de la ciudad permitió otra vez la invasión del espacio público que ya habían recuperado Mockus y Peñalosa, a cuenta de priorizar el derecho al trabajo por encima del derecho ciudadano a caminar. Los excesos no se han hecho esperar: un grupo de comerciantes no dudó en sacar una camiseta con la leyenda: “No colabore con el desempleo, no compre en la calle”, que no demoró en desatar grescas con los vendedores callejeros.

Dicen que los lugares más transitados de Colombia están en el barrio Veinte de Julio, al suroriente de la ciudad, y en la Carrera 13, frente a la Iglesia de Nuestra Señora. El primero, por los peregrinos de toda laya y procedencia que a punta de codazos se abren paso hasta la imagen del Divino Niño de los salesianos, buscando un milagrito de última hora. El segundo, por la multitud ansiosa que cae en las trampas de los vendedores chapinerunos, que ofertan gangas y dan las mercancías de contrabando a precios negociables. “Es la única oportunidad, usted no se la puede perder”, dicen, y usted termina adquiriendo a precio de huevo un electrodoméstico o unos zapatos coreanos que tal vez no había soñado comprar.

Arde el arte callejero a las puertas de Nuestraseñora:

 A las cinco de la tarde de este sábado de febrero, cuando el sol lanza sus últimos brochazos rojos, en  una esquina de la plaza los pintores de paisajes con aerosol animan a gritos la rifa de sus obras y tienen cautiva a una multitud que en silencio los mira trabajar. Son cuadros elaborados hábilmente y en cuestión de minutos, ante la mirada concentrada de la concurrencia, en los que aparecen paisajes paradisiacos, aves de colorido plumaje, unicornios y cebras sedientas que han hundido sus hocicos en un espejeante manantial: lugares soñados que aquietan al tumulto, ya sea por los mundos paralelos que proponen o por el fuerte olor a gasolina con que los pintores rinden los colorantes. Mientras uno de ellos, de pie, hace de pregonero y se queja de que el dinero recogido con la rifa no ha recuperado ni siquiera lo que invirtió en los materiales, otro trabaja arrodillado sobre un cuadro, y ayudado por un encendedor de bolsillo lanza llamaradas para retocar un pedazo de montaña o suavizar el azul de una nube que amenaza lluvia donde sólo se quiere la luz.

En el extremo occidental de la plaza otra rifa se prepara con un público fiel (asistentes de oficina en camino de un mandado, desempleados, vagabundos y toda la cáfila de buscadores de empleo y desplazados de toda procedencia): se trata de apostar a los curíes atletas, unos mamíferos primos de los ratones, que salen de la línea de partida enceguecidos, buscando desesperadamente una guarida, para que gane no precisamente el que más corra. La guarida es un platón plástico al que han hecho una puertecilla, numerado y puesto bocabajo. Cuando (como si se tratara de la representación de un capítulo de Alicia en el País de las Maravillas) entre graciosas carreras los animales salen de la línea de partida, perdidos y deslumbrados por la luz, la concurrencia no duda en otorgarles el premio de sus aplausos, hasta que gane el peludo ratón que dé menos vueltas y revueltas para descubrir la trinchera que le ofrece el platón. “Hagan sus apuestas, señoras y señores, un curí los sacará de pobres por el día de hoy. Ganará el suertudo que acierte a poner sus monedas sobre el platón que escoja el curí ganador”.

Arde la grosería a las puertas de un cráter listo a explotar

 Simultáneamente, en otro extremo de la plaza, sobre las escalinatas que suben al atrio de la iglesia, el costado norte ha sido tomado por cuenteros de dudosa procedencia e incierto género. ¿Es gay de verdad éste que divierte a la multitud, o solo lo es para vender su historia? La audiencia es joven y la mayoría femenina, sentados por parejas en las escalinatas, atentos a la parla suelta del cuentero. Éste hoy no cuenta una historia. Se burla de las mujeres en general y pone como ejemplos a su propia madre y a su hermana, el miserable, a las que remeda maquillándose, jalándose las cejas para depilarse mientras profiere madrazos, y sus palabras desatan las burlas y los aplausos de la concurrencia. En un momento el cuentero se refiere a la moda de los jeans descaderados, y pregunta si vendrán los jeans pélvicos o púbicos “con cuchilla de afeitar incluida”. A sus palabras las siguen risotadas como un subrayado. Luego dice que a él personalmente le dan ganas de encender un fósforo frente a cada cráter. Las risas son aquí más espontáneas. Las alusiones sexuales son chabacanas, pero el público cada vez es más numeroso, atento a la voz de adolescente acatarrado del actor de marras, que cuando un nuevo espectador quiso sentarse en la primera fila donde todavía había espacio para uno más, no dudó en correr a quitar sus cosas (una alcancía y una botella llena de agua) con gestos extravagantes de fingida desconfianza, desatando una vez más la risa, no ya del respetable, sino del irrespetado.

Un poco atrás de esta comunión, aún sentados en las escalinatas de la iglesia, un par de jóvenes dan la espalda al público y  a su cuentero, y se dedican a su propia parla, mojando la palabra en sorbos de aguardiente que cubren con una bolsa de plástico negro.

Cuando el sol está a punto de entregarse en el atardecer y la iglesia empieza a difuminarse entre las sombras, en esa hora mágica en que las blancas palomas revolotean buscando los nichos góticos sobre el frontispicio de la mole religiosa, aparecen los repartidores de tarjetas porno y los anunciadores de brujos. Son más mujeres que hombres, sinuosas, cabizbajas, ofreciendo bacanales, que se toman el sector como si fueran vampiros descendiendo sobre sus víctimas: la masa de oficinistas y de estudiantes que atraviesan la plazoleta. Todos van hablando solos, como personajes de una torre de babel chapineruna, amarrados a sus celulares. Una señora, a través de un móvil, pide a gritos a su interlocutor que le mande un niño de escasos años para que le camine descalzo en la espalda, pues le han dicho que es la única forma de vencer los espasmos que la tienen sufriendo. “Niñas, Niñas”, grita un repartidor de tarjetas, mientras otro le entrega a la señora de los espasmos un volante que anuncia al chamán que vende servicios contra los salamientos, los maleficios y las envidias. La señora recibe el volante con ojos de extrañeza, ida, como en otra galaxia. La Inmaculada de Lourdes ya no se ve. Otro mundo comienza a esta hora.

MÁS CONOCIDO COMO MUSTAFÁ

Publicado: 05/06/2011 en Crónica
Historia del último fakir en Bogotá

Por Óscar Bustos B.

Su nombre de pila es Jesús María Liévano y es oriundo de Ibagué, pero su pinta era, sin lugar a dudas, en aquel año de 1953, la que necesitaban los inmigrantes sirio-libaneses para reafirmar su presencia comercial en Bogotá. Se trata de El Gran Mustafá, pionero en el arte de sobrevivir. Dueños de todo el comercio de las telas, la bisutería, los botones y el calzado, con que inundaron el centro de la ciudad después de El Bogotazo, los sirio-libaneses necesitaban a un buhonero que les hiciera la propaganda. Ellos, que ya habían hecho correrías por Colombia vendiendo telas y vestidos, y habían probado que eran expertos en el arte de hablar y de convencer, ofreciendo sus mercancías a plazos –a pesar del acento extranjero que servía para identificarlos y que luego fue motivo de mofa– comprobaron además que los colombianos eran buena paga, siempre que se les diera crédito y se les cobrara religiosamente. Y los sirio-libaneses que se radicaron en Bogotá encontraron en el joven ibaguereño que había llegado a la capital a abrirse campo, al hombre que buscaban. Él no los defraudó. No era un político, ni era un docto economista. Era un andariego educado en los circos. Y El Gran Mustafá se convirtió en el símbolo popular de esa conquista y en la imagen de toda una época en la vida de la capital.

«Soy payaso pero me considero prácticamente como dramatista, porque me gusta el arte dramático y le debo mucho a don Juan, el dueño del almacén, porque él me hizo artista. Un día, en diciembre de 1953, me dijo: Jesús María, ¿por qué no se compra un disfraz para que trabaje mejor? Usted tiene cara de árabe. Compre un vestido de esos y se va haciendo conocer del comercio». Así narraba Jesús María al cronista Gonzalo Guillén, en El Tiempo del lunes 20 de noviembre de 1978. Don Juan era Juan Rex, y el almacén era Telandia, uno de los primeros emporios libaneses en la Calle 12 de Bogotá.

Cuando él llegó con el traje, el mismo Juan Rex le dijo que era el disfraz de Mustafá. Así fue su nuevo bautizo. A Jesús María le ayudaban el rostro oscuro y afilado de los indios tolimenses, la nariz ganchuda que reafirmó su remoquete, y el cabello crespo que se peinaba con Glostora, y, a falta de ella, con aceite o agua de panela. El disfraz hacía el resto, pero su esencia estaba en el estilo. ¿Quién que haya vivido en Bogotá después del 9 de abril no se dejó atraer por el grito vigoroso de un hombre trajeado como un personaje de Las Mil y una Noches, y hasta terminó comprando un par de zapatos que Mustafá ofrecía parado en una butaca frente a las puertas de los almacenes de los turcos, que así era como los bogotanos llamaban a los sirio-libaneses? Cuando en el país no había televisión, ni asesores de imagen para presentar un producto o abrir un almacén, El Gran Mustafá se prestó en cuerpo y alma para ayudar a los sirio-libaneses; fue, además, su imagen frente a la clientela, los acompañó en la inauguración de sus tiendas de mercancías, habló bien de ellos – y como ellos- en las múltiples crónicas que le hicieron los periodistas capitalinos, aunque al final de cada jornada le pagaran con míseras monedas. Al tiempo que los campesinos, procedentes de todos los rincones del país, llegaban a la capital para proteger a sus familias y convertirse en ciudadanos, fundando barrios en sus márgenes vírgenes, un hombre los esperaba frente a las puertas de los almacenes para darles la bienvenida, para ofrecerles calzado, sombreros, camisas, estilógrafos y cuchillas de afeitar. Ese hombre era Mustafá, que sin saberlo estaba creando el oficio de pregonero en el laberinto de la metrópoli. Con él nació un oficio «pobre pero digno», según sus propias palabras. No era un trabajo estable, ni lo había sido nunca en Colombia; tal vez por eso el primer hombre- cartel que tuvo la ciudad, y que entregó su alma en el oficio, nunca tuvo el cuidado de firmar un contrato laboral. A falta de artistas y de eventos que lograran interpretar el alma del pueblo y darle una identidad (las letras de los corridos de la Violencia estaban prohibidas y, en cambio, fueron difundidos masivamente los corridos mexicanos), eran los personajes típicos los que por su conducta lograban el reconocimiento de su comunidad, así fuera de un modo inconsciente. Mustafá lo hizo a su modo, y su imagen estrafalaria logró quedarse en la memoria de muchos colombianos que arribaron a la capital en las décadas del cincuenta y el sesenta, como en su tiempo lo hicieran La Loca Margarita, El Bobo del Tranvía o El Conde de Cuchicute, y más tarde, Goyeneche, el Candidato Vitalicio, o El Artista Colombiano. ¿Qué es de la vida de este personaje que identificó a la Bogotá emprendedora posterior al 9 de Abril, y que con su rostro embadurnado de anilina, sus trajes de colores y sus gritos de pregonero comercial fue protagonista de la conversión de una parroquia en metrópoli?

Mayo de 1998: Alí Babá en una casita, a pocas cuadras de Palacio

Durante setenta años, Mustafá ha tenido más de cien trabajos, todos temporales; ha recorrido éste y otros países como maletero, buhonero, artista de circo, pregonero, polizón, cantante, centinela, animador de espectáculos de lucha libre y vendedor de baratillo, entre otros; sin olvidar que también fue soldado raso y veterano de la Guerra de Corea.

Hombre hábil para aprender pero poco ilustrado, se sabe poseedor de una vena artística que nace de la imitación de los artistas famosos que conoció en su juventud; vena de la que vive agradecido, pues con ella, así sea a duras penas, ha podido alimentar a su familia. Pero él siempre ha soñado con más. Toda una vida dedicada a sus oficios le permitió adquirir, a precio de invasor en carísimas cuotas mensuales, una casita en el barrio Las Brisas, a escasas seis cuadras de la Casa de Nariño. El nombre del barrio en el que vive es certero, si se trata de definir el viento que desciende de la montaña y el frío que allí cala los huesos, pero inexacto porque esconde la realidad de una loma en la parte alta del barrio Las Cruces que fue invadida por los marginados de todo a mediados de la década del sesenta.

La casa de Mustafá no es ni larga ni cuadrada, ni chica ni grande; en ella no se puede tirar un hilo a lo largo ni a lo ancho, porque en el patio se asoman las culatas de otras casas, como muelas. Cada muro que rodea su casa, construida con madera y otros materiales no muy sólidos, significó un disgusto con los vecinos, que querían invadir su terreno abusando del poder que les daba el ladrillo.

La de Mustafá primero fue una enramada, levantada en horcones de madera con tejas de zinc, bajo la cual fueron apareciendo los cuartos, hasta adquirir esta forma de hoy: tres cuartos, ya levantados en bloque sin pañete, que dan a un patio con alberca y cuerdas de ropa, que él esquiva agachándose. Va al cuarto más oscuro de la casa, y de un baúl saca los trajes arrugados con que se ha presentado a los bogotanos durante casi media centuria. Los tenía guardados porque ya casi no lo llaman para pregonar, pero, con una nueva llamada de algún comerciante que todavía confía en su pregón, este sábado de mayo de 1998 vuelve a buscarlos como un recién resucitado. Aquellos dos únicos trajes los compró en un almacén del centro, después de que en el teatro Faenza viera una película, “El Tigre de Bengala”, en la que el héroe se batía adornado con trajes hindúes de colores brillantes.

A los setenta años Mustafá se pone otra vez uno de los trajes, aclara la voz frente al espejo que ha ubicado en la pared que limita el pequeño patio de su casa; a través de las manchas de humedad busca su imagen y se acomoda los mechones rebeldes bajo el turbante de seda blanca, ya sin brillo, adornado con una pluma desteñida de difuso color. Por el espejo la mira llegar. Se da vuelta y besa en los labios a la madre de sus hijos, doña Ilia Zemanate, mujer bajita y corpulenta, de origen indígena caucano, de la que se enamoró cuando ella tenía veinte años, y él casi le duplicaba la edad y laboraba como animador de la Feria de Aves Exóticas en Cali en 1964.

Mustafá en la cueva de los cuarenta ladrones

Ella lo mira largamente, como penetrándolo. Le está diciendo que es lo mejor que le ha ocurrido en su vida, aún lo despide agitando una mano desde la puerta y con una oración lo encomienda a todos los santos. Con una última mirada, Mustafá la fija en la memoria de su corazón; si hoy muere, su nombre será su última palabra. Y entonces sale, personaje de un sueño, a buscar la calle. Su casa no tiene fachada y las viviendas contiguas se le echan tan encima que apenas le han dejado el espacio para la puerta. Esta tiene arriba un pretencioso aviso que dice en letras burdas «Interior 11». Rodeando la suya, hay otras diez casas en este laberinto, todas dándoles las espaldas con sus muros traseros. Salta a la vista que en este vecindario faltó respeto, al despreciar a su vecino más famoso. Y faltó un maestro de obra para que tirara un hilo o pusiera la plomada. La puerta da a un sendero entre paredes estrechas, torcidas, con abigarrados ladrillos, que conducen a Mustafá a una vuelta y después a otra revuelta, hasta tomar otro sendero más largo con adoquines entre los charcos, que al cabo de unos sesenta pasos al fin lo saca a la puerta principal que da a la calle.

Mustafá se santigua. Su barrio no aparece en las listas de los sitios peligrosos de la ciudad que a veces publican las autoridades, pero su nombre está en boca de los taxistas que por nada del mundo harían hasta allí una carrera. Tal vez aquí nunca haya llegado un policía, y las calles destapadas no permitan que un taxi transite. En cada cuadra hay un expendio de basuco entre dos casas, y los consumidores hacen filas frente a ventanas siniestras, ansiosos como zombis. Allí mismo se han matado a puñal por un paquete, por una bazofia, por un viaje al territorio donde el hambre y el dolor no existan. Y Mustafá avanza, hasta meterse en medio de maleantes, jíbaros, drogadictos de esquina, campaneros, mirándolos entre desconfiado y desafiante, masculla algo, confiado en que esta vez tampoco van a atreverse con él (ni con su sombra, este cronista que se ha propuesto seguirlo hoy a todo riesgo). Ellos lo miran con la amenaza de siempre, matándolo y rematándolo con la mirada para no tener que matarlo con un cuchillo, o con un disparo. Cuando ya está al otro lado del tumulto, lo acecha el dolor de la rodilla derecha, pero simplemente él pasa saliva, como si acabara de pasar la prueba del héroe: atravesó La Cueva de los Cuarenta Ladrones.

Los niños del barrio, casi todos con el padre en la tumba, en las drogas o en la cárcel, que viven en las calles expulsados de sus casas pero que aún no se deciden a abandonarlas, se restriegan los ojos creyendo que aún duermen. No se explican por qué tanto color en ese traje azul rey y amarillo encendido, ni por qué esos pantalones bombachos de satín, de dónde salió este turbante adornado con tan rara pluma, de dónde esa capa amarilla que la brisa eleva como alas, de qué cielo cayó este señor, cómo es que no se ha embarrado sus zapatillas de bufón, para qué circo va. Mustafá parece un ángel viejo con mirada triste, tal vez por haber dejado el paraíso y caído de golpe y porrazo en un barrio pobre en el corazón de una ciudad latinoamericana.

En Bogotá ha vivido desde que mataron a Gaitán, pues él llegó sobre un carromato, sin un peso, hambriento y desarrapado, procedente de su natal Ibagué, a la capital todavía humeante y militarizada. Llegó preguntado por su hermana Margarita y cuando ella lo vio, hecho todo un hombre, de una vez lo presentó al Ejército. Seis meses estuvo de recluta en el Batallón Caldas de Villavicencio, hasta que las detonaciones con que se preparaba la tropa para perseguir al ya legendario guerrillero Guadalupe Salcedo le afectaron los oídos. El resto del servicio lo prestó como paciente en el viejo Hospital Militar de Bogotá que quedaba en el barrio San Cristóbal.

«A la edad de 20 años, con la vida por delante, un rosario de amarguras por detrás, medio sordo para siempre y con el alma hecha jirones, una junta médica lo declaró inválido y fue pensionado por las Fuerzas Armadas», escribió el cronista Gonzalo Guillén en El Tiempo, el lunes 20 de noviembre de 1978. No obstante, su lesión no fue obstáculo para que dos años después acudiera al llamamiento de las reservas que hizo el Gobierno Nacional para enviar tropas a la Guerra de Corea.

Ya más tranquilo, como si los niños que lo siguen le auguraran un mejor destino, sin echar un vistazo atrás por aquello de la estatua de sal, Mustafá llega al fin a la Séptima, que por estos lares ya ha perdido todos sus blasones. Atraviesa caminando el barrio Las Cruces, que un día pretendió ser de clase media y que hoy luce desvencijado, con paredes deslucidas y descascaradas, roto a pedazos, con vestigios todavía de El Bogotazo. Bien se nota que las administraciones de la ciudad todavía le cobran a Las Cruces haber sido la cuna de Jorge Eliécer Gaitán, el político más importante del siglo XX en Colombia. A paso de atleta concentrado, ni se ha dado cuenta de que los niños corren a su lado como hipnotizados por la magia. Es que cuando Mustafá sale disfrazado de su casa, ¿quién detiene a los huérfanos que se pegan a su ritmo? Como si él fuera un tren, como si fuera una locomotora que les contagia el movimiento, y ellos leves briznas atraídas por la magia de su traje y el ritmo apurado de sus pasos, van tras la promesa que anuncia este personaje que a alguna parte ha de llevarlos, así sea sólo a vencer el hambre o la desidia.

Mustafá siempre ha caminado. Especialmente cuando está trajeado como árabe, él es enemigo de los buses. Desde aquella mañana que descendió del carromato en la Estación de la Sabana y alguien le indicó dónde era el sector más comercial de la ciudad, empezó a construir ese estilo suyo de caminar rápido aunque no supiera para dónde, aunque aun hoy basta con mirarlo para sentir que siempre ha estado perdido. Avanza a ritmo sostenido las seis cuadras que lo separan del centro, y en minutos llega al Palacio Presidencial y al Capitolio. Su figura delgada, envuelta en satines de colores brillantes, atraviesa el territorio del poder, seguido por la mirada desconfiada de los soldados del Batallón Guardia Presidencial, que por un momento llegan a pensar que el

disfrazado sea parte de una treta de enemigos perversos, pero que se desaniman de interrogarlo cuando lo ven seguido por un grupo de niños famélicos. Mustafá llega al restaurante donde ofrece almuerzos y echa una mirada triunfal.

– Les habla Jesús María Liévano, más conocido como Mustafá, oriundo de Ibagué, la ciudad musical de Colombia.

A pesar de la competencia de otros payasos que lo acosan desde que se popularizó el oficio, aquí ha estado gritando durante los últimos cincuenta años. Primero telas, vestidos y bolígrafos imitación Parker, cuando los bogotanos estrenaban todo lo imaginable; después, zapatos y sombreros; hoy, almuerzos de tres mil.

Ni su voz, ni su traje, ni su turbante lucen como un disfraz. Voz, hombre y traje han sido siempre uno solo. Porque a Mustafá le sucede lo que a muchos actores colombianos: que la compenetración con su personaje es total. A sus anuncios comenzó a salpicarles palabras que sonaban como árabes, y a quitarles las eses al resto. Así nunca nadie puso en duda que El Gran Mustafá fuera árabe. Y fue la atracción de la ciudad; más, con aquella parla intrincada que parece cantinflesca.

Mustafá se apropia de su territorio, que no comparte con nadie; prácticamente lo mide con sus zapatillas satinadas. Es la esquina de la Calle 12 con Octava, en pleno centro de la ciudad vieja, todavía salpicada con edificios republicanos, cuidada por las últimas administraciones que se esmeran en mantener vivo el pasado: es el Pasaje Hernández. Más viejo que la guerrilla y más antiguo que la Televisora Nacional, de la que fue artista invitado en sus primeros años, Mustafá vuelve a gritar anuncios con su pico fino y con su voz quebrada pero todavía fuerte. Hoy anuncia el menú del día. El suyo es un estilo muy propio, muy seguro, picaresco, en el que todavía aflora el piropo fácil:

– Almuerzos, exquisitos almuerzos al alcance de su bolsillo y de su paladar… Adiós hermosa, como me la recetó el médico.

Su voz aun es capaz de penetrar el oído más fino y de llamar la atención de las bogotanas más guapas y robustas, las que a su vez lo miran sonrientes, como diciendo ¡mírenlo, quien lo ve! Los niños que lo acompañaron desde su barrio lo miran absortos, tal vez admirados de lo que hace este ser escapado de un sueño, pero luego se dispersan, unos pidiendo monedas a los transeúntes, otros ingresando al pasaje a buscar los restaurantes para retacar a los clientes o pedir las sobras. Mustafá sigue incansable, a veces acompañando, como un pequeño duende, a los comensales hasta la entrada del restaurante.

Definitivamente, Mustafá es la viva imagen de la ciudad vieja que se niega a morir y que lucha, aplaude y vocifera.

– Les habla Jesús María Liévano, más conocido como Mustafá, oriundo de Ibagué, la ciudad musical de Colombia.

Sus palabras suenan como una música distinta en el trajín bogotano. Con esa energía nadie adivina que Mustafá tiene tantos años, ni que los huesos le duelen en las noches, aunque la ciudad se haya acostumbrado a su colorida presencia desde cuando anunciaba las telas baratas de los turcos, o presentaba las figuras del Museo de Cera que estuvo en los sótanos de la Avenida Jiménez, entre Séptima y Octava, muchísimo antes de que Bogotá tuviera Transmilenio. Mustafá sabe que su alma es pariente del Quijote y que su resistencia tiene sangre indígena. Al cinto lleva siempre no un arma sino una historia visual, que esgrime con audacia y altivo orgullo, y más brillosos se le ponen los ojos cafés de bravo indio pijao. Es un cartapacio con fotografías, algunas amarillentas y arrugadas en los bordes, con las que se podría contar la historia de Bogotá y de otras ciudades colombianas durante el último medio siglo; en ellas se adivina que practica un culto a sus disfraces y a su propia personalidad, y que a mucho honor no ha sido más que la flor del trabajo. Suficiente testamento para dejarles a sus nietos y bisnietos, once y nueve, retoños de sus siete hijos.

Sus fotos: un tesoro para la ciudad

Por una hora de gritos y piropos le pagan cinco mil pesos y le dan el almuerzo, que él prefiere llevar en una bolsa para compartirlo con Ilia. Aún disfrazado, lo acompaño a una cafetería a tomar tinto y a mirar sus álbumes. Sus fotos son su mayor tesoro y, frente a cada una, él abruma con detalles. Dueño de una memoria que no han vencido los años, se sabe los nombres completos de cada uno de sus acompañantes. Ahí las vemos: Mustafá como Alí Babá en medio de los Cuarenta Ladrones, que fue su papel estelar en los días iniciales de la televisión colombiana, y que él desempeñó con más altura y profesionalismo que cualquier protagonista de novela: el artista está al lado de una cámara gigantesca, con el logo de Inravisión, empotrada en un pedestal, como no se ha visto en ninguna exposición que acompañe la celebración de los cincuenta años de la televisión nacional; Mustafá como pregonero de la Primera Feria de Pájaros Exóticos en 1964 en Medellín y después en Cali; Mustafá Encantador de Serpientes, tan genuino como cualquier hindú; Mustafá Gardelillo de América, en sus plenos treinta y con una sonrisa sobradora, cantando tangos en los radioteatros que florecieron en Bogotá en los años cincuenta; como un personaje olvidado de la galería de los hermanos Lumière, Mustafá aparece como un ser fantástico en otra fotografía en blanco y negro que saca de su fajín: está en el papel de Hipnotizador, dominando con su mirada a un particular, en un número de circo. Y sigue señalando más fotos: Jesús María Liévano, reclutado para combatir en Corea; Liévano Jesús María, Veterano de la Guerra de Corea, donde, gracias a que estuvo en el Segundo Contingente de Enfermería corrió mejor suerte que otros seiscientos colombianos que murieron en combate.

– Yo no hice un solo disparo, compañero, trabajé todo el tiempo con la Cruz Roja, llevando las camillas de los heridos.

Mustafá Fakir en una urna de vidrio, sellada con cadenas y candados, y exhibido en una vitrina del centro de Bogotá. Su rostro es de una palidez impasible.

– Sabe qué le cuento, compañero, pero este es un secreto del oficio, es mejor que no lo cuente mucho. Yo duraba todo el día sin mover un músculo, respirando apenas, con el público encima; aguantaba hambre todo el día, pero en la noche el dueño del negocio se compadecía y me metía un pollo entero en la vitrina.

Mustafá Lector del Pensamiento a Corta y Larga Distancia, en una Feria Ganadera en Villavicencio en el 65.

– Escúcheme, compañero. Un día estaba disfrazado de chef ofreciendo almuerzos en el restaurante de la Carrera Octava número trece cuarenta y dos, cuando de un automóvil se bajó un caballero y me preguntó si yo era El Gran Mustafá. Claro, le dije, el mismo que canta y baila. Y el hombre alborozado me abrazó, reconociéndome. Luego me dijo que yo, en una feria, le predije que su esposa iba a regresar a su hogar, y que la predicción se cumplió al pie de la letra. Mustafá también me contó de cuando era niño y se enamoró de Estrellita, la mejor artista del circo Ataire. Fue cuando se convirtió en polizón, siguiendo a su Estrella por el mar Caribe, en un barco que llevaba al Ataire a su país de origen, Rusia. Aquí descubro que Mustafá cambia en un segundo su semblante y que llora con pena pero sin vergüenza. Entonces se sobrepone al dolor del recuerdo, saca un arrugado pañuelo y cuenta que cuando tenía 16 años se subió en el barco que estaba anclado en Buenaventura. El circo se había presentado con mucho éxito en Ibagué, Cali y otras poblaciones del departamento del Valle en el 44, con un elenco del que hacían parte varios elefantes, camellos y un tigre de bengala. Estrellita era la bastonera. Desde que en Ibagué quedó flechado por la magia del circo (y por la belleza y simpatía de Estrellita), el joven Jesús María lo dejó todo por seguirlos. Después de rogar que lo llevaran como aprendiz del domador de los animales, fue aceptado en condición de polizón, pero tenía que no dejarse ver del capitán del barco. Escondido, ni siquiera se acuerda que pasaron las esclusas del Canal de Panamá. La dicha le duró hasta Puerto Príncipe, en el Caribe, donde una requisa general de la nave hecha por las autoridades locales lo sacó de su guarida. Entre lágrimas se despidió de su sueño, y sin atenuantes y en lengua francesa fue deportado a su país de origen. Él regresó, pero su alma se fue en ese barco. De ese amor frustrado le quedó la mirada ida y el semblante nostálgico, que después le vino como anillo al dedo para su papel de árabe inmigrante. Tenía el Cristo de espaldas, le dijo al cronista Gabriel Cabrera, en El Nuevo Siglo, en 1989.

Pero ahí no termina la historia. Ya en Colombia, dos meses después de su regreso, leyó en un periódico que aquel barco había naufragado en las aguas del Mar Negro, poco antes de su arribo al país ruso. Y lo que había sentido como signo de su infortunio se convirtió en extraño milagro, pues era el único sobreviviente.

– Se ahogaron las jirafas, los elefantes, los camellos, el tigre y todo el elenco de artistas,

Estrellita también, compañero, y me dejaron sufriendo hasta que el cuerpo aguante -dice, comiéndose las eses, compungido, cansado de llevar ese dolor a cuestas. Otras lágrimas le vi cuando habló de su mamá Anunciación, señalándola en las fotos, a la que trajo de Ibagué y de quien se convirtió en único sostén hasta su muerte en el 68. Pasa la página del álbum y la imagen lo mete en otra historia: Mustafá Actor de Teatro en los años cincuenta en Bogotá, al lado de los pioneros, Mario Sastre y Jaime Osorio. Era el montaje teatral de «El Mártir del Gólgota». Con la compañía del español Doroteo Martí, que dirigió «La Última Cena», Mustafá también recogió aplausos de su querido público en los teatros Colombia y Faenza. Terminada la tertulia, Mustafá recoge sus fotos, se despide y se prepara para revivir su propia paradoja: emprende con cara lánguida el regreso a pie hasta su casa. Será otra vez Alí Babá atravesando la Cueva de los Cuarenta Ladrones.

Nuevos encuentros

Después de mi primera visita a su casa, lo volví a ver trabajando frente a una pescadería del barrio Restrepo en agosto de 2001. Su voz estaba gastada, la nariz y la barbilla se destacaban más en su rostro, y su cuerpo se adivinaba enjuto en el traje de colores. Pero seguía llamando la atención de los transeúntes gesticulando y haciendo amplios movimientos con sus brazos. Para volver a visitarlo un domingo de julio de 2004, volví a citarme con su esposa en el atrio de la iglesia de Las Cruces, pues a su casa no es posible llegar sin una compañía que sea del barrio. Yo no sé pronunciar las palabras mágicas que le salvan la vida cada vez que atraviesa la Cueva de los Cuarenta Ladrones, aquel laberinto de violencia y drogas, similar al de la película brasilera Ciudad de Dios, donde hasta los niños de tres años (quizá los hijos de los basuqueros que vi en la primera visita a su casa en el 98) son usados como campaneros. Un submundo que no se merece el pionero de los pregoneros en Colombia, ni los niños que allí crecen y que ya no verán a un ángel que camina en los lodazales sin embarrarse. Mustafá acaba de cumplir 76 años y la vida le ha cobrado sus esfuerzos. También acaba de ser operado de cataratas y su vista no es buena. La rodilla derecha al fin dejó de flexionarse, y caminar ya es un sacrificio. Tiene la piel despercudida, que deja ver que no era tan moreno. Su insistencia en que se le haga una campaña para acabar de construir su casa ya parece un delirio, pero es absolutamente razonable. La vida da muchas vueltas y Mustafá ha dado muchas vueltas con la vida. Él vive con su harén, conformado por la inseparable Ilia, sus hijas menores, sus nueras, nietos y bisnietos, pero las últimas generaciones desconocen la historia del pregonero. Pregunté por los trajes de Mustafá y su esposa dijo que al fin botó esa viejera, pues desde el 2002 ningún comerciante volvió a llamarlo. Sus colegas en la calle le dan el título de «Pionero de los Payasos», no sólo por su experiencia y edad sino porque él no dudaba en salir en los medios para defender el derecho al trabajo, cuando algún alcalde prohibía usar megáfono. Aunque su lugar de residencia siempre fue Bogotá, en los momentos más duros de la Violencia recorrió el país, inaugurando las ferias y las fiestas dondequiera que éstas se presentaran, llevando con su personaje un motivo de alegría a los colombianos. A la hora de hacer un balance de los oficios que emprendió el hombre colombiano para enfrentar el abandono de un Estado inexistente, el nombre de Mustafá brillará como sus trajes en la memoria del país popular. Él sabe y se siente orgulloso de haber sido el primero en lanzar la palabra al aire para vender algo en esta metrópoli latinoamericana, que ya llega a los ocho millones de habitantes y que, retocada por las últimas administraciones, tan fácil olvida a sus pioneros.

ATARDECER GÓTICO EN CHAPINERO

Publicado: 05/03/2011 en Crónica

El reposo de los citadinos se llama tumulto“: Carlos Monsiváis (cronista mexicano)

Por Óscar Bustos B.

La iglesia de Lourdes es realmente una maravilla arquitectónica de estilo gótico, con sus 65 agujas rasguñando el cielo. Cuando, como hoy, el cielo está azul tiñéndose de rojo, y el sol cae por occidente como un globo magnífico, las agujas hacen un perfecto contraste con su color amarilloso, muy cerca del sepia o del magenta. Desde tiempos inmemoriales el reloj de la cúpula señala las doce menos cinco, y quizá ésta sea la causa de que la iglesia haya quedado como perdida en un aire de misterio, imagen reforzada por la ruina general que padece y que amenaza con tumbarla.

Adentro asombra que la iglesia no sea tan espaciosa, como si al entrar la magnificencia se hubiera reducido. Tres naves, una central y dos laterales, la dividen armónicamente hasta su alta cúpula. En la nave central descienden tres lámparas demasiado modernas para este ambiente. Al fondo, en su nicho azul, la Inmaculada Concepción, de tres metros de estatura, domina con su mirada todo el interior.

Desde su construcción por etapas (tardaron 35 años en construirla), la Iglesia de Nuestra Señora de Lourdes fue sitio de encuentro de los chapinerunos que miraban al prójimo por encima del hombro, mientras arrastraban las palabras que inventaron un dialecto para distinguirse de los más pobres. Hoy no hay alta alcurnia, y los devotos están conformados por gentes de clase media venida a menos y por sencillos transeúntes que se dejan deslumbrar por la belleza arquitectónica y el aura inmaculada de las naves.

Como un santo y seña inevitable, cada peregrino se persigna cuando entra a la Iglesia de Lourdes, dejando atrás el mundanal ruido para entrar en conexión con la imagen de la Inmaculada. Relación que mucho escozor ha de producirle porque enseguida afecta su rostro con gestos y mímicas al parecer dolorosísimos, como si fuera su corazón el que arde entre las llamas. La virgen de Lourdes es trago amargo: su mirada es capaz de vencer al más orgulloso, que se hinca a sus pies.

La Plaza de Lourdes alberga un variopinto espectáculo para todos los públicos, y el espacio adoquinado frente a la iglesia gótica es el escenario en el que compiten por un metro cuadrado los fotógrafos de guante, las palomas revoloteantes, los embellecedores de calzado -que parecen príncipes hindúes protegidos por viejos parasoles-, algún circo ambulante, los hippies y artesanos de collares y manillas, los vendedores de bombas de jabón y nubes de algodón, siempre perseguidos por pequeñas niñas absortas, y los marihuaneros de ambos géneros, con botas y pantalones entubados, que aprovechan la sombra gótica de la cúpula en pleno atardecer para darse un pase y quedar igual. Un hombre se baja de un automóvil y busca a un embolador bajo un parasol, mientras deja el vehículo en plena calle, un ojo en los zapatos y otro en su automóvil, atento a que la Policía no lo multe por la infracción.

Pero un momento: no hemos contado a los fotógrafos de niños, a quienes cabalgan en las llamas peludas y de ojos nostálgicos, y los ponen a lucir un sombrero de mariachi, otro ícono bogotano; ni habíamos visto a los limosneros que retacan a los transeúntes a punta de relatar historias terribles a los pies de Nuestra Señora. La de Lourdes es la plaza más democrática que usan los bogotanos sin pedirle permiso a la curia ni a la policía.

Aquí la lucha por el espacio público es a muerte. Vendedores de todas las mercancías imaginables, desde tenis “de marca” hasta raquetas eléctricas para matar moscas, ocupan los andenes de las principales vías, mientras los transeúntes deben hacer fintas y malabares para salir al otro lado. Los contradictores de los vendedores callejeros, atrincherados en los centros comerciales, dicen que hay una mafia de empresarios clandestinos que organiza a los buhoneros de la calle, a quienes venden caro el metro cuadrado del andén, precisamente frente a sus centros comerciales. La misma fuente dice que la actual administración de la ciudad permitió otra vez la invasión del espacio público que ya habían recuperado Mockus y Peñalosa, a cuenta de priorizar el derecho al trabajo por encima del derecho ciudadano a caminar. Los excesos no se han hecho esperar: un grupo de comerciantes no dudó en sacar una camiseta con la leyenda: “No colabore con el desempleo, no compre en la calle”, que no demoró en desatar grescas con los vendedores callejeros.

Dicen que los lugares más transitados de Colombia están en el barrio Veinte de Julio, al suroriente de la ciudad, y en la Carrera 13, frente a la Iglesia de Nuestra Señora. El primero, por los peregrinos de toda laya y procedencia que a punta de codazos se abren paso hasta la imagen del Divino Niño de los salesianos, buscando un milagrito de última hora. El segundo, por la multitud ansiosa que cae en las trampas de los vendedores chapinerunos, que ofertan gangas y dan las mercancías de contrabando a precios negociables. “Es la única oportunidad, usted no se la puede perder”, dicen, y usted termina adquiriendo a precio de huevo un electrodoméstico o unos zapatos coreanos que tal vez no había soñado comprar.

Arde el arte callejero a las puertas de Nuestraseñora:

 

A las cinco de la tarde de este sábado de febrero, cuando el sol lanza sus últimos brochazos rojos, en  una esquina de la plaza los pintores de paisajes con aerosol animan a gritos la rifa de sus obras y tienen cautiva a una multitud que en silencio los mira trabajar. Son cuadros elaborados hábilmente y en cuestión de minutos, ante la mirada concentrada de la concurrencia, en los que aparecen paisajes paradisiacos, aves de colorido plumaje, unicornios y cebras sedientas que han hundido sus hocicos en un espejeante manantial: lugares soñados que aquietan al tumulto, ya sea por los mundos paralelos que proponen o por el fuerte olor a gasolina con que los pintores rinden los colorantes. Mientras uno de ellos, de pie, hace de pregonero y se queja de que el dinero recogido con la rifa no ha recuperado ni siquiera lo que invirtió en los materiales, otro trabaja arrodillado sobre un cuadro, y ayudado por un encendedor de bolsillo lanza llamaradas para retocar un pedazo de montaña o suavizar el azul de una nube que amenaza lluvia donde sólo se quiere la luz.

En el extremo occidental de la plaza otra rifa se prepara con un público fiel (asistentes de oficina en camino de un mandado, desempleados, vagabundos y toda la cáfila de buscadores de empleo y desplazados de toda procedencia): se trata de apostar a los curíes atletas, unos mamíferos primos de los ratones, que salen de la línea de partida enceguecidos, buscando desesperadamente una guarida, para que gane no precisamente el que más corra. La guarida es un platón plástico al que han hecho una puertecilla, numerado y puesto bocabajo. Cuando (como si se tratara de la representación de un capítulo de Alicia en el País de las Maravillas) entre graciosas carreras los animales salen de la línea de partida, perdidos y deslumbrados por la luz, la concurrencia no duda en otorgarles el premio de sus aplausos, hasta que gane el peludo ratón que dé menos vueltas y revueltas para descubrir la trinchera que le ofrece el platón. “Hagan sus apuestas, señoras y señores, un curí los sacará de pobres por el día de hoy. Ganará el suertudo que acierte a poner sus monedas sobre el platón que escoja el curí ganador”.

Arde la grosería a las puertas de un cráter listo a explotar

 

Simultáneamente, en otro extremo de la plaza, sobre las escalinatas que suben al atrio de la iglesia, el costado norte ha sido tomado por cuenteros de dudosa procedencia e incierto género. ¿Es gay de verdad éste que divierte a la multitud, o solo lo es para vender su historia? La audiencia es joven y la mayoría femenina, sentados por parejas en las escalinatas, atentos a la parla suelta del cuentero. Éste hoy no cuenta una historia. Se burla de las mujeres en general y pone como ejemplos a su propia madre y a su hermana, el miserable, a las que remeda maquillándose, jalándose las cejas para depilarse mientras profiere madrazos, y sus palabras desatan las burlas y los aplausos de la concurrencia. En un momento el cuentero se refiere a la moda de los jeans descaderados, y pregunta si vendrán los jeans pélvicos o púbicos “con cuchilla de afeitar incluida”. A sus palabras las siguen risotadas como un subrayado. Luego dice que a él personalmente le dan ganas de encender un fósforo frente a cada cráter. Las risas son aquí más espontáneas. Las alusiones sexuales son chabacanas, pero el público cada vez es más numeroso, atento a la voz de adolescente acatarrado del actor de marras, que cuando un nuevo espectador quiso sentarse en la primera fila donde todavía había espacio para uno más, no dudó en correr a quitar sus cosas (una alcancía y una botella llena de agua) con gestos extravagantes de fingida desconfianza, desatando una vez más la risa, no ya del respetable, sino del irrespetado.

Un poco atrás de esta comunión, aún sentados en las escalinatas de la iglesia, un par de jóvenes dan la espalda al público y  a su cuentero, y se dedican a su propia parla, mojando la palabra en sorbos de aguardiente que cubren con una bolsa de plástico negro.

Cuando el sol está a punto de entregarse en el atardecer y la iglesia empieza a difuminarse entre las sombras, en esa hora mágica en que las blancas palomas revolotean buscando los nichos góticos sobre el frontispicio de la mole religiosa, aparecen los repartidores de tarjetas porno y los anunciadores de brujos. Son más mujeres que hombres, sinuosas, cabizbajas, ofreciendo bacanales, que se toman el sector como si fueran vampiros descendiendo sobre sus víctimas: la masa de oficinistas y de estudiantes que atraviesan la plazoleta. Todos van hablando solos, como personajes de una torre de babel chapineruna, amarrados a sus celulares. Una señora, a través de un móvil, pide a gritos a su interlocutor que le mande un niño de escasos años para que le camine descalzo en la espalda, pues le han dicho que es la única forma de vencer los espasmos que la tienen sufriendo. “Niñas, Niñas”, grita un repartidor de tarjetas, mientras otro le entrega a la señora de los espasmos un volante que anuncia al chamán que vende servicios contra los salamientos, los maleficios y las envidias. La señora recibe el volante con ojos de extrañeza, ida, como en otra galaxia. La Inmaculada de Lourdes ya no se ve. Otro mundo comienza a esta hora.

Por Oscar Bustos B.

María Isabel Escaso, fotografías: Nataly Rangel

Quién iba a saber que otros la buscaban con tanto afán como nosotros. Menos, que apenas pudimos verla una vez, antes de que la alejaran de nuestro alcance y la pusieran casi en las antípodas de este territorio. En agosto de 2006 cumplió 49 años, pero en mayo de 2007 su aspecto era el de una mujer mayor, tal vez el de una abuela huilense o tolimense, desplazada de su vereda campesina por guerrilleros o paramilitares y obligada por la necesidad a recoger basuras en Bogotá. Bastó con escucharla hablar para sentir que no era colombiana, que esas zetas tan marcadas y esa parla deslenguada, tenían que venir de algún lugar de la madre patria.

– Mi nombre es María Isabel Escaso Coronado. Soy española como se puede apreciar (risas). Nací en Extremadura, en un pueblito muy cerca de Andalucía, en Badajoz -dijo con aquella voz sin brillo y sin dientes, pero dispuesta a contar todos sus secretos.

Es cierto que la guerra, cuando no nos mata o nos deja turulatos, nos convierte en extranjeros; pero ¿qué guerra trajo a esta española a Colombia a reciclar basuras en Chapinero en la primera década del siglo XXI?

– Llegué a Colombia el seis de junio de 2003 envuelta en euros. ¿Trae más dinero?, me preguntó la mujer policía que me requisaba en el aeropuerto. Tenga cuidado cuando los vaya a cambiar, coja taxi, me advirtió.

Por recomendación de la mujer policía se hospedó en el Hotel Sears, que ese año cobraba $68.000 diarios. Los euros que traía y los que le enviaron durante esos días le aguantaron seis meses.

– Vine de mula, a traer dinero para mandar coca. Me pagaban la mitad en plata y la mitad en cocaína. El que me pagaba era mi querido jefe, mi ex marido.

María Isabel Escaso Coronado fue abandonada en Bogotá por la mafia internacional de tráfico de drogas que dirigía su marido y que ya la había utilizado enviándola a Bucarest, Viena, Buenos Aires, Santiago y a otras ciudades de diversos países como Marruecos, Francia, Alemania, Rumania y el Kurdistán. La abandonaron cuando otro de sus miembros, al parecer un cuñado de ella, cayó en un operativo de las autoridades limeñas, le dijeron.

– Mi marido decía que para pasar la droga yo tenía una mano de ángel, el maldito.

No ocultó que ha sido heroinómana y que por golpes de su marido tuvo dos abortos. Tampoco, que por razones estrictamente económicas, cuando la abandonaron en Bogotá pasó de consumir drogas duras “a esa mierda que llaman bazuco”.

Desde que sus compinches dejaron de enviarle dinero, ella cayó como de unas escaleras.

– Dejé de recibir plata y me puse a barrer “la Olla”.

El traje de batalla con que la encontramos estaba compuesto por un bluyín, una camisa de hombre, un saco de lana y unos tenis que eran blancos y que lucen bastante trajeados. Es la pinta con que se la veía a mañana y tarde esculcando las canecas de la basura en el sector de Chapinero Alto, o hablando cortésmente con los porteros y los vigilantes de los edificios de Los Rosales para pedirles cartones y papeles. O también sobre la Caracas y la Carrera Trece, entre el estrépito de los Transmilenios y las busetas, y en las bodegas de reciclaje de ese sector, donde hizo muchos amigos. En Chapinero Alto no hay ningún albañil que esté trabajando en algún edificio en construcción que no sepa de su paradero: su cambuche.

Su cambuche está ubicado en la Circunvalar con Calle 60, pasando el puente y bajando unos 30 metros entre berenjonales. Arriba, la Universidad Manuela Beltrán. Abajo, la panorámica del norte de Bogotá, entre edificios de estrato 5 y 6, donde el metro cuadrado de terreno es el más caro de la ciudad. Aquí habita lo más granado de la sociedad bogotana: actrices, altos funcionarios y empleados públicos. No obstante, la vecindad de un barrio de casuchas de lata y madera rompe el paisaje. La mujer, de cuerpo menudo, pero de maneras elegantes, salió a nuestro encuentro.

– Soy la cuchita, la española. Bienvenidos a mi penhouse -dijo entre risas.

Un camino en terreno de ladera nos introdujo en una zona más sombreada, bajo ramas que aruñan y se engarzan en la ropa. Una tabla cubierta con un tapete mojado es su cama. Está cubierta con un plástico, a la altura de una persona sentada. Dividido por un arbusto, el “penhouse” muestra otro lecho en el piso, atrás del que ocupa María Isabel.

– Ahí se queda un viejito. Nos acompañamos en las noches, pero no hay nada más -dijo otra vez sonriendo, que es su manera de hablar. Un copetón vino a piar entre un cúmulo de basuras.

– Son mis amigos, los pájaros y los ratones. A veces viene uno más gordo que me divierte mucho. Ellos saben que yo les dejo las migas. En las noches llegan unas ratas como marranos, me toca estar moviendo los pies para que no me muerdan. Esto se puede tener más limpio -se excusó- pero ustedes no avisaron que me harían la visita.

Entre los arbustos un gato estilizado nos mira placentero, como el Gato de Chesire.

Es un dibujo de Van Gogh -aclaró-. Y es un gato gay, lo conozco por la caida de los ojos. Cuando llueve me tengo que ir a otro sitio. Dicen que bicho malo nunca muere.

La conversación nos llevó a un tema más familiar: después de los abortos, con su marido tuvieron una hija, que hoy es mayor de edad. Se llama Marina, pero la risa desapareció cuando dijo:

– Es fría y calculadora, donde hay plata se va.

Nos dijo que ha hablado varias veces con ella por teléfono.

– Ella me echa la culpa de todo. No hay peor condena que la soledad que estoy viviendo –dijo. Estaba llorando. Nos pusimos otra cita al día siguiente para contar en detalle toda su vida. Ella estuvo de acuerdo.

Otros no nos dieron tiempo. María Isabel Escaso Coronado desapareció sin dejar pista la mañana del 25 de mayo de 2007. Los mismo albañiles y otros recicladores que nos había ayudado a encontrarla, nos dijeron que gente que hablaba como ella se la llevó abruptamente. Todo indica que su hija vino por ella y que la embajada de su país sabía exactamente el lugar donde se encontraba.

– Mi hija quiere que yo me vaya otra vez a España. Pero yo qué voy a hacer allá. Ahora me considero colombiana. Aquí conozco gente preciosa, recicladores como yo. Si me sacan me internan en una clínica para desintoxicarme, y entonces yo me muero. Allá dónde voy a ver estas montañas y esta luz tan maravillosa que tienen ustedes aquí.

Siento que una colombiana de adopción está muriendo de nostalgia en Badajoz, si es que ya no ha muerto.

Radiografía del Divino Niño

Publicado: 04/28/2011 en Crónica
Un santuario popular

Por Oscar Emilio Bustos

A Maxelenda, por supuesto.

El Divino Niño huele a chocolate. No está batido, mezclado en leche o hervido en agua. Está en pastillas y guardado en grandes cantidades. El olor viene de la multitud congregada que de pie o sentada escucha en silencio el oficio religioso, la misa pronunciada por el sacerdote de turno, cuya voz golpea poderosamente al ser distribuida por altoparlantes. Como si se tratara de una gran fábrica de chocolate, el olor a cacao es lo primero que percibe el visitante al desembocar por una de las esquinas a la gran plaza de la parroquia del Divino Niño, en el barrio Veinte de Julio, al sur oriente de Bogotá.

Llegar a la plazoleta en ladrillo atestada de peregrinos olorosos a cacao significa haber atravesado no uno sino varios ejércitos enfrentados en un solo campo de batalla. Y no es metáfora. A lo largo de la Calle 27 sur está el ejército de los comerciantes de chucherías, el ejército de los vendedores de caldos y tamales, el ejército de los mendigos ancianos, mujeres y niños, confundidos con el ejército de lisiados en carros esferados y patinetas, y el escuadrón de los paralíticos en sillas de ruedas que venden loterías o extienden sus manos maltrechas para pedir limosnas, estos últimos agrupados en una esquina. Más allá y más acá, disputándose el espacio de la calle, están también los acólitos, generalmente adolescentes, ataviados de blanco, quienes venciendo su timidez no se quedan atrás en el gran mercado religioso: parados entre la multitud en movimiento cambian la hojita del evangelio del día por monedas. Las Fuerzas Militares también hacen sitio todos los domingos y feriados, poniendo vallas metálicas y agentes de policía en las bocacalles de la plaza, como si lo que se celebrara fuera una carrera de caballos. Y entre uno y otro grupo de mercachifles de todos los pelambres y cataduras, aparecen disgregados, casi arrollados por la plebe, los miembros de la Defensa Civil que sacuden un tarrito invitando a los transeúntes a colaborar económicamente.

Llegar a la plazoleta del cacao significa, además, haber atravesado la calle del tamal y el olor a hierbas hervidas. Así que antes de verla e inclinarse fervoroso ante la imagen del Divino Niño, venerada en el Veinte de Julio desde 1935 –fecha en que la adquirió en un almacén religioso del centro de Bogotá el salesiano italiano Juan del Rizzo- el visitante la ha visto durante el recorrido de cuatro cuadras desde la periferia hasta el templo, en vitelas, veladoras, estampas, almanaques, escapularios, a la par que ha escuchado las mil voces simultáneas de los mercaderes que lo circunda.

No solo caldo y fritanga se vende con las imágenes del Divino. También matas de sábila, largas como animales marinos recién cazados que cuelgan de una varilla; budas negros, en piedra o en plástico; cruces de mayo, cuyo olor a laurel no logra vencer el fuerte olor a fritanga que viene de grandes y oscuros pailones con aceite requemado. Todos los objetos habidos y por haber son traídos allí para participar del milagro del Venerado. En las calles adyacentes al templo que contiene la pequeña imagen del culto del Niño Jesús, se exhiben y venden con igual facilidad zapatos, vestidos, brasieres, azulejos en jaulas diminutas, micos recién traídos de las selvas húmedas, platos de loza que se lanzan dos malabaristas sobre las cabezas de la multitud de devotos, perritos de tres días de nacidos, estremecidos entre las manos de los negociantes. Al lado del Niño Jesús, en el camino hacia su santuario, se exhibe lo recursivo que ha sido el hombre colombiano para no dejarse morir de hambre. En esta parte de la capital se aglomera, sin que falte una sola representación de los diversos rincones de Colombia, la galería del subempleo y de la miseria. Los ejércitos de los subempleados son los gendarmes que cubren la entrada al Templo de Los Milagros.
Como un valle de lágrimas y gritos, la Calle 27 sur es el sendero que conduce al creyente de sus milagros hacia la imagen del Divino Niño. Para llegar a Él, a su pequeña estatura libre de todo pecado, angelical, rodeada de querubines, la persona que lo busque debe padecer realmente grandes penalidades. “Las bonitas no acarician sino que patean, mire estos platos finos, de porcelana, los tres valen mil pesos y aguantan hasta tres lunas de miel, agarre encalambrao porque lo que no es mío que se lo lleve el río”, grita en un megáfono un vendedor de baratillo. El río es la multitud hormigueante que va y regresa, de mil caras que se enrostran y observan, y que nunca termina de pasar desde la misa de cinco de la mañana hasta la última de la noche en un día domingo.

Criaturas a las puertas del templo

Y en medio de la multitud, los monstruos del piso y los cajones rodantes. Allá, casi cobre la Carrera Décima , que es por donde más fluyen los peregrinos, se ubica el carrito de la cabeza de niño que habla. No podría ubicarse más cerca al templo del Divino porque se produciría una verdadera colisión de competencias. El espectáculo del milagro del niño-fenómeno-que-habla trastornaría el milagro del Niño Venerable.
La función es horrorosa y enfría la sangre hasta dejarnos quietos y expectantes como reptiles. La cabeza del niño, solo la cabeza, está ubicada en una urna de cristal, donde descansa entre terciopelos y algodones. La urna está sobre una mesa. Centro de la plebe, los ojos negros del niño (una cabeza de niño moreno, con cara de estar resignado a su suerte) miran como si no sufriera. Eso duele. ¿Y dónde está su cuerpo? ¿Por qué habla? El niño, o mejor dicho su cabeza, y en la cabeza de cabellos negros sus ojos, lee la suerte a quien quiera que se la lea.
El charlatán que vende el espectáculo, a cambio de unos billetes que recoge en un sombrero, hace que el peregrino que se varó en este grupo y que va a participar del acto, mire fijamente a los ojos de la cabeza sin cuerpo y luego saque una carta del abanico de sobres. El niño, su cabeza, lee perfectamente mensajes de un tarot desconocido o los recita de memoria. La cabeza-fenómeno-que-habla es el primer milagro en el camino hacia el santuario.

No todos los feriados pero sí de vez en cuando, sobre todo los domingos que se adivinan neblinosos en el otro santuario de Monserrate, aparece en la Calle 27 sur la cabeza, y aquí sí, el cuerpo de una mujer. El milagro consiste en que cabeza y tronco están separados y se ven unidos por diversos cables que supuestamente conducen el suero y el oxígeno que necesita el cerebro de la mujer para vivir. Cabeza y cuerpo (un cuerpo grueso, vestido de azul intenso) descansan sobre una gran mesa de cuatro patas mientras las extremidades de la mujer ejecutan los mandatos que le impone a la cabeza-separada el dueño de la función: “Levante un pie, levante el otro, y ustedes no miren más allá de donde deben mirar”. Más tarde la cabeza habla desde una boca solemne acostumbrada a tratar con el público. Ella lee también la suerte en la carta que ha escogido la persona y que le pasa por los ojos el charlatán. Otra vez el Divino Niño atrajo lo incomprensible. Antes de acceder a su pureza hay que pasar por todas las fealdades del género humano. ¿No es esto ya la penitencia pagada de antemano?

El que logra zafarse del círculo extraño de las criaturas y cree que no llegarán más para trastocarle su devoción, su solicitud y la promesa que ha de cumplirle durante nueve domingos al Niño de Los Pies Descalzos, seguirá a los demás devotos y tropezará con un medio hombre que descansa su tronco sobre un carro esferado de color azul cielo. El medio hombre sin edad, sin piernas y sin trasero, tan reducido que podría decirse que vive sobre sus pulmones y bajo su sombrero, tiene en sus manos una guitarra que rasguña con furor, simulando sones de música mexicana. Con voz estremecida canta desacompasado “las heridas que tengo por dentro sólo tú me las vas a curar”, mientras algunos devotos le arrojan monedas entre un tarro metálico. Le dicen “El Turpial Dos”, como aparece escrito burdamente en los flancos del carro. Dicen que vive en las calles del centro de la ciudad, donde se lo ha visto raudo con su carro de ruedas zigzagueando las avenidas, peligrosamente metido casi debajo de los buses. Para impulsarse sus largos brazos simulan remos sobre el pavimento y en las manos empuña tacos de madera. También sobre “El Turpial Dos” y sus acompañantes-escuchas-ocasionales actúa la atracción del Divino Niño.
La cuarta criatura está a las puertas del templo, entre vendedores de reliquias, incienso encendido y veladoras. Pero a él pareciera no importarle. Es un enano deforme, cabezón, cuya edad quedó perdida en un gesto adolescente. Trata de imitar sentado la posición de flor de loto con sus huesitos torcidos. Usa tenis de niño y una sudadera roja, ya raída, le cubre lo que tiene de piernas. Una franela de gladiador deja ver los omoplatos superdesarrollazos para su tamaño, que contrastan con sus brazos enclenques y deformes como leños.

Su oficio consiste en rayar números en un papel, que luego cambia a los curiosos por cien pesos. Son números de tres cifras, con mucha persistencia de los seis, que la gente utiliza luego para apostarle al chance. Un hombre le dio un billete a un niño gordo, de unos diez años, que debería ser su hijo, y le ordenó con un grito que se lo pasara al enano. El niño levantó el rostro enrojecido en medio del círculo de peregrinos. Ante una amenaza de su papá, incómodo, le arrojó el billete al enano, con ojos de salir corriendo. El enano alzó la gran cabeza y lo miró con frialdad, como deben mirar las serpientes, y luego le hizo una seña al padre que se agachó para recibir los números. El niño, tal vez, pudo pasar el corazón que se le había atravesado en la garganta. El enano que se vino a compartir con el Niño Milagroso la fuente de sus riquezas, se quedó rodeado de gentes boquiabiertas.
No solo hay criaturas ubicadas a la vera del sendero hacia el santuario para ganarle al Divino Niño la fe de sus peregrinos. También atienden a la multitud detrás de cortinas de terciopelo que dejan adivinar oscuros aposentos, en locales alquilados en la vecindad del Templo de los Milagros. El Indio Amazónico y la Reina María Lionza, ya han instalado allí sus propias oficinas. Lluvia de Oro-Lluvia de Plata-Flor de Mayo-Dame la Mano-Ámame Siempre-Arrancalotodo -Síganme Jóvenes son oraciones que compiten con la Novena del Divino Niño en la pesca en río revuelto.

El Reino del Divino Niño

“Todo lo que quieras pedir pídelo por los méritos de tu infancia y tu oración será escuchada”, es la frase escrita en la Novena que ha alentado a por lo menos tres generaciones de creyentes colombianos desde que el padre Juan del Rizzo instaló la imagen del Divino Niño en la parroquia del Veinte de Julio.

El busto del itinerante salesiano (1882-1957) aparece erigido en la Gran Sala de la Cúpula , en el camino hacia el santuario, como un justo custodio de su obra. Del Rizzo había sido misionero en su país y luego en Barranquilla, Cali y Medellín, y a él se debe haber introducido en Colombia la veneración milenaria a la imagen del Niño Jesús, que fue cantada por Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. Dicen que el padre Juan, como lo llamaban los primeros peregrinos, relataba con entusiasmo la leyenda según la cual en la provincia italiana en 1636 el Niño Santo se apareció a Margarita del Santísimo Sacramento. En el barrio Veinte de Julio, que era una zona marginal de la capital en la década del treinta, el salesiano logró realizar su sueño de construir un lugar de veneración católica. La imagen del Divino Niño, de brazos abiertos y pies descalzos, que el padre consiguió casi por casualidad en un establecimiento bogotano, atrajo las primeras limosnas y las primeras libras de chocolate con que los salesianos construyeron lo que se ha convertido en uno de los más grandes emporios religiosos de Latinoamérica.

Sin el culto al Divino Niño, y sin las predicaciones del padre Juan, no hubiera sido posible en aquellos años iniciales que las autoridades del Distrito dotaran a esta zona de la capital de rutas de transporte y de los servicios públicos básicos. Hasta una estación del tranvía, llamada popularmente “ La Cachucha ”, fue instalada en el marco de la plazoleta de la parroquia en la década del cuarenta. Las limosnas al Divino Milagroso y el programa de desayunos con chocolate para hijos de migrantes y pobres urbanos, que inició Del Rizzo, posibilitaron la ampliación del templo y la realización de cursos y talleres dedicados a la formación de la juventud. Setenta años después los peregrinos se han multiplicado, el templo exhala un cálido olor a cacao, pero los pobres también se han multiplicado y hacen filas para que les den siquiera una pastilla de chocolate.

El templo fue modernizado en 1992 y muestra cuatro naves en un área de 46 por 20 metros , otra área anexa cubierta con una cúpula de acrílico y la gran plaza externa de la parroquia, sitios en los que se ofician tres misas simultáneas y 28 eucaristías al día, con por lo menos treinta sacerdotes que se turnan la ceremonia con estricta precisión salesiana. Los domingos fácilmente se llegan a celebrar misas para unos 150 mil peregrinos, la multitud silenciosa que proviene de todos los rincones de la ciudad. La imagen venerada no está en el templo, en la sala de la cúpula ni en la gran plaza al aire libre. Está expuesta en un simple salón de clases, en el extremo sur de la parroquia, sobre un modestísimo pedestal. Ante el Divino de los Pies Descalzos calma su ansiedad la multitud caminante, mientras las voces se vuelven tenues para la oración mágica.

Los monstruos que faltaban

Abriendo campo con los codos como si nuestros brazos fueran aletas y nadáramos entre los semejantes olorosos al democrático chocolate, lo que falta es atravesar la plaza altisonante, atronada por la voz energúmena del sacerdote de turno que arremete contra los falsos profetas. En 1994 la misma voz con idéntico tono caía sobre las cabezas de los fieles para cuestionar la decisión de un fiscal que privó de la libertad al alcalde de la ciudad, Juan Martín Caicedo Ferrer. “¿Cómo es posible que eso ocurra en Colombia –preguntaba la voz sacerdotal- si aquel es un hombre eximio y dotado de intachables virtudes?”.

En la plazoleta del veinte de Julio, a la sombra del Divino Niño, y aprovechando el fervoroso culto que se le rinde a su don de hacer milagros, se levantan las más espectaculares campañas políticas de que se tenga memoria en el país. A Él se agradece en público la liberación de un secuestrado –más si es un delfín que después fue Presidente de la República-, la celebración de un armisticio en la larga guerra colombiana, o se encomienda el destino de las próximas elecciones. No hay político que no incurra en la visita del santuario, que no separe en su agenda la hora más multiplicada y acuda ante El Divino para hacer pública la petición de que caigan sobre él todos los dones o los votos. Lo hacen en las horas supremas del país, cuando todo está a punto de estallar (especialmente las ollas podridas) y no encuentran otra salida.
¿No son los políticos los monstruos que faltaban en la baraja de los seres parásitos de una fe y un fervor populares? También en nombre del Niño Santo los oportunistas creen ver y solicitan el milagro de los votos. En las tarimas de la plaza del Divino, al vaivén del incienso quemado y entre el cálido olor a chocolate, sobre las peticiones particulares de los peregrinos se han impuesto pretendidas peticiones nacionales que tienen nombre propio y según las cuales se salvaría al país de caer en las garras del Maligno.
La oficial invocación de la República al Sagrado Corazón de Jesús –que la Corte Constitucional invalidó en 1994- no significa tanto para el país popular como el culto al Niño Jesús. El Niño del los Pies Descalzos es más accesible a los ojos de la humanidad doliente y esperanzada. A Él se piden favores pequeños, cotidianos, con el tono de una cuestión personal. “Él es bueno para arreglar los líos matrimoniales, para el cuidado de la casa, para pedirle un trabajo, para curar los pecados del alma”, dice la voz queda de una anciana mientras camina entre la multitud arrodillada que colma los espacios sagrados.

Pagando los servicios del espíritu

Devotas ancianas y acólitos casi niños deambulan entre los peregrinos con grandes bolsas que van llenando con limosnas y mercados. Caló hondo la costumbre impuesta por el padre Juan de acudir ante el Niño Jesús con chocolate y mogollas, que luego él repartía en desayunos comunales entre los gamines de la época. Ahora, los funcionarios de la parroquia no dan abasto para recibir las donaciones. Un gran cofre de vidrio en la entrada del templo es la alcancía en la que los creyentes dadivosos depositan libras de chocolate de todas las marcas, junto con bolsas de pan, pasta, kilos de arroz, que se confunden con monedas y billetes. Todas las cuadras aledañas a la parroquia están atestadas de tiendas de víveres en que son frecuentes los avisos de “Mercados para el Divino Niño”. Y no les faltan clientes.

Es tanta la participación colectiva que la entrada del templo bien podría confundirse con la recepción de un banco. Hay ventanillas enrejadas atendidas por diligentes hombres con delantal, en las que los devotos pueden dejar sus donaciones. Las filas, como ante una sucursal financiera cuando pagan primas, son infinitas, y las paredes del templo exhiben flechas y avisos luminosos para ubicar a los donantes. Nadie puede perderse en el templo sagrado: aquí los mercados, allí las donaciones económicas, más allá el pago de misas. Una misa un domingo vale un dineral: cualquier hora del domingo es el horario Triple A de la parroquia. Varios agentes de la policía custodian las transacciones. El donante sale con tal cara de satisfacción y tranquilidad, como si acabara de pagar los servicios del espíritu. Y no reclama recibo. La iglesia tampoco descarta donante por su condición racial, social o económica. Aquí dona Raimundo y todo el mundo. Dona la doctora encopetada para que no la secuestren, y a su lado hace cola para donar cualquier hijo de vecina, encomendando al Divino un trabajito, sea el que sea, los tiempos no están para escoger. Dona el jalador de carros, agradecido porque no lo han pillado; el funcionario corrupto, rogando al Divino Milagroso que prescriba alguna investigación fiscal por la desaparición de un dinero público que hoy viene a compartir con el Niño que le hizo el milagrito; como dona también el narcotraficante, agradecido porque coronó un envío de droga a los Estados Unidos. En las inmediaciones del Templo de los Milagros se afirma, pero no se le sostiene a nadie, que un duro de los duros donó a la parroquia un cargamento de víveres que llegó en una mula de 18 ruedas y que duraron descargando más de dos días. El Niño de los Brazos Abiertos y los Pies Descalzos es el más democrático de los seres milagrosos.

Entonces el peregrino puede disponerse a ingresar al templo, escuchar la misa y visitar el santuario. Atrás quedaron los monstruos de la calle, atrás los problemas y las preocupaciones. Hay paz aquí y ahora, imbuidos en el olor a chocolate que llega en oleadas cálidas, como una brisa reconciliadora. Cuando salgan del templo, todos recordarán el instante en que el sacerdote, al final de la misa, bendijo los objetos religiosos. Con rostros plenos, sudorosos, la multitud se abalanzó hacia el púlpito levantando las estampas, íconos, cruces de flores artificiales, libros, biblias, novenas y toda clase de artículos que adquirió en el camino hacia el santuario. Se veía el esfuerzo individual por tratar de que siquiera una gota de agua bendita les rozara las manos o el rostro.
Por el resto de sus vidas recordarán el momento supremo cuando el cura anunció la bendición de los niños pequeños y recién nacidos. Padres y madres levantaron al unísono los cobertores por encima de sus cabezas, mientras los pequeños dejaban escapar sonidos guturales. Una madre embarazada se puso las manos sobre el vientre y tal vez pidió un destino feliz para el hijo que vendrá mañana. En aquel momento no importaba que otros devotos tomaran tan a pecho el rito sugerido y que, conduciendo en los brazos a los niños, atravesaran el templo caminando de rodillas, mientras se abrían paso en la aglomerada ceremonia. El aromático olor a chocolate inundaba el templo sagrado durante el éxtasis multitudinario. No parecía incienso lo que ardía en los incensarios. Ardía chocolate.

PRIMERO FUE EL TIZÓN

Publicado: 04/28/2011 en Opinión
La experiencia de un periodista desde lo marginal a lo masivo

Por Óscar Bustos B.

Antes de salir de la universidad fundé esta revista de periodismo comunitario en la localidad de San Cristóbal, cuyo único propósito era hacer periodismo desde los ciudadanos, consultarlos, escucharlos, entrevistarlos, darles su voz, darles la palabra que históricamente les han negado. Percibíamos que nuestra localidad tenía una riqueza oral muy grande y nos fuimos detrás de las historias, de las leyendas, de las retahílas, de los testimonios que podían ofrecer especialmente los abuelos.

Entonces me puse al frente de un equipo de periodistas jóvenes como yo, empíricos, pero recursivos, cultos, algunos muy cultos, leídos, preocupados por los otros, por los demás: nuestros vecinos.

Trabajábamos con el alma, nos reuníamos como una familia, trasnochábamos escribiendo, diseñando, dibujando la revista, imprimiendo en screen las portadas y los suplementos poéticos, y para ello nos alternábamos el trabajo en nuestras casas.

Dos de esos jóvenes habíamos estudiado en la universidad: Clemente Domínguez y yo. Desde el comienzo yo fui el jefe de redacción de aquella tropa. Mi lucha era porque los textos quedaran bien escritos, bien enfocados, bien titulados, sin un sólo error de ortografía, que para mí era el acabose y era tema frecuente, casi obsesivo, de nuestras reuniones.

El Tizón es una revista que se propuso indagar en la memoria popular y sacar textos que representaran lo mejor que tenía nuestro entorno. Diseñamos varias secciones: el editorial, que siempre lo escribí yo, donde daba cuenta del proceso de la comunicación con nuestra audiencia, de la significación de nuestro modesto medio de comunicación en el desarrollo cultural de la localidad y de la ciudad.

También una sección para las historias de los barrios, otra para las historias de los grupos porque el suroriente era una mina de grupos organizados: de baile, deportivos, de tejo, de rana, para discapacitados, de microempresarios, etc. Otra sección la llamamos El taller del maestro, para que se expresaran los que manejaban un arte: el escultor, el poeta…

Con la revista fuimos pioneros en Bogotá en contar historias locales en medios locales, con un gran sentido ético y estético: formamos periodistas y dibujantes a partir del barro, los pusimos a dibujar a nuestra localidad y a sus personajes y les publicamos esos dibujos y esas historias. Nos fuimos en grupo a entrevistar a nuestros abuelos y después decidíamos quién o quiénes escribían el texto, quién o quiénes lo dibujaban.

27 años después no encuentro una sola revista que se parezca a la nuestra. Éramos independientes, no teníamos que publicarle avisos a nadie, ni a los políticos, y la fuerza de nuestra independencia se nota en nuestra revista al compararla con las que desde entonces han sido publicadas en esa y en otras localidades bogotanas.

Nosotros mismos teníamos que encontrarle lectores a nuestra revista y los buscábamos en las escuelas, los colegios, los grupos de abuelos, los clubes deportivos. Llegamos a ponerla a la venta entre los libreros de la Calle 19, sitio emblemático entonces para la cultura bogotana, exhibiendo El Tizón en sus casetas de libros.

Programábamos lecturas públicas de nuestros textos entre las comunidades que habíamos entrevistado, porque siempre sentimos (como lo dijo el folklorólogo Guillermo Abadía Morales) que simplemente le estábamos devolviendo al pueblo su cultura.

OTROS MEDIOS

Antes de vincularme a los medios masivos, coordiné otros medios impresos y radiales, como ZONA 4 y  la emisora comunitaria VIENTOS ESTEREO. El primero lo hacíamos entre varias organizaciones comunitarias y el CINEP, y el mayor logro de nuestro esfuerzo fue que el Concejo de Bogotá legalizara mediante un Acuerdo el Parque Entre Nubes, que hoy es un símbolo de la riqueza natural de San Cristóbal.

También fui el presidente de la junta de acción comunal de mi barrio, desde donde impulsamos varias obras de beneficio social (club de abuelos, biblioteca, farmacia, restaurante comunitario) y desde donde funcionó la emisora VIENTOS ESTEREO.

Después me vinculé a los medios masivos de la ciudad y del país (Radio Santafé, Colprensa, varios noticieros de televisión). En ellos he sido reportero, pero también jefe del área judicial (Colprensa), jefe de redacción (TV-HOY) y director (CRÓNICAS DE LA COLOMBIA POSITIVA-CANAL A, D.C. CUENTA).

He coordinado grupos de periodistas, les he ayudado a que encuentren sus historias y a que las cuenten con su propio estilo. Para mí el periodismo es una religión que tiene sus propias reglas: investigar a profundidad, siempre detrás de las 6 w, narrar con agilidad, decir siempre la verdad, confrontar las fuentes, ser honesto consigo mismo y con su audiencia.

Desde hace seis años soy profesor de periodismo en dos universidades bogotanas. Entre mis estudiantes sólo divulgo lo que ya habían dicho Tomás Eloy Martínez y Rizard Kapuscinsky: que el periodismo es un servicio a la comunidad y no es una mercancía.

Óscar Bustos – 22-06-10

Autor: Óscar Emilio Bustos
Para Patricia Bustamante y Héctor Farfán, amigos entrañables.

Santiago puso la bolsa transparente frente a sus ojos y observó al renacuajo de color café, que serpenteaba en el agua y que a su vez lo miraba con sus grandes ojazos y que ya mostraba las patas posteriores. Le producía un no sé qué ver la vida desarrollándose ante su mirada y era capaz de quedarse horas enteras  tratando de ver que el animal perdiera la cola o que le salieran las extremidades  anteriores.  A veces sus hermanos tenían que sacarlo de la orilla de los charcos,  donde se había inclinado para ver ese mundo paralelo que vivía bajo el agua. Santiago y sus hermanos recorrían los aljibes en la orilla de la carretera  recogiendo las larvas por el sólo gusto de verlas metamorfosearse, a riesgo de que un bus de la Flota Macarena, que pasaba raudo inclinándose en las curvas, los barriera de la faz de la tierra.

Gabriel, el hermano mayor,  era el jefe del grupo y Santiago y Salvador trataban de no separarse de él. Sus padres habían salido, como todos los días, a buscar trabajo y, a pesar de las prohibiciones de no salir,  los niños salieron de su casa y se echaron en aquella geografía como unos verdaderos exploradores. Aquella mañana ya habían hecho fila y recogido agua de la pila para llenar las canecas que su madre les había indicado en el patio de la casa. Las canecas eran tan grandes que los niños necesitaron  muchos viajes para llenarlas, después de haber hecho las interminables filas frente a la pila, con otros niños y con adultos, especialmente mujeres y ancianos.  A Santiago le dolían los hombros por haber sostenido en balanza  las varas y las ollas tiznadas con que habían transportado el agua.  A cada paso que daba, las ollas se balanceaban en cada extremo de la vara como si tuvieran cola, sin que él lograra ponerlas de acuerdo, y el agua saltaba de las ollas y se reducía considerablemente, pero las vasijas no se salían de las varas en sus pasos desequilibrados porque Gabriel había tenido el cuidado de clavar unas puntillas en las puntas de los palos; también había construido para él un carro de una sola rueda con una vara que llegaba hasta sus hombros y cruzada por otra vara en cruz, que era el timón. En otra puntilla clavada a la altura de su pecho en la vara larga, colgaba la olla llena de agua y así hacía más viajes que sus hermanos. Ahora aquellos palos, el carro y las ollas habían quedado arrumados en el patio, al lado de la caneca llena, y el trío de hermanos estaba junto al aljibe, encantados con la vida acuática que apresaban en las bolsas plásticas.

-Miren cómo respiran –decía Santiago, obnubilado por las branquias de las larvas.

-Abran la bolsa porque se van a ahogar –decía Salvador, haciendo valer su nombre.

A veces,  repentinamente, los niños cazadores eran cubiertos por una nube de neblina entre la que desaparecían. Entonces  tenían que hablar para sentir que estaban juntos.

-¡Gabriel! –gritaba Santiago.

-Aquí estoy –respondía su hermano-, agarrémonos de las manos o si no nos perdemos.

Parecían una patrulla de investigadores, y entre aquella blancura a los más pequeños las manos les alcanzaban para prenderse del  hermano más grande, sin soltar las bolsas con los renacuajos. Hacía tanto frío y el aire estaba tan húmedo que Santiago pensaba si no habían caído entre el aljibe, y que, como los renacuajos, ellos también estiraban las bocas tratando de respirar. Aquel paseo se volvía divertido: a veces caminando enceguecidos entre la nube, temiendo dónde poner cada pie en la tierra fangosa, y a veces arrodillados en los ojos de agua, a la orilla de la carretera.

Después de atravesar las nubes más grandes salían a la claridad, donde el sol parecía burlarse de ellos mientras encontraban otro aljibe. Cuando el sol les lanzaba su luz como una pedrada en la cara, ellos pestañaban arrugando los párpados y al abrir los ojos veían otras nubes suspendidas a la altura de la mirada. Si hubieran avanzado un paso más tal vez habrían caído montaña abajo, rodando por la greda en aquellos barrios que apenas empezaban a fundarse en las márgenes de la ciudad que se desplegaba sus pies.

Aquel día, el viento soplaba tan fuerte que tenían que sostenerse uno contra los otros, muy juntos, si no querían trastabillar y caer de bruces en el piso derretido. Entonces vieron en el horizonte del abismo algo que les pareció más fascinante que los renacuajos. Lo que ocurría era que se había desatado una borrasca que tenía izadas en el aire varias tejas de zinc y algunas prendas domésticas, sábanas, pantalones y enaguas, que daban vueltas en el aire como en una licuadora. Los tres niños miraron asombrados hasta que los objetos se perdieron en la distancia. Santiago pensó que aquel viento rebelde era capaz de elevar hasta personas y se agarró muy fuerte de Gabriel.

Ese día la gente del barrio no habló de otra cosa. En medio de la borrasca unos se habían arrodillado en la tierra y otros habían corrido a protegerse bajo el dintel de una puerta o debajo de las mesas. Unos y otros alzaron los brazos al cielo y se santiagüaron pensando que aquella borrasca fuera un anuncio del fin del mundo. Al pasar frente a la casa destechada, que mostraba los escuetos palos desnudos, Santiago y sus hermanos vieron a la familia en un estado de frenesí, relatando a sus vecinos que tuvieron que meterse debajo de las camas para que el viento no los elevara también.

-Aquí entró la pata del remolino y todo lo que tocaba era lanzado a las alturas como por un cohete –decía el padre, admirado, mientras su mujer y sus hijos  ponían una cara de sobrevivientes.

El mismo día que la borrasca lanzó por  los aires las tejas de las casas, apareció en las calles un ser que no parecía de este mundo y que sin embargo concitó la atención de chicos y grandes, que lo seguían con curiosidad. Aquel ser se desplazaba a grandes zancadas por el sube y baje de las calles y cuando estaba cansado se sentaba en unas grandes piedras atravesadas en las esquinas. Era un hombre con el rostro muy barbado y la cabeza cubierta con un gorro de colores, y tenía unas largas piernas que terminaban en un par de zapatitos de bebé, de color rojo con cordones blancos, extrañamente limpios en aquel fangal. Por los otros niños que le hacían la cohorte, Santiago supo que aquel gigante se llamaba José y se sintió complacido cuando sus miradas se cruzaron.

Santiago sentía que vivía en medio de prodigios. Si los renacuajos aparecían sin cola ante sus ojos y la borrasca era capaz de traer a un gigante con zapatitos de bebé, que se sentaba a tomar cerveza con los vecinos sentado en las piedras de las esquinas, cualquier cosa podría ocurrir. Él y sus hermanos siguieron a aquel gigante que aprovechaba los descansos en las piedras no sólo para beber sino para reír y repetir dichos y refranes que a Santiago le parecieron encantadores, uno de los cuales decía: “En medio de este barrio tan fiero, vamos a ponerle pantalones al miedo”.

Santiago pudo determinar que José salía a caminar en sus zancos por aquellas calles en ladera los sábados y domingos y que a veces lo acompañaban una mujer y una pequeña niña, ambas elevadas en largas piernas y vestidas con blusas de colores y pantalones que les quedaban englobados, como grandes pijamas infladas. Desde entonces trataron de no perderse el espectáculo de verlos.